La visita del papa León XIV a España ha sido, a todas luces, un éxito. Pocas veces un Pontífice ha despertado tan escasa controversia en un país tan dado a la división como el nuestro. Por insospechado, aún resulta más asombroso el logro alcanzado en su visita a Barcelona, que debe anotarse en el haber del cardenal Omella. A pesar de los problemas iniciales con las reservas de entradas, la respuesta del pueblo fiel barcelonés ha desbordado todas las previsiones. Y cabe decir que la organización del viaje por parte de la diócesis se ha correspondido con esa extraordinaria respuesta. Quedarán para el recuerdo la intervención del niño Renzo, las explicaciones de Valentina y el cuidado litúrgico con el que se celebró la misa de la Sagrada Familia.
Sin embargo, la cuestión más interesante no es que la visita haya sido un éxito, sino quien la ha hecho posible y que revela sobre la actualidad del catolicismo en Cataluña.
La respuesta resulta difícil de ignorar. En primer lugar, las parroquias germinantes y sus sacerdotes, que durante semanas prepararon a los fieles para este acontecimiento. Después, esos mismos fieles que acudieron masivamente a los distintos actos y llenaron las calles con entusiasmo. Con sus banderas vaticanas y españolas, no cabe ignorarlo. También los movimientos, tanto de las comunidades neocatecumenales, como los grupos vinculados a la Adoración Eucarística, Emaús y Effetá. Se notó expresamente en sus cantos y en su entusiasmo. También las monjas habitadas que se hicieron presentes en un número importante, aportando su habitual testimonio de alegría y entrega. Y bastantes curas con traje talar.
Todo ello se hizo especialmente visible en el acto de Montjuic y durante el recorrido del papamóvil por la calle Rosellón. Allí destacó de manera particular y espontánea la presencia de miles de jóvenes. Una juventud sana, limpia, bien vestida, que participó con naturalidad y entusiasmo. Junto a las banderas vaticanas podían verse numerosas enseñas españolas y de algunos países hispanoamericanos, especialmente de Perú. En cambio, la presencia de banderas catalanas fue claramente menor y la de esteladas absolutamente residual.
Este dato adquiere relevancia porque, durante los días previos, algunos sectores habían intentado convertir la visita papal en un escenario de reivindicación política. Desde Waterloo se había animado a recibir al Papa con esteladas en los balcones y con manifestación en su llegada a la Sagrada Familia. El resultado fue elocuente: las esteladas brillaron por su ausencia en los balcones y la movilización en la calle quedó reducida a un pequeño grupo de irreductibles concentrados en la confluencia de Rosellón con Cerdeña, alguno de los cuales recibió más de un improperio.
El fracaso fue descomunal si se añade el intento de boicot de los cantaires, el cual terminó oscilando entre el ridículo y el esperpento. Ni tan siquiera lograron su propósito. Una maniobra abortada por la policía y por la propia ineptitud de los llamados a cantar Els Segadors. Hasta en pleno franquismo se conseguían tirar octavillas ante Franco (Fets del Palau) o se quemaban a lo bonzo delante de él (Elósegui en Anoeta) y estos, en plena democracia, ni siquiera lograron ocultar una estelada entre las partituras.
La desolación en el nacional-progresismo eclesial es manifiesta. Muchos lo disimulan, pero algunas voces ya han expresado su decepción. El siempre bien informado Pep Martí lo resumía en Nació Digital: "els diversos actes pontificis també han ensenyat una altra realitat: la castellanització evident que s’ha produït a l’Església catalana. Fonts del catolicisme conservador asseguren a Nació que un 80% de la gent que es mou a les parròquies és castellanoparlant i ha viscut "completament al marge" de la polèmica sobre la llengua. Exagerat o no, sí que és cert que els crits que més s’han sentit aquests dies han estat en castellà".
Y Jordi López Camps se lamentaba en Catalunya Religió : “Finalment, voldria expressar una sensació que no sé massa com formular-la. Tinc la impressió que hi ha hagut un sector de l’església catalana, especialment identificada amb moviments amb força empenta emotiva, que han aprofitat la visita de Lleó XIV per sortir al carrer per proclamar eslògans embolicats amb les banderes del Vaticà i d’Espanya, i fer demostració d’unes pràctiques religioses testimonis d’una visió eclesial epidèrmica. Mentrestant, l’altra part de l’església poc identificada amb aquesta fervorosa revifalla que manifesten alguns moviments juvenils i de joves professionals, no ha sabut trobar la manera de manifestar la seva presència. S'ha fet evident una certa desorientació a l’hora de saber què calia fer per manifestar que la societat catalana rebia el Papa amb els seus propis signes d’identitat; de fet, els carrers estaven molt més plens de banderes vaticanes i espanyoles que no pas de senyeres.”
O como decía Catòlic Ferm, en su cuenta de Instagram: “El segon pal és per les organitzacions processistes: ja sabeu de la meva ideologia, sobretot pel que fa a Catalunya, però he de dir a tot aquest entorn que gira al voltant dels partits processistes: qui collons us penseu que sou? Convocant a qui? Si vosaltres ni estàveu allà ni aneu mai en aquests actes”.
Hubo, además, algunos episodios menores que reflejaron del despiste del nacional-progresismo eclesial. El primero la información en TV3: vale con que se hallen presentes siempre representantes de Casa Llisterri, pero las intervenciones de Vicenç Lozano con la supuesta primicia de sus fuentes en Roma que le aseguraban que Rosalía se haría presente en Montjuic con el Papa rozó el esperpento. Luego está el secretario del Colegio de Consultores, Mn. Joan Cabot, que no quiso estar presente con el Papa en la Catedral, porque tenía que vestir de sacerdote, pero se plantó en la Iglesia de San Agustín a saludarlo vestido de paisano. Son episodios anecdóticos, sin duda, pero también reveladores de determinadas actitudes.
Lo hemos venido repitiendo incesantemente en este portal: la mal llamada Iglesia catalana feneció hace tiempo y quien aguanta el catolicismo en Cataluña son las parroquias no nacionalistas y la comunidad hispana. Ya no se puede ocultar después de contemplar a esa hornada ingente de personas que salieron a la calle para seguir a León XIV. Quien quiera comprender el presente de la Iglesia en Cataluña hará bien en mirar esas imágenes.
Oriol Trillas




No habla bien de él que un Papa despierte escasa controversia en una país apóstata como el nuestro. ¿Será que los enemigos de la fe ven en él una figura inofensiva, una especie de capellán del globalismo? ¿Será que sus discursos han sido mayormente antropocéntricos y naturalistas, ayunos de referencias sobrenaturales?
ResponderEliminarOriolt, lo que usted dice de la vigilia de oración en Montjuic es cierto: yo le vi a usted allí y todos pudimos contemplar lo que había y quienes estaban. Pero le doy fe, porque conozco bien mi diócesis, que no es Barcelona, que si nos hubieran dado la oportunidad, habría venido muchísima más gente que no es la del perfil que predominaba, sinó de un catolicismo de extracción más popular, con un estrato fuertemente catalán y español que ha sabido integrar bien en las parroquias inmigrantes de diversas procedencias. Faltó un acto multitudinario: a la Cataluña que está más allá del Tibidabo se le cerraron las puertas. Estoy convencido que sólo con la diócesis de Tarrasa hubiéramos podido doblar el aforo.
ResponderEliminarEs fastigós veure com alguns prefereixen que s'ompli de pantxitos amb tal de sentir-se reafirmats en que el catalanisme és dolentíssim per a l'església.
ResponderEliminarSuposo que sóc carlí, però no puc deixar d'entendre alguns catalans que se sentien una mica fora de lloc. Un neòfit se'm queixava d'això. Argumenteu que són castellanoparlants, d'acord, però hi ha quelcom més en la equació: que son "pijos".
¿Quina acollida es dona a qui arriba d'una altra banda?
Un buen artículo que señala la agonía hacia la desaparición de la generación nacional-progresista (nacidos en el desarrollismo de 1959), debida a dos hechos:
ResponderEliminar1. El advenimiento de la generación nacida en torno al año 2010
2. La presencia masiva de emigración hispanoamericana
Ambas comparten la absoluta falta de vivencia generacional del franquismo; es más, les suena a chino: una época de fósiles, reliquias, atavismos, dinosaurios antediluvianos, caducos y ya fuera de onda, sintonía y vibración.
El nacional-progresismo eclesial catalán y barcelonés
1. El Origen: el Tardofranquismo y los monasterios como refugio
Durante los años 60 y 70, la Iglesia católica en Cataluña —la región más afectada por la simbiosis fe-militancia— vivió una profunda transformación. Mientras la jerarquía oficial era nacional-católica, las bases —sacerdotes jóvenes, movimientos de Acción Católica, el escultismo y ciertas órdenes religiosas— se convirtieron en el principal paraguas logístico e ideológico de la oposición antifranquista de tipo comunista, por encima incluso del incipiente nacionalismo.
El espacio sagrado como espacio libre: la Abadía de Montserrat o parroquias de barrio fueron de los pocos lugares donde se toleraban reuniones, asambleas obreras y el uso público de la lengua catalana sin intervención policial inmediata.
La fusión identitaria: en ese caldo de cultivo se soldaron indisolublemente la reivindicación nacional catalana y el progresismo político de izquierdas —más el segundo que el primero—. De ahí el término compuesto: nacional-progresismo.
2. La Teología: el Concilio Vaticano II y el progresismo eclesial
Esta generación no solo se movía por motivos políticos; estaba imbuida del espíritu rupturista del Concilio Vaticano II (1962-1965), leído desde una óptica militante y beligerante.
Abrazaron la teología marxista de la liberación, la opción por los pobres, la secularización de las formas y la renuncia al boato clerical: todo como sectarios fundamentalistas y radicales.
Para ellos, "romper del todo" con el nacional-catolicismo de Franco exigía una Iglesia asamblearia, horizontal, arraigada al territorio —teología del encarnamiento— y comprometida con el cambio social.
3. La Paradoja del Poder: de la Oposición al "Establishment, Aparátchik, Nomenklatura, Intelligentsia, Apartheid y Soviet Supremo"
La tesis acertada de Germinans Germinabit es que esta generación, curtida en la oposición al poder, acabó convirtiéndose en el establishment ultra-establecido dentro de la Iglesia y las instituciones catalanas durante los 80, 90 y 2000, imponiendo su supremacismo dictatorial.
Monopolio institucional: con la democracia, los cuadros formados en estos movimientos eclesiales ocuparon puestos clave en política —especialmente partidos de izquierda y el nacionalismo catalán—, educación, medios de comunicación y, por supuesto, diócesis y seminarios.
El clero progre: este sector dictó la línea pastoral en Cataluña durante décadas, priorizando la acción social y la identidad nacional sobre la ortodoxia doctrinal o la liturgia tradicional. El influyente grupo de curas "de la U" vinculados a la revista Qüestions de Vida Cristiana monopolizó progresivamente el poder en el arzobispado desde el infarto de Jubany en 1985, que gobernó la diócesis de Barcelona de 1971 a 1990, vio cómo su estilo hipercentralista personalista fue sustituido, tras su incapacitación por enfermedad, por una estructura más atomizada con obispos auxiliares como Joan Carrera, nuestro n.s.b.a. Lluís Martínez Sistach y Pere Tena, el liturgista.
Tomado por el nacional-progresismo, en diciembre de 1985 la Conferència Episcopal Tarraconense publicó Arrels cristianes de Catalunya, «Libro Rojo de Mao» de la doctrina oficial del arzobispado para las décadas siguientes, asumiendo la defensa de la identidad nacional y cultural catalana como deber evangélico y locus theologicus. Le seguiría el Concili Provincial Tarraconense de 1995 cuya única pretensión era crear una CET independiente de la CEE, rechazado por Juan Pablo II.
¡¡¡Felicidades, GG!!! Si no me equivoco, en dos semanas se llegará a nada menos que unos increíbles 15 millones de visitas... y sin subvenciones ni publicidad institucional ni del arquebisbat, ni la Gencat ni el Ajuntament...
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