No puedo resistirme a la tentación de entrar (me temo que “a saco”) en esta sacrosanta palabra. Nada más asomarme a las etimologías que circulan por la red, me tropiezo con la primera dificultad (o la primera estafa): ¡es que es tan fácil engañar! Y más fácil aún, si se hace a favor de la corriente.
Evidentemente, y aquí no hay discusión, esta antiquísima palabra de origen griego tiene la forma original de leiturgía, formada evidentemente por dos elementos: leit (referido a laós, pueblo), y urgía (del campo léxico de érgon, trabajo).
El adjetivo griego que más nos acerca al significado del primer término es precisamente laikós (= lo que se refiere al laós, al pueblo). De ahí procede nuestro término “laico”, opuesto a “clérigo”: oposición léxica que merecería alguna dedicación, sobre todo por lo que ha significado este término (y en especial esta oposición) a lo largo de la historia. Y en cuanto a la “urgia”, tenemos también como referencia la jeir-urgía (cirugía, obra hecha con las manos) y la sider-urgía (el trabajo del hierro).
En fin, que ahí tenemos los términos “pueblo” y “trabajo” (tremendamente problemático este término: prefiero el latín “opus”, obra, que no implica nada parecido a la esclavitud que sí impregna el término “trabajo”, que por algún oscuro motivo ha sido preferido a los otros sinónimos). Y por lo demás, gracias a Dios que en el ámbito eclesiástico se ha preferido el término “operario” (el que ejerce algún opus), relacionado con las artes “liberales”, al de trabajador, tan intensamente marcado por la esclavitud.
Efectivamente, la primera estafa la tenemos en la preposición con que unimos “pueblo” y “trabajo”. La que me encuentro preferentemente es “para”; con lo que liturgia sería el trabajo PARA el pueblo. ¡Menuda aberración para la mentalidad anterior a la revolución francesa! Una evidente falsedad.
Y, ¡mira por dónde!, aquí nos damos de bruces con la liturgia protestantizada de la Iglesia católica, donde el destinatario de la liturgia es nada más y nada menos que el pueblo. Claro que esto suena a tremenda barbaridad aún hoy, para los conocedores del Vetus ordo, la liturgia antigua, donde el evidente destinatario de toda liturgia es Dios. Cualquier otro enfoque es vaciar totalmente de sentido la liturgia.
Por eso, entendiendo la liturgia como la entendió siempre la Iglesia, lo que entiendo es que no se trata de un opus (érgon) PARA el pueblo, sino DEL pueblo; y no para sí mismo, sino PARA Dios. La liturgia más integral fue siempre, a lo largo de la historia de la Iglesia, la de los monjes (y también de las monjas, claro está), es decir la liturgia de los monasterios (y no sólo éstos, que ahí hay que añadir catedrales y colegiatas), en cuya arquitectura es evidente que no es el pueblo, el destinatario de la liturgia. El pueblo es, en efecto, un apéndice prescindible en estas iglesias, para el que se disponía de algo de espacio, generalmente poco.
Y precisamente saliéndonos del término “trabajo” (maldito per se), damos con la noble denominación de Opus (plural, ópera); que cuando su destinatario es Dios, se denomina Opus Dei (el nombre que se dio siempre al culto divino), pero que osó profanar san Josemaría Escrivá, asignando ese nobilísimo nombre del culto divino, a actividades de orden mundano, que llegaron a alejarse tremendamente del auténtico Opus Dei.
Es que realmente, ni a la liturgia protestante, ni a la católica protestantizada les entra ni con calzador el clásico concepto de Opus Dei, ni el de Opus pópuli (obra del pueblo), ni tampoco el de Opus pópulo (obra “para” el pueblo). No, no hay manera de encajar estas “pseudoliturgias” en la sagrada palabra de Liturgia. Es que en cuanto sacas a Dios del medio (por más que pongas en su lugar al pueblo), eso ya no es liturgia, es cualquier otra cosa: por ejemplo, Folklore, en el sentido más pintoresco del término.
Pero vamos al meollo del asunto, a lo más relevante de la Liturgia, a lo antropológico. Cuando se inició la construcción de Europa (monjes fueron sus diseñadores) tras el derrumbe del imperio romano (incluido su desmoronamiento moral), fue necesario dar auténtico sentido a la vida. Y no, a los monjes que diseñaron nuestra Europa, no se les ocurrió pensar en el trabajo y la productividad como motor de la vida. Eso no era más que una necesidad: y ante las necesidades, ni se discute ni se filosofa, se actúa. Y lo primero que hicieron fue enseñar a los nuevos habitantes de Europa a procurarse los recursos alimentarios. Gran labor de los monjes. Pero entendieron que no era eso lo que daba sentido a la vida. No convirtieron el trabajo en el eje de su vida. Su lema fue el célebre ORA et labora. Reza (los rezos estaban maravillosamente reglamentados en el imponente edificio de la liturgia monástica: la santa misa monástica, la liturgia de las horas). Reza y trabaja. Por delante del labora está el ora, la vida de oración, la vida direccionada hacia Dios.
Lo relevante de este hecho, es que la liturgia se genera en los monasterios, y que hubo un tiempo, que ciertamente lo hubo, en que Europa, cuando aún estaba en pañales, creyó que lo que realmente daba sentido a su vida, era la liturgia, al servicio de la cual estaban los monasterios, tanto masculinos como femeninos. Y llegaron a contarse por millones los monjes y las monjas, cuyo auténtico oficio era la oración, la liturgia, el auténtico Opus Dei.
Cierto que hoy, en este mundo tan absolutamente esclavizado por el trabajo que, cuando es excesivo, se convierte inexorablemente en guerra o en trabajo para la guerra; hoy, en este mundo tan esclavizado por el trabajo, que sólo por y para el trabajo podemos explicarlo y explicarnos a nosotros mismos; en este mundo, no tiene cabida el concepto de “liturgia”, de un Opus dirigido a Dios. Por eso se ha considerado imprescindible dar la vuelta al concepto y dirigir la liturgia hacia el Pueblo. En vez de Opus Dei (la obra de Dios, de la liturgia para Dios, Opus Pópulo (la liturgia PARA el Pueblo).
Es que, no nos perdamos, el imperio romano construyó todo un modus vivendi asentado en la dominación (dominadores y dominados) y en la esclavización (señores y esclavos; era un régimen esclavista). En ese modus vivendi se sustentaba la vida de todos los habitantes del imperio; tanto los romanos auténticos, los dominadores (los que gozaban de la civitas con todos sus derechos, entre ellos el ius familiae) como los dominados, los esclavos y los peregrini, sin derechos, lejísimos por tanto del actual concepto tan optimista de “ciudadano de segunda”. La dominación (ejercida o sufrida), lo era todo.
La principal institución de Roma era el ejército, cuya principal misión (y actividad) era la guerra para proveer a la cívitas de nuevos territorios, de riquezas y de esclavos. Y la principal fuente de energía era el trabajo de los esclavos. Eso daba como resultado que, por lo general, la población de esclavos duplicaba a la de ciudadanos libres. Éstos (sólo los ciudadanos libres, con infinidad de tiempo libre) tenían sus liturgias, claro que sí, en relación con sus dioses y con sus gobernantes, en especial los emperadores, a los que era necesario rendir culto y cantarles las glorias a las que se hacían acreedores por las guerras en que conquistaban tierras, riquezas y esclavos.
Y como la Europa que tiene por patrón a san Benito no estaba enfocada a la creación de riqueza, sino a la subsistencia noblemente complementada con la dedicación a la liturgia (a la Obra de-para Dios, el opus Dei), forjaron una expresión nobilísima, “vacare Deo”: vacar, estar libre de obligaciones para dedicarse a Dios; es decir, dedicarse a la liturgia, a la oración y a la meditación.
Hasta aquí, el que entiendo como punto de partida que da razón (creo que suficiente) de la liturgia tal como la entendió la Iglesia antes de darle la espalda a Dios para entregarse con frenesí al trabajo, es decir a la esclavitud: cosa que hizo con la intención de girarse hacia el pobre pueblo (¡tan adulado y tan pagado de sí!) y centrarse en él. Son filosofías totalmente distintas, que llevan a teologías también muy distintas.
¡Cómo no iban a ser inseparables la lex orandi y la lex credendi!
Virtelius Temerarius


