Pasó el chupinazo, se corrieron ocho encierros, por la tarde se lidiaron otras tantas corridas de toros y el 14 de julio Pamplona despidió sus fiestas entonando “el pobre de mí”. En todo ese lapso de tiempo no se cumplió la predicción de Jesús Bastante sobre el “inminente nombramiento de arzobispo de Barcelona”.
Si no existiese Religión Digital, el portal del dúo Vidal-Bastante, habría que inventarlo. ¡Cada vez que hablan, sube el pan! Empezaron auspiciando la candidatura de Planellas como sucesor de Omella y cuando vieron que arreciaban las polémicas en su diócesis y que era imposible que un obispo con tantos muertos en el armario pasase a gobernar la demarcación más importante de Cataluña, cambiaron de apuesta y comenzaron a presentar al cardenal Bustillo como el elegido.
No sería, desde luego, un mal nombramiento. Bustillo es uno de los purpurados más interesantes y con mayor proyección del colegio cardenalicio. Resulta difícil pensar que vaya a permanecer muchos años más en la diócesis de Ajaccio. Tanto la refundación por su parte del convento franciscano de San Buenaventura en Narbona como su libro Reparación. ¿Una sociedad rota puede sobrevivir?, muestran la presencia de un verdadero pastor y un hombre con un bagaje intelectual más que notable. Quizás sería el obispo-pastor que necesita Barcelona, tal como les apuntaba en mi artículo de la semana pasada.
No obstante, sería un evidente desaire al episcopado catalán y a la totalidad del español importar un obispo del otro lado de los pirineos, por muy navarrico que sea. Sería muy sorprendente que Roma tuviera que buscar en Francia al próximo arzobispo de Barcelona. La bofetada al catolicismo catalán y, por extensión, al conjunto del español sería demasiado sonora.
Lo único verdaderamente indiscutible es que pasaremos el verano con Omella al frente de la sede de San Paciano. Llevo semanas escribiendo que esta sucesión va para largo. Igual que ha pasado San Fermín, pasó la visita del Papa y la inminente sucesión que pronosticaban otros muchos enterados, que aseguraban que León XIV tenía firmado el nombramiento y solo esperaba a abandonar Barcelona para hacerlo público.
Han transcurrido ya tres meses desde que Omella cumplió 80 años y perfectamente podrían pasar dos o tres más. No existe un candidato claramente dominante y todos los nombres que aparecen en las quinielas presentan algún inconveniente. De hecho, en la diócesis existe más temor sobre la identidad del sucesor del cardenal que sobre la prolongación temporal de su mandato.
A ello se añade el auténtico tapón que afecta actualmente a los nombramientos episcopales en España. Hace más de un año que no se designa un solo obispo. Hay cuatro diócesis vacantes y otras siete cuyos titulares ya han presentado la renuncia por edad. Desde la llegada del nuncio Pioppo no se ha producido ningún cambio en estos once obispados. Es evidente que algo está bloqueando el proceso. Un año sin designaciones, con cuatro vacantes y siete obispos pendientes de relevo, es un hecho realmente insólito en la historia contemporánea de la Iglesia en España, que ni tan siquiera llegó a producirse, con tal magnitud, en la época del privilegio de presentación de obispos.
Mientras tanto, Omella ya ha anunciado que en agosto se va a su pueblo, luego a un monasterio francés y volverá a Barcelona en septiembre. Incluso insinuó en su última entrevista a Radio Estel, que quizás se comería los turrones aquí.
En Roma, los tiempos rara vez coinciden con las quinielas periodísticas. Con las de Bastante está claro que nunca.
Oriol Trillas

