El ocaso del nacional progresismo

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Al igual que nadie puede dudar de la fuerza que tuvo el nacional-progresismo en la Iglesia en Cataluña, tampoco nadie podrá discutir que, pasados los años, su fracaso ha sido tan demoledor que ha llegado a producir la paradoja de que los hijos y los nietos de aquellos cristianos progresistas han abjurado de la fe de sus mayores. Eso en cuanto al laicado. Pero algo similar ha sucedido en la clerecía. Me atrevería a decir que incluso de forma más contundente.

Existió una generación que podríamos situar en los nacidos en la década de los años veinte del siglo pasado, que tuvo una categoría intelectual y una brillantez incuestionables. Batlles, Alemany, Rovira Belloso, Totusaus, Bigordà; eran sacerdotes de una gran formación humanística, pastoral y teológica. El nacional-progresismo gozaba de las cabezas pensantes más reputadas del presbiterio catalán.

Los sacerdotes de la década siguiente, nacidos en los años treinta, se dedicaron más al activismo que al estudio. De ahí salieron los curas comunistas y los impulsores de la JOC y la JOBAC. Sin embargo, aunque el nivel descendió, algunos de sus referentes (Hortet, Sayrach, Portabella) seguían siendo personas con un bagaje cultural notable. Después vino la caída en picado.

La caída en picado ha llevado hoy en día al ridículo estrepitoso. Lo voy a ejemplificar en un par de anécdotas sucedidas en los últimos días.

Cierto es que las redes sociales se han convertido en un estercolero en el que se deja por escrito lo que antes se soltaba en la barra de los bares. Ese ponerlo por escrito (Scripta Manent) incrementa la vanidad del emisor, el cual se siente tentado en decirla todavía más gorda y, como en el caso del Timabler del Bruc, su eco resuena de tal forma que simula un enemigo mayor que el que realmente existe.


De tal guisa, un tal Toni Strubell, lingüista y efímero diputado en el Parlamento catalán de aquel no menos efímero partido denominado Solidaritat Catalana, que presentaba a Joan Laporta como insignia, pasó un día por delante de la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles en Barcelona y fotografió el anuncio de las misas. 

¿Qué observó? Que todo estaba en castellano y ni una palabra en catalán. Entonces, al igual que aquellos delatores que denuncian camareros por no entender que significa gelat de maduixa o aquellos otros que solicitan un intérprete para hablar con la policía y les traduzca del catalán al castellano, el intrépido Strubell lanzó su deposición a las redes. Con un añadido que agravaba la pena: se anunciaba una misa en portugués y ninguna en catalán. De paso soltaba un mandoble a Illa y a Omella y colaba de rondón a Franco. Una buena empanada mental.
    
Obviamente, para nada se le ocurrió contrastar datos con la parroquia, donde le habrían explicado que allí se alberga a la comunidad de habla portuguesa en Barcelona, donde acuden tanto creyentes del país vecino como de las importantes colonias brasileña o angoleña. También le habrían explicado que todos los días por la tarde hay misa en catalán y que los domingos hay una en catalán y otra en castellano. 

¿Para qué molestarse? Se encuentra un sospechoso de españolidad, además católico y se le lanza encima la caballería internáutica. La batalla del idioma, como se vio con el ridículo espantoso que hicieron con el pretendido escrache a León XIV en las calles de Barcelona, es el último asidero al que se agarra el nacional-progresismo.


El otro ejemplo, que enlaza con ese frustrado boicot al Papa, lo hallamos en un reportaje que ha publicado elDiario.es sobre la parroquia barcelonesa de Sant Medir, con un titular tan ridículo como pretencioso. “Aquí nadie fue a ver al Papa”. 

Extraordinario. Se ve que la ausencia de los feligreses de Sant Medir resultó decisiva para que las calles de Barcelona y el estadio de Montjuïc no acabaran desbordados por la multitud. Una pérdida verdaderamente irreparable.

Esa llamada “última parroquia rebelde de Barcelona”, cuya rebeldía es bastante selectiva, pues en los años del procés bien se pusieron a favor de quien mandaba entonces en Cataluña, hace años que va por el despeñadero, no solo en cuanto asistencia de fieles y frutos pastorales, sino en la propia esencia del hecho religioso. No en vano, más que como templo católico, se presentan como “centro neurálgico de proyectos vecinales y reivindicaciones políticas”. 

En eso, sí que ha quedado como el último experimento de esa mezcolanza que tuvo su peso en las postrimerías del franquismo. Después de cinco décadas, la parroquia de Sant Medir, sigue igual, pero con el número de fieles diezmado hasta casi la insignificancia.

Son dos ejemplos recientes de una decadencia imparable, innegable, aplastante. Un movimiento, otrora influyente, convertido en un canal de delatores lingüísticos y en parroquias reducidas a centros cívicos. Por suerte, al otro lado del camino están floreciendo otras semillas que aportan juventud y vitalidad a la Iglesia en Cataluña. Curiosamente, en el lado absolutamente opuesto a aquellos que dominaban el panorama eclesial catalán hace cuarenta o cincuenta años. 
 
Oriol Trillas 

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4 comentarios

  1. Si en la práctica no se hubiera desterrado el latín de la liturgia de la Iglesia, ahora no andaríamos con estas querellas lingüísticas.

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  2. oriol miente. Se suspendieron todas las actvidades parroquiales de sta Maria de Sants y st Medir pra asistir a los actos de la visita papal. Porqué difama y calumnia? no hace falta que responda.

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  3. Que vergüenza dan esos que se creen Católicos y no son más que feligreses de una sinagoga Satánica.

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  4. Eso de que “nadie fue a ver al Papa” en la parroquia de Sant Medir es difícil de saber. La parroquia es un territorio y dudo que en todo su territorio nadie haya ido a verlo. Otra cosa es que, quizás, muchos católicos que viven en este territorio prefieran asistir a misa en otro templo.

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