Ayer aparecieron los nombramientos parroquiales para el próximo curso, como en otras ocasiones, los últimos en salir, ya que prácticamente todas las otras diócesis ya los han hecho públicos hace días o semanas. Aunque la jubilación del cardenal Omella se sigue retrasando más y más, parece impensable que el año que viene por estas fechas aún siga en el cargo, por lo que estos serán sus últimos nombramientos de párrocos y vicarios para la Archidiócesis.
No son nombramientos muy exuberantes, más bien da la sensación de que son de mínima expresión, para cumplir lo estrictamente necesario sin complicarse demasiado la vida, de aquí que haya más nombramientos de vicarios que de párrocos, ya que con solo dos jubilaciones la cosa no da mucho juego. Lo que sí que es evidente es que Omella apuesta fuerte por la estructura de las Comunidades Parroquiales, una de sus grandes obras, resuelta a última hora y con prisas, pero con la intención de que quede bien instalado a su marcha, sería aquello tan manido de "atado y bien atado", aunque ya sabemos que eso no es garantía de nada para el futuro.
Las dos jubilaciones antes citadas son las de Mn. Vicente Araque al frente de la parroquia de Sant Pacià y la de Mn. Gregorio Manso en las parroquias de Cornellà. De Araque hablamos largamente en este portal, al recordar su pasado terrorista en el FRAP y demostrando que seguía haciendo de las suyas, por ejemplo, colocando la bandera palestina en el altar en plena celebración eucarística. Manso dejará Cornellà, propiciando que todas las parroquias que conforman la unidad pastoral de esa ciudad queden coordinadas por Mn. Enric Termes, en otros momentos hombre fundamental en el gobierno de la diócesis y actualmente relegado a las parroquias de extrarradio.
Otra cosa que llama la atención es que a Mn. Josep María Turull, se le asigna una parroquia más como párroco, como si no tuviera bastante con todo lo que ya tiene, Arcipreste con facultades de Vicario Episcopal, párroco de la basílica de la Sagrada Familia, canónigo de la catedral, profesor de teología, capellán del Palau de la Generalitat y un largo etcétera. La parroquia en cuestión es la de Sant Ignasi de Loiola, que deja Mn. Xavier Moretó, aquel que tanto nos atacó en su momento, para cubrir la baja de Araque. No se ha aplicado el mismo criterio en Cornellà, donde el actual arcipreste, Mn. Josep Giménez Montejo, queda algo más liberado de sus funciones parroquiales que como ya se ha comentado asumirá Mn. Termes.
Poco más a comentar además de la buena noticia de la llegada de dos nuevos sacerdotes "toledanos", (es decir formados en Toledo), de la Hermandad de Hijos del Sagrado Corazón, se trata de Mn. Enrique Jesús Gutiérrez Solana y Mn. José Ignacio Orbe Jaurrieta, que continuarán la buena obra que está haciendo la Hermandad en varias parroquias de l'Hospitalet de Llobregat.
Estos nombramientos no resuelven una incognita que planea por toda la diócesis y es la pregunta ¿Qué pasará con Nino?. (Mn. Saturnino Rodríguez) Después de saberse su cese al frente de la residencia sacerdotal de Sant Josep Oriol y el del diácono contable, Rubén García Lozano, queda ver si esta destitución afecta a sus cargos como arcipreste y párroco de Sant Eugeni, Papa. Sigue la opacidad, y la falta de información de un tema delicado que preocupa a toda la archidiócesis, y que de momento solo tiene el silencio como respuesta. También en esto, Omella es Omella hasta el final.
El Directorio de Mayo Floreal
de Germinans Germinabit


Al final no se salió con la suya Mn. Moretó.
ResponderEliminarNo sé si aún manda imprecaciones contra nosotros.
Mn. David Navarro revitalizó una parroquia muerta y consiguió una comunidad local del pueblo antes inexistente. Una pena que se mueva a parroquias más pequeñas. Mn. Andrew es una muy buena persona , pero como OCD su labor es muy personalista, y no le veo tan integrado como su antecesor.
ResponderEliminarEl P. Andrew Llanes, el único que ordenó el Obispo Toni Vadell, es un gran sacerdote, le viene mucho trabajo pero lo podrá realizar. Quién lo conoce coincidirá conmigo en su unción y belleza litúrgica, gran labor en la recuperación de tradiciones populares (entre otras el Mercado de Navidad, Belén viviente, Vía Crucis de antorchas el Viernes Santo, Corpus, la Procesión del Carmen por todo el paseo marítimo) y un don singular para la predicación. El oriente de la diócesis florecerá todavía más. Una oración por ti y por Mn. David
Eliminar“Sigue la opacidad, y la falta de información de un tema delicado que preocupa a toda la archidiócesis, y que de momento solo tiene el silencio como respuesta. También en esto, Omella es Omella hasta el final.”
ResponderEliminar¿Dónde está la sinodalidad y la transparencia informativa?
https://www.religiondigital.org/diocesis/arzobispado-barcelona-interviene-fundacion-sant-josep-oriol-omella_1_1461373.html
https://www.agenciaflama.cat/arquebisbat-barcelona-fundacio-josep-oriol/
Eliminarhttps://esglesia.barcelona/notes-premsa/larquebisbat-de-barcelona-interve-tres-fundacions-diocesanes-per-garantir-ne-la-bona-administracio/
EliminarSeminarios: de la red diocesana a la concentración interdiocesana
ResponderEliminarEntre 1975 y 2025 la Iglesia catalana recorre una sola línea de reducción estructural, no episodios sueltos, y esa línea tiene un telos: el tránsito de un derecho canónico de normalidad situacional a un derecho canónico de excepción crónica, el propio de los territorios de misión o de persecución.
El primer eslabón, el más temprano, son los seminarios menores. Hasta los años setenta, prácticamente cada diócesis catalana —Barcelona, Tarragona, Girona, Lleida, Solsona, Vic, la Seu d'Urgell, Tortosa— mantenía el suyo, heredero del modelo tridentino confirmado por el Vaticano II en Optatam Totius.
Entre 1980 y 2000 desaparecen casi todos: coincide la caída de vocaciones adolescentes, la reforma del sistema educativo español y una desconfianza pastoral creciente hacia el internado vocacional temprano. Hoy no queda ninguno operativo como institución residencial.
El segundo eslabón, más tardío, afecta a los seminarios mayores. En 1988 nace el Seminario Interdiocesano de Cataluña, fundado por el Dr. Torrella en el antiguo convento de las religiosas de María Reparadora, pensado inicialmente para reunir a los pocos seminaristas que quedaban de Tarragona, Girona, Lleida, Solsona, Urgell y Vic; después se suman los de Tortosa. Barcelona conserva el suyo —con sede en la calle Diputació, origen remoto en 1593— hasta el curso 2025-2026, cuando, siguiendo las indicaciones recibidas de Roma tras la visita apostólica de 2023 y ratificadas por León XIV, lo cierra e integra a sus 28 seminaristas, junto con los 18 de Sant Feliu de Llobregat, en el Interdiocesano.
Terrassa, erigida como diócesis en 2004, es hoy la única que sostiene un seminario mayor propio e independiente. El resultado, a fecha de hoy, son dos centros residenciales —Barcelona, repartido entre Diputació y Casp, y Terrassa— que comparten, sin embargo, la formación académica común en el Ateneo Universitario Sant Pacià.
El fundamento canónico de este proceso no es ambiguo: los cánones 232 a 237 del Código de 1983 no imponen un seminario por diócesis. El canon 234 §1 se limita a pedir que se "conserven y fomenten" los seminarios menores donde existan, sin obligar a su erección; el canon 237 habilita expresamente la fórmula interdiocesana cuando la escasez de candidatos o de recursos lo aconseja. No hay, por tanto, ninguna irregularidad jurídica en la concentración: el propio Código previó, hace más de cuarenta años, el escenario que hoy se consuma. El riesgo no está en la letra de la norma, sino en su uso: una cláusula pensada para diócesis pequeñas y periféricas se aplica ahora a la sede primada de Cataluña, la que durante cuatro siglos formó a su propio clero sin necesitar excepción alguna. Lo que cabe preguntarse no es si esto es lícito —lo es—, sino qué nos dice de fondo que la norma haya tenido que activar, de modo general y sistemático, su cláusula de excepción, que no es general por diseño.
Es la primera vuelta de tuerca: aplicamos derecho canónico de estado excepcional donde ya no hay, en ningún sitio de Cataluña, un estado que pueda llamarse normal.
El eufemismo de las «comunidades pastorales»
ResponderEliminarEl segundo movimiento afecta ya no a la formación de los futuros sacerdotes, sino a la organización de los existentes. La fórmula «comunidad pastoral», implantada en Barcelona en julio de 2025 y vigente desde el curso siguiente —siete arciprestazgos que agrupan cuarenta y cuatro comunidades pastorales y ciento noventa y nueve parroquias, sustituyendo a las antiguas vicarías episcopales—, designa en realidad algo mucho más prosaico mediante un constructo para "vener la burra": la imposibilidad material de sostener el binomio clásico de un párroco, y en su caso un vicario, por parroquia.
El canon 526 §1 lo formula sin rodeos: el párroco debe tener a su cargo una sola parroquia, "salvo que la escasez de sacerdotes u otras circunstancias" exijan confiarle varias.
El canon 517 §1 añade la variante de un equipo de presbíteros —un moderador y colaboradores— repartiéndose varias parroquias limítrofes, con un arcipreste que asume ahora las funciones que antes correspondían al vicario episcopal.
Es exactamente lo que hoy se llama, con vocabulario más pastoral que descriptivo, comunidad pastoral, que en realidad es comunidad parroquial.
Conviene no confundir el nombre con la cosa. La denominación insiste en lo comunitario y misionero —en sintonía con la Instrucción La conversión pastoral de la comunidad parroquial (Congregación para el Clero, 20 de julio de 2020)— pero la causa que la origina es cuantitativa y demográfica:
- menos ordenaciones, más jubilaciones, más traslados, y un clero disponible que envejece más deprisa de lo que se renueva.
La parroquia, como célula canónica básica, no desaparece formalmente: sigue siendo, en la definición del canon 515 §1, "una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral se encomienda a un párroco como su pastor propio".
Lo que cambia es que ese párroco propio, "el padre", deja de existir en la práctica para la mayoría de las cuarenta y cuatro comunidades; el vínculo territorial que antes ordenaba el conjunto —el arciprestazgo del canon 374, pensado como demarcación de vigilancia y coordinación entre párrocos, no como sustituto de ellos— pasa a ser el nivel real de gobierno pastoral, mientras la parroquia queda absolutamente vaciada de su titular propio sin que nadie lo declare así, por obra de este equipo de fríos y grises burócratas de Roma y Barcelona.
Es una gestión razonable de la escasez, amparada íntegramente por el Código; pero conviene llamarla por su nombre —racionalización por falta de clero— y no dejar que la etiqueta pastoral disimule su origen estrictamente numérico.
El riesgo específico de este segundo escalón es de percepción: los fieles de una comunidad pastoral de siete u ocho parroquias dejan de tener un rostro sacerdotal propio y estable al que dirigirse, y la vida parroquial —catequesis, visitas a enfermos, atención de urgencia pastoral— queda sujeta a la disponibilidad de un equipo disperso en varios templos, por un funcionariado presbiterial weberiano: eficacia, alejamiento del "hijo", estadísticas, turnos, asignaciones...
Segunda vuelta de tuerca: aplicando derecho canónico especial y excepcional como cosa ya habitual, no en la sede vacante o en la diócesis misionera para la que se pensó, sino en la archidiócesis más poblada de Cataluña.
Bertomeu y la administración laical: el siguiente escalón
ResponderEliminarCuando ni siquiera la agrupación de parroquias basta para sostener la atención pastoral, el Código contempla un tercer recurso, más profundo en sus implicaciones: el canon 517 §2 permite al obispo diocesano, cuando estima que no puede proveerse de otro modo, encomendar el cuidado de una parroquia a un diácono, a otra persona idónea —incluido un laico— o a una comunidad de personas, siempre bajo la condición de que un presbítero, investido de las facultades propias del párroco, modere esa cura pastoral desde fuera.
En la práctica (experimentada: un fracaso total), ese moderador rara vez ejerce una supervisión real, absorbido como está por el cuidado de su propia parroquia o comunidad pastoral a la que se debe en corazón y alma y no a una parroquia lejana y en dificultades: que cada palo aguante su vela.
El libro de Jordi Bertomeu Farnós, sacerdote de la diócesis de Tortosa y oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Parroquias dirigidas por laicos. Configurados bautismalmente con Cristo para el servicio (PPC, 2026), teoriza precisamente esta figura y la presenta no como excepción residual, sino como respuesta estructural a diócesis —cita expresamente el caso de Solsona, sin ordenaciones en años— donde ya no hay alternativa.
El propio autor, formado en la tesis desde 2012, admite algo que resulta más elocuente que cualquier crítica externa: que lo que él mismo vivía entonces como "mera cuestión especulativa" es hoy, en su valoración, "un deber en conciencia"; y que la incorporación de no ordenados al gobierno parroquial, nacida como excepción para países de misión, es ya "una necesidad en la mayor parte de parroquias de España, no una opción".
El razonamiento tiene una lógica interna: si el sacerdote disponible apenas da abasto para la misa dominical y, muy accesoriamente, algún bautismo, matrimonio, confesión o unción, mientras la predicación y la catequesis quedan relegadas, delegar la administración parroquial en laicos libera al clero para concentrarse en lo estrictamente sacramental.
El riesgo, señalado incluso por sectores próximos a esta línea, no es jurídico —el canon 517 §2 es plenamente válido desde 1983— sino de deriva práctica: que la figura del moderador presbiteral se vuelva nominal y distante, de facto inexistente, y que la administración laical, pensada como apoyo, termine ocupando de hecho el lugar de un gobierno pastoral que "reina y gobierna despóticamente" que el Código sigue reservando, en su titularidad, al oficio sacerdotal (de facto, marginado periféricamente).
Hay además un riesgo de fondo que el propio Bertomeu roza sin resolver: la distinción entre administrar —economía, mantenimiento, coordinación de servicios— y gobernar pastoralmente una comunidad de fieles, con las funciones de enseñar, santificar y regir que el canon 519 reserva al párroco.
Es la tensión propia de toda solución de emergencia que se prolonga: lo que nació como excepción para territorios sin clero corre el riesgo de asentarse como norma no declarada en el corazón mismo de la vieja cristiandad catalana.
Tercera vuelta de tuerca, ya sin disimulo: derecho canónico de emergencia, teorizado y publicado como modelo, ya ordinario y rutinario.
Las celebraciones de la Palabra: el paso más delicado
ResponderEliminarEl cuarto escalón es, de los cuatro descritos hasta aquí, el que mayor inquietud genera entre los observadores más atentos a la disciplina litúrgica, porque ya no afecta al gobierno de la parroquia sino al centro mismo de la vida cristiana: la Eucaristía dominical.
Cuando ni siquiera un presbítero moderador puede llegar a una comunidad en domingo, el Directorio para las celebraciones dominicales en ausencia de presbítero (Congregación para el Culto Divino, 1988) autoriza que un laico o un diácono presida una asamblea con lecturas, oración y, eventualmente, distribución de la Comunión con formas ya consagradas: la "misa sin cura".
No es, en ningún sentido teológico, una misa: falta la consagración eucarística y, con ella, el carácter sacrificial que define la celebración dominical. El canon 767 §1 lo subraya por otra vía: la homilía, en sentido propio, queda reservada a los clérigos; el laico puede dirigir la asamblea y comentar la Palabra, pero no predicar con la autoridad ministerial que el canon reserva al ordenado.
El Directorio de 1988 concibe esta fórmula como supletoria y excepcional, no como sustituto ordinario de la Eucaristía dominical: nace, de hecho, pensando en misiones remotas, islas, comunidades aisladas por meses de un sacerdote itinerante.
El problema —y aquí reside la inquietud legítima— no es la existencia de la norma, sino su horizonte de aplicación: si la escasez sacerdotal se cronifica en lugar de revertirse, lo pensado como último recurso corre el riesgo de normalizarse silenciosamente como práctica habitual en comunidades enteras, diluyendo en la percepción de los fieles la distinción entre la Eucaristía y una liturgia de la Palabra que, por bien celebrada que esté, no realiza el sacrificio del altar.
A ello se suma un riesgo disciplinar más prosaico: sin supervisión episcopal constante, el ritual puede sufrir variaciones no autorizadas por desidia o improvisación local —fórmulas de bendición inventadas, gestos que imitan sin querer los del sacerdote, una catequesis implícita y errónea sobre lo que allí sucede—.
La norma, en sí, es prudente y limitada; su aplicación extendida en el tiempo, sin catequesis explícita a los fieles sobre la diferencia, es lo que exige vigilancia.
Y lo peor: los obispos nombran mujeres para celebrar, por lo que la masculinidad desaparece y no hay vocaciones masculinas, y lo pésimo: ¿por qué no hay sacerdotisas si hacen una especie de misa?
Cuarta vuelta de tuerca, la más grave de las cuatro: el derecho canónico de estado de urgente necesidad, pensado para que un pueblo no se quede sin Palabra de Dios en semanas puntuales, pasa a ser el régimen ordinario de la vida dominical de comunidades enteras, sin fecha de retorno a la normalidad ni voluntad expresa de fijarla.
Vida religiosa y patrimonio: el caso de Pedralbes
ResponderEliminarParalelamente al proceso clerical, la vida religiosa contemplativa atraviesa una crisis equivalente, con un desenlace ya consumado que sirve de símbolo del conjunto.
El Real Monasterio de Santa María de Pedralbes, fundado en 1326 por el rey Jaime II y su esposa Elisenda de Montcada —quien enviudaría al año siguiente, en 1327, y permanecería después en el monasterio que había fundado siendo aún reina consorte—, alojó ininterrumpidamente a la comunidad de clarisas durante casi setecientos años, salvo breves paréntesis bélicos como la exclaustración de 1640 durante la Guerra de los Segadores o los sucesos de la Semana Trágica de 1909. En 1950 la comunidad contaba aún medio centenar de religiosas.
El 15 de febrero de 2025, las tres últimas —sor Inmaculada, sor Pilar y sor Isaura, de 90, 73 y 66 años, sin relevo generacional desde hacía treinta años— abandonaron el monasterio, entre la tristeza pública y una oposición vecinal que reunió cerca de ochocientas firmas en Change.org sin lograr revertir la decisión, para trasladarse a la comunidad de la orden de Santa Clara en Vilobí d'Onyar, en la comarca gerundense de la Selva.
No fue un cierre decretado desde fuera por la autoridad diocesana, sino la constatación de que una comunidad reducida a tres personas de edad avanzada ya no podía sostener un recinto de esa envergadura; el alcalde de Barcelona, presente en la despedida, prometió mantener el legado del monasterio, cuyo patrimonio material —claustro, palacio real, iglesia gótica— queda ahora bajo gestión municipal y museística.
El caso de Pedralbes no es aislado: benedictinos, cistercienses, carmelitas y otras familias religiosas masculinas y femeninas afrontan en Cataluña procesos comparables de reducción, fusión o cesión de bienes. Lo que distingue a Pedralbes es su valor simbólico —siete siglos de presencia continuada en el corazón de Barcelona, superando la exclaustración decimonónica que sí extinguió a tantos otros cenobios— y la resonancia pública que tuvo su marcha.
El patrimonio material sobrevive, convertido en museo y en escenario de actos institucionales; lo que se ha extinguido es la vida contemplativa que le daba sentido originario, y ese es, en última instancia, el dato que verdaderamente importa desde una lectura de fe: no cuenta aquí la escasez de clero secular ni la reorganización administrativa de una diócesis, sino la interrupción, tras setecientos años, de la oración perpetua que sostenía en silencio a toda una ciudad, sin que nadie —ni el Estado que lamenta la pérdida patrimonial, ni buena parte de la propia jerarquía— parezca medir la magnitud espiritual de lo que se ha apagado.
En la noticia de Infovaticana refleja esta decadencia extintiva de las religiosas y sus readaptaciones:
infocatolica.com/?t=noticia&cod=55563
1. Intervención o visita/evaluación: se envía un delegado pontificio para investigar o valorar la situación del grupo.
2. Nombramiento de un comisario pontificio: se sustituye la autoridad interna por un comisario designado por la Santa Sede.
3. Reestructuración o disolución: el grupo puede ser intervenido, limitado, fusionado o extinguido según la decisión de la autoridad competente.
4. Agrupación o dependencia externa: comunidades o miembros pueden quedar integrados bajo otra estructura eclesial.
Síntesis: administración de la pobreza, y de quién es la culpa
ResponderEliminarLeídos en conjunto, los cinco movimientos descritos —cierre de seminarios menores, concentración de los mayores en Barcelona y Terrassa, agrupación parroquial bajo el nombre de comunidad pastoral, administración laical y diaconal al amparo del canon 517 §2, celebraciones de la Palabra en sustitución supletoria de la Eucaristía, y declive terminal de la vida contemplativa simbolizado en Pedralbes— no son fenómenos independientes, sino fases sucesivas y acumulativas de una misma respuesta institucional a un dato de fondo: la escasez creciente de vocaciones sacerdotales y religiosas, agravada por la secularización general de la sociedad catalana y la autodestrucción eclesial por el nacional-progresismo.
El Código de 1983 ofrece, en cada fase, la cobertura jurídica necesaria —cánones 234, 237, 515, 526, 517 §1, 517 §2, 519, 767 y el Directorio de 1988—, de modo que no cabe hablar de irregularidad canónica en ninguno de los pasos descritos: cada uno, tomado por separado, es lícito, prudente incluso.
Lo que sí cabe señalar, desde una lectura pastoral honesta y no meramente jurídica, es que se trata de una administración de la pobreza, de la miseria: un conjunto de medidas paliativas, legítimas y necesarias para evitar el colapso inmediato, pero que no atacan la raíz del problema —la crisis vocacional y la ruptura de la transmisión de la fe entre generaciones— y que, prolongadas durante décadas sin un esfuerzo evangelizador serio que las revierta, corren el riesgo cierto de convertir lo excepcional en estructural, lo supletorio en ordinario, la cláusula de emergencia en régimen permanente: finaliza todo en la extinción terminal.
Ese es el telos que atraviesa, escalón a escalón, todo el proceso: un territorio antaño regido, canon a canon, por el derecho de la normalidad situacional, transformado silenciosamente —sin que nadie lo haya declarado formalmente ni asumido sus consecuencias— en un territorio regido ya por el derecho de la necesidad, la urgencia y la excepcionalidad: el derecho propio, en suma, de las tierras de misión o de persecución, aplicado hoy no a comunidades remotas sino al núcleo histórico de la cristiandad catalana.
Y los motivos, conviene decirlo sin eufemismo pastoral, son conocidos desde hace más de sesenta años, desde que Pío X condenara en Pascendi Dominici Gregis (1907) la síntesis de todas las herejías que llamó modernismo, y sesenta años después el propio proceso conciliar y postconciliar abriera, en la práctica pastoral de no pocas Iglesias particulares, la puerta que aquella condena quiso cerrar: el nacional-progresismo eclesial —esa aclimatación del modernismo teológico a la sensibilidad política y cultural de cada país, en Cataluña con perfil propio— no pertenece a la Fe católica recibida de los Apóstoles; es una ruptura revolucionaria doctrinal, no una legítima evolución pastoral. La administración de la escasez que hemos descrito —seminarios cerrados, parroquias sin párroco, laicos gobernando lo que antes gobernaba un presbítero, domingos sin Eucaristía, claustros vacíos— no es solo, ni principalmente, un problema demográfico de vocaciones que faltan por causas sociológicas neutras.
Es el fruto tardío, y ya maduro, de una generación de pastores y de teólogos que sustituyó la transmisión de la fe católica íntegra por un proyecto eclesial distinto, más cercano al horizonte cultural de la modernidad tardía que al depósito recibido; y una vez sembrada esa sustitución, la escasez de vocaciones no es la causa de la crisis, sino su primer síntoma visible y medible en canonistas, en estadísticas diocesanas y, ahora, en un monasterio de setecientos años que se vacía en una sola tarde de febrero.
En definitiva, parece que el crítico pontificado de León XIV y del próximo Arzobispo de Barcelona (no sinodalmente electo), en medio de una situación que nunca se había dado en España (con muchas vacantes de obispos y muchos obispos con más de 75 años), así como de la existencia de tantos clérigos "vendeburras" que hablan elogiosamente de agrupaciones, celebraciones de la Palabra, laicización de la parroquia, nos hacen indicar que estamos ante una Roma y Vaticano, sobre todo de Francisco y León XIV, que están en catástrofe doctrinal, y de otro lado, gestionan y administran la escacez, pobreza y miseria en el número de clero, religiosos y laicos ya a través de las figuras institucionales del código de derecho canónico que son "los últimos de Filipinas": una vez agotado este "vendeburrismo" canónico de agrupaciones parroquiales, laicos administradores, seminarios concentrados y misas sin cura, lo que queda ya es la nada más absoluta: sólo queda concentrar el obispos y sus cuatro gatos presbiteriales en el Palacio episcopal y hacer razzias a parroquias que merezcan un mínimo de interés.
ResponderEliminarPor lo tanto, en 2026, afrontamos el ser o no ser del catolicismo en Cataluña: o la vía de la renovación (inevitable de la mano del Espíritu Santo) o de la depauperización, pobreza, miseria, decadencia y extinción funcional y terminal de los curas y religiosos, que empezará por Solsona, Lérida, Urgel y Gerona y se extenderá, todo por culpa del nacional-progresismo eclesial, consentido por los obispos y Roma.
Momentos divertidos e interesantes...
Se va mossen Pepo del Corpus? Aún lo vi ayer por la ventana del despacho parroquial. En Bellvitge hay alguien nombrado, no se iban los jesuitas?
ResponderEliminarArciprestazgo Barcelona Norte
EliminarComunidad Pastoral (Comunidad de parroquias) Gràcia Sud o Vila de Gràcia
Corpus Christi, de Barcelona:
Vicario: Mn. Íñigo de Alfonso Mustienes
Para reforzar la atención pastoral y acompañar al equipo de la parroquia, se ha nombrado como vicario a Mn. Íñigo de Alfonso Mustienes.
Lo de la decadente, descalabrada, averiada y a extinguir orden de los jesuitas, salvo error u omisión:
EliminarI. Ámbito parroquial
Cesión de la encomienda pastoral y reorganización diocesana
La novedad principal consiste en el repliegue de la Compañía de Jesús (bueno, así se llaman, materialmente no son católicos, son otra cosa) del servicio pastoral directo.
En enero de 2025, el provincial P. Enric Puiggròs, SJ, comunicó al cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, el cierre de la comunidad religiosa jesuita en Bellvitge a finales de 2025. Esto supuso el fin, ¡por fin!, de la residencia comunitaria y la renuncia a la encomienda pastoral de la parroquia Mare de Déu de Bellvitge (calle Ermita), que la Archidiócesis había confiado a los jesuitas desde su erección en 1970. Adiós, y el último apague la luz y cierre la puerta.
La parroquia no era propiedad de la Compañía de Jesús, sino un templo diocesano cuya atención pastoral se había encomendado a la orden. El edificio actual (proyectado por el jesuita Enric Comas de Mendoza) y el solar pertenecen a la Archidiócesis de Barcelona. La gestión pasa directamente al clero diocesano.
La parroquia se integra en el invento burocrático de Omella,
- Agrupación Interparroquial Bellvitge-Gornal (junto a Sant Joan Evangelista y Santa Maria del Gornal),
que forma parte de la nueva estructura de Comunidades Pastorales de la Archidiócesis, y se encuadra en el
- Arciprestazgo de Llobregat (Zona 4 / Arciprestazgo Llobregat),
dentro de una reorganización diocesana más amplia que agrupa parroquias en unidades pastorales mayores para optimizar recursos ante la escasez de sacerdotes.
Se prevé un equipo presbiteral compartido (posiblemente un rector con varios párrocos in solidum) para varias parroquias del entorno, incluyendo las de Bellvitge-Gornal y otras cercanas.
...
II. Ámbito educativo: continuidad plena bajo titularidad jesuita
A diferencia del repliegue pastoral, la presencia educativa se mantiene intacta (dóna peles). El centro Jesuïtes Bellvitge - Centre d’Estudis Joan XXIII continúa bajo la titularidad de la Compañía de Jesús e integrado en la Fundació Jesuïtes Educació.
Ofrece todas las etapas: Educación Infantil, Primaria, Secundaria, Bachillerato y Formación Profesional, con más de 1.600 alumnos. Fundado en 1968, representa uno de los legados más sólidos, guapos y lucrativos de la orden en el barrio.
...
III. Ámbito de acción social: continuidad a través de estructura laica
La labor socioeducativa y asistencial iniciada desde la parroquia prosigue con autonomía. La Fundació La Vinya (25 años de actividad en 2025) articula la acción social en Bellvitge y Gornal, pero aquí, con personal de obra a pie de barro de medio nivel: voluntariado laico y personal técnico.
Mantiene el respaldo institucional de origen jesuita y su vinculación a la red social ignaciana, aunque la gestión recae principalmente en laicos. Lo bonito y limpio se lo quedan ellos, el centro de estudios. Y la parroquia, para los diocesanos.
...
IV. Razones del repliegue pastoral y síntesis
La Compañía de Jesús explica la decisión por la necesidad de reducir presencias y concentrar fuerzas ante el envejecimiento de las comunidades, la desaparición de vocaciones y las limitadas capacidades actuales (pocos y senescientes enfermos).
No se trata de un abandono del barrio, sino de una reasignación de recursos para sostener otras misiones con mayor viabilidad. Tras más de 57 años (desde 1968), los jesuitas agradecen el legado compartido con laicos, vecinos y otras congregaciones, y reafirman su compromiso a través de la escuela y proyectos sociales.
En resumen, los jesuitas entregan los problemas no rentables de la atención pastoral de la parroquia al clero diocesano e integran el templo en las nuevas estructuras interparroquiales de la Archidiócesis
Preservan íntegramente su obra educativa lucrativa y tranquila (Jesuïtes Bellvitge - Joan XXIII) y la acción social (Fundació La Vinya) pero en manos laicas para el trabajo duro: ellos desde la barrera.
Entre traslados, comunidades pastorales, silencios administrativos, seminarios que se fusionan, jesuitas que se repliegan, fundaciones intervenidas y párrocos que desaparecen del mapa con más misterio que un cónclave… ya solo falta que nombren ecónomo diocesano a ChatGPT y que las campanas doblen solas.
ResponderEliminarSi alguien ve aparecer a los Cuatro Jinetes del Apocalipsis por la Diagonal, que avise. Aunque, visto el ritmo de comunicados, igual nos enteramos cuando ya estén aparcando en el Palacio Episcopal.
Puede hacerse eco GG de dos casos de bragueta.recientes?El del padre Rupnik y su absolución...y el del entrañable cardenal Cristóbal, amigo de Omella, y las 5 señoras...(disculpe el Sr Garrell si se toca de nuevo temas del sexto y el celibato )
ResponderEliminar