Concluido el tiempo pascual, comienza el gran periodo litúrgico conocido como el «tiempo después de Pentecostés». En el rito de Pablo VI, este término ha desaparecido: el tiempo litúrgico que comienza con Pentecostés llega hasta el umbral del Adviento se denomina «tiempo ordinario», que tiene otra breve extensión en las semanas de número variable que van desde la Epifanía hasta la Cuaresma. En el rito antiguo, sin embargo, estos dos tiempos reciben el nombre de la solemnidad que los inician, a saber, «tiempo después de la Epifanía» y «tiempo después de Pentecostés». Esto enfatizaba mejor la conexión con la gran solemnidad de Pentecostés y el tiempo abundante que inicia y luego concluye el año litúrgico. Es el tiempo de la Iglesia, guiada y asistida por el Espíritu Santo en una era que solo terminará cuando termine la historia de este mundo. No es casualidad que las últimas semanas previas al Adviento tengan un marcado carácter escatológico. En el rito ambrosiano, esto también se aprecia estéticamente en el color litúrgico, que es rojo, como Pentecostés. Sin embargo, tanto en el rito romano antiguo como en el moderno, es verde.
Las perícopas evangélicas describen la vida pública del Señor, sus enseñanzas y sus milagros. Son el alimento diario de la Iglesia, nacida del Espíritu Santo y que camina en su luz. En el rito antiguo, no existe una liturgia específica para cada día de la semana: si no hay memorias de santos, es posible volver a celebrar la Misa del domingo anterior o elegir una Misa votiva de la amplia selección que ofrece el misal. En el rito nuevo, sin embargo, se ha introducido la novedad del formulario de los días de la semana del Tiempo Ordinario, que no se interrumpe por memorias de santos. Las lecturas también se realizan de forma continua según un criterio narrativo.
En el rito antiguo, no hay prefacio para el tiempo posterior a Pentecostés. Las rúbricas prescriben la recitación o el canto del Prefacio de la Santísima Trinidad para los domingos y el prefacio común para los días feriales. Retrocedamos un paso: el prefacio es la solemne oración litúrgica que el sacerdote recita o canta antes del Sanctus y el Canon. Hay prefacios para cada ocasión: Navidad, Pascua, Cuaresma, Tiempo de Pasión, celebraciones en honor de la Santísima Virgen... solo falta el del tiempo posterior a Pentecostés, a pesar de ser el más extenso. Esto no es un descuido: el Prefacio de la Santísima Trinidad es el texto más utilizado en las celebraciones a lo largo de los siglos. Es un texto de altísimo valor litúrgico y teológico, digno de leerse en latín y en su traducción castellana.
Vere dignum et iustum est
æquum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere;
Dómine, sancte Pater, omnípotens ætérne Deus:
Qui cum Unigénito Fílio tuo et Spíritu Sancto
unus es Deus, unus es Dóminus:
non in uníus singularitáte persónæ,
sed in uníus Trinitáte substántiæ.
Quod enim de tua glória, revelánte te, crédimus,
hoc de Fílio tuo,
hoc de Spíritu Sancto,
sine discretióne sentímus.
Ut, in confessióne veræ sempiternæque Deitátis,
et in persónis propríetas,
et in esséntia únitas,
et in maiestáte adorétur æquálitas.
Quem laudant Angeli atque Archángeli, Chérubim quoque ac Séraphim, qui non cessant clamáre cotídie, una voce dicéntes:
La versión castellana oficial presenta diferencias respecto a la correcta traducción del latín. Sin embargo presento la traducción que presenta el Misal Romano español
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno:
Que con tu Hijo único y el Espíritu Santo
eres un solo Dios, un solo Señor,
no una sola Persona,
sino tres Personas distintas de una misma naturaleza.
Cuanto creemos de tu gloria, Padre,
porque tú lo revelaste,
lo afirmamos también de tu Hijo
y del Espíritu Santo, sin diferencia alguna.
Por eso, al proclamar nuestra fe
en la verdadera y eterna Divinidad,
adoramos a tres personas distintas,
de única naturaleza e iguales en dignidad.
A ti los ángeles y arcángeles,
con todos los coros celestiales,
te alaban sin cesar:
Santo, Santo, Santo…
Es la proclamación sencilla y precisa de la fe católica en el Dios Trino. Siglos de debate y las discusiones de bibliotecas enteras se condensan en unas pocas líneas. La Iglesia la proclama en el momento más importante de la Santa Misa, al acercarse el momento de la consagración.
Francesc M. Espinar ComasPárroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet



