La plaga y la llaga

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La Bellota estaba esa tarde con el aire espeso, como cuando en agosto baja el cierzo y se queda todo parado, esperando tormenta. El tío Caldú jugaba con el palillo entre los dientes, el Trisca removía un carajillo que ya no tenía café, el viejo sargento leía el Heraldo con gesto de funeral, y Aurelio, como siempre, hacía de comentarista oficial de lo que nadie le había pedido.
Yo entré cojeando, como es mi estilo, y antes de sentarme ya me soltó Caldú:
—Cojo, ¿has visto lo que han dicho los obispos otra vez? Que si los abusos son una plaga, que si una llaga, que si una herida abierta… ¡Pero si al final los que quedan como apestados son siempre los curas de a pie!
El Trisca, que tiene lengua de navaja, añadió:
—¡Hombre! Ellos hablan de “plaga” y “llaga”, pero los que pagan el pato son los capellanes honestos. Los obispos salen en la tele con cara de compunción, a hablar de sus plagas y de sus llagas, y luego se van a cenar a mantel largo con Pedro Sánchez. Y el curita de pueblo a aguantar que lo miren como si fuera el primo hermano del padre Jorge Alexander.
El sargento levantó la vista del periódico:
—Aquí lo dice —golpeó el papel—: “El cardenal Omella insiste en la necesidad de transparencia”. ¡Transparencia! Si fuera transparente de verdad, se vería al tal Jorge como si fuera un pez en pecera.
 
Aurelio, que siempre intenta poner orden, intervino:
—Bueno, tampoco exageremos. Los obispos tienen que hablar del tema, ¿no? Si no lo hacen, mal; si lo hacen, también mal…
—¡No, Aurelio! —saltó Caldú—. No es que hablen, es cómo hablan. Hablan como si todos ellos fueran santos mártires que cargan con la culpa de otros. Y mientras tanto, el cura de siete pueblos, el que entierra, bautiza, visita enfermos y aguanta broncas y majaderías, ese es el que queda bajo sospecha. ¡Ese es el que paga la factura moral de la inacción de los obispos!
Yo asentí, porque aquello era una verdad como un templo:
—Mirad —dije—, cuando un obispo dice “hemos fallado”, ¿quién creéis que es el “hemos”? ¿Él, que vivía en palacio como en Ínsula Barataria y firmaba traslados? ¿O el cura que lleva treinta años en un pueblo sin más falta que tener goteras en la sacristía? Ese plural es como un tiro por la culata: limpia la sotana del obispo y mancha la del cura.
Nuestro sargento, que tiene memoria de archivo a base de pergeñar atestados, añadió:
—Y lo del Jorge… ¡Ay, lo del Jorge! Eso sí que es una llaga. Porque ahí sí que hubo mamoneo, y del gordo. Y Juanjo, que tanto habla de “cuidar a las víctimas”, bien que cuidó al curita y hasta llevó al juzgado a la víctima por miedo a que ésta le comprometiera con la acusación de encubrimiento. Eso no es llaga ni plaga: ¡eso es un agujero negro! 
El Trisca se echó hacia atrás, satisfecho de la frase: 
—A ver si lo entiendo —dijo—: cuando un cura hace barbaridades, la culpa es del clero entero; cuando un obispo tapa atrocidades, la culpa es del sistema. ¡Qué sistema más majo, maño!
Aurelio intentó defender algo:
—Pero el Papa ha dicho que es una plaga…
—Sí —respondí—, y también dijo que es una llaga. Y tiene razón en las dos cosas. Pero una plaga no significa que todos sean culpables como las langostas, igual que una llaga no significa que todo el cuerpo esté podrido. El problema es que aquí, cada vez que los obispos abren la boca, parece que quieren salvar su propia piel a costa de la inocencia del clero que no ha hecho nada.
El P. Jorge Alexander en una bendición del Domingo de Ramos

Caldú golpeó la mesa:
—¡Eso! ¡Eso es lo que me enciende! Que hablan como si fueran héroes que afrontan el mal, cuando muchos fueron parte de ese mal que denuncian por mirar para otro lado. Y ahora, para quedar bien con el mundo, ponen a los curas honrados bajo sospecha. ¡Eso sí que es una plaga!
Y el sargento añadió enfurecido:
—¡Y una llaga! ¡Y una vergüenza!
Hubo un silencio breve, de esos que pesan. Luego el Trisca, que no soporta los silencios, remató:
—Pues yo lo tengo claro: si los obispos quieren pedir perdón, que empiecen por pedir perdón ellos, con nombres y apellidos, por todos esos pervertidos que indignamente ordenaron sacerdotes. Y que dejen de usar el plural mayestático, que al final el que paga es el inocente que es fiel a su ministerio.
Aurelio suspiró:
—¿Y qué hacemos entonces?
Yo me levanté despacio, apoyándome en el bastón, y le respondí:
—Lo que hacemos siempre en Calanda: decir la verdad aunque escueza. Y recordar que la Iglesia no son los palacios episcopales, sino las parroquias, los curas que viven con su gente, llorando y riendo con ellos, y que no merecen cargar con pecados ajenos. Y si a algún obispo le molesta, que se mire la sotana por dentro, no vaya a ser que la llaga la tenga él y la plaga se lo esté comiendo vivo.
El tío Caldú brindó con su copazo de coñac asaltaparapetos:
—¡A la salud de los curas honrados! Que son mayoría, aunque algunos con mitra quieran que parezca lo contrario.
Y así terminó la tertulia, con el aire más limpio que al principio. Porque en La Bellota, cuando se habla claro, hasta el humo crapuloso del tabaco parece que se aparta para escuchar las verdades del barquero.
El Cojo de Calanda 

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1 comentario

  1. La próxima semana, seguro se llega a 15 millones de visualizaciones... ¡Y sólo gracias a la promoción de los habituales de La Bellota, sin que fluyera nada de croats d'argent, florins d'or, lliures, sous i diners de velló de ninguna institución real, feudal, eclesial, religiosa secular o militar, gremial o burguesa de la Corona de Aragón!

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