Recordaba en estos días las declaraciones del obispo de Roma durante su visita a Canadá que causaron gran revuelo. Dichas declaraciones constituyeron, en efecto, un duro ataque a la historia de la Iglesia y su labor misionera, en la que, entre otros, miembros de la Compañía de Jesús, a la que pertenece el propio Papa, fueron protagonistas clave. Ahora es un hecho que el pastor argentino siente un odio incontenible hacia la Iglesia, tal como existió durante siglos, hasta 1963. Sin embargo, si bien es legítimo que haya abrazado esta visión eclesiológica e ideológica que ha irrumpido con fuerza en el Templo de Dios durante décadas —como el humo de Satanás—, no hubiera debido permitirse el lujo de tergiversar la historia, distorsionando los hechos, con el único propósito de desacreditar a la Iglesia de Cristo y a la sociedad cristiana que surgió de ella a lo largo de los siglos. La petición de llevar a cabo un acto de cultura de la cancelación, que no es otra cosa que un intento de someter a juicio a la Civitas Dei para condenarla sin pruebas, provino del primer ministro canadiense Justin Trudeau, conocido por ser un protegido de Klaus Schwab y uno de los principales defensores del globalismo y la Agenda de Davos, y fue inmediatamente acogida por Bergoglio.
Trudeau y Schwab
Pero a pesar de todos los ataques lanzados por el obispo de Roma contra la Iglesia católica, esto no ha sido suficiente, ni lo es aún para las fuerzas anticristianas: el ministro canadiense de Asuntos Religiosos ha declarado oficialmente, en nombre de su gobierno, que la "disculpa" del Papa es insuficiente porque se dirigió a las acciones de algunos católicos y no, como cree el gobierno canadiense, a las acciones de la Iglesia misma, dado que la culpa no recae en los individuos, sino en la Iglesia. Para el gobierno canadiense, la Iglesia es un mal humano que debe ser erradicado de la historia.
Una advertencia a Bergoglio para que sea más eficaz, en el futuro, en desacreditar el pasado de la Iglesia católica, culpable de las peores atrocidades, con el fin de legitimar su actual persecución, tanto por parte del Estado como de la propia jerarquía. Porque esa Iglesia, la Iglesia Católica "intolerante" y "rígida", que predicó el Evangelio a todos los pueblos y permitió que sus misioneros fueran martirizados por tribus inmersas en la barbarie del paganismo, ya no debe existir, no debe "proselitizar" y no debe pretender tener ninguna Verdad que enseñar a las naciones para la salvación de las almas.
Si el Papa hubiera tenido una buena formación histórica y no hubiera estado dispuesto a participar en una operación puramente ideológica, habría hablado del gran y sabio chamán Black Elk o del gran cacique Gerónimo y su conversión al catolicismo, o de las misiones jesuitas desde California hasta los bosques de Canadá que llevaron, sin violencia, a miles de indígenas a la fe, dispuestos a aceptarla en cuanto experimentaron su espiritualidad.
En cambio, rindió homenaje a la cultura woke y al indigenismo barato para condenar la memoria de otros misioneros que buscaron evangelizar a los nativos, particularmente en el Canadá francófono, con un enfoque que no era racista, sino más bien el paternalista de la Corona francesa, que intentó integrar a los indígenas en las colonias enseñándoles agricultura: muy diferente del segregacionista y racista de la Corona inglesa.
Bergoglio hablaba de un «genocidio cultural», como si la llegada de la fe cristiana no alterara necesariamente la esencia de las culturas precristianas, tal como había sucedido en la Europa romana, celta, germánica y eslava, con la cristianización de numerosas fiestas y cultos locales precristianos.
Además, el indigenismo que defendía Bergoglio es un falso producto intelectual de las universidades norteamericanas. El genocidio, no solo cultural sino también étnico, fue perpetrado por la América WASP: blancos, anglosajones y protestantes. Estos colonos británicos ya habían masacrado a los católicos y harían lo mismo con los mexicanos, que eran igualmente católicos.
La política de destrucción étnica y asimilación cultural de las poblaciones locales fue típica del colonialismo inglés, que la implementó en diversos lugares como Australia, Estados Unidos y Canadá. Estos países no estaban gobernados por reyes católicos, sino por la masonería anglosajona y los protestantes. Por lo tanto, la responsabilidad de algunos clérigos solo puede ser la de haber colaborado, de alguna manera, con políticas concebidas y dirigidas por enemigos de la Iglesia.
La Iglesia debería haber combatido con mayor fuerza y determinación a estas fuerzas, cuya habilidad luciferina siempre ha consistido en atribuir la culpa de sus crímenes a otros.
Hace algún tiempo, algunos periódicos escribieron que Bergoglio es lector de Chesterton. Desconocemos si esto es cierto, o si su conocimiento de GKC (cuyo centenario de conversión se celebró recientemente) se limitaba a algunos episodios del Padre Brown, pero sin duda le habría sido muy útil para su correcta interpretación de la historia de las Américas y del colonialismo protestante británico leer el siguiente pasaje de Chesterton, tomado de *El pozo y los charcos*
Lo cierto es que la tiranía protestante es completamente diferente de la tiranía católica, por no hablar de la libertad católica. La tiranía protestante se basa inexorablemente en una motivación moral y una filosofía diametralmente opuestas a las católicas. El Dr. Crespi parece sugerir que, cuando las restricciones protestantes alcanzan un nivel verdaderamente excesivo, se debe únicamente a la actitud típica de un funcionario demasiado celoso en el cumplimiento de su deber.
Penteo desgarrado por Ino y Ágave
Lamento contradecirlo, pues no es así. Aquí reside el meollo del problema: el protestantismo, por naturaleza, está predispuesto a adoptar esa actitud que hoy llamamos «prohibicionismo». Con esto no me refiero exclusivamente a la prohibición del alcohol (aunque, tras un análisis más detenido, la comparación me parece la más acertada, considerando que ninguno de los miles de tiranos en la historia del Mediterráneo, desde que Penteo fue despedazado, jamás soñó con eliminar el vino de la vida cotidiana); me refiero a que los protestantes tienden a prohibir drásticamente, en lugar de controlar o limitar. Nuestro protestante modelo extrae su idea de prohibición de su teoría del progreso, una teoría que comenzó con la expectativa de una Edad de Oro y terminó con esperanzas en el Superhombre.
No sé a qué se refiere el Dr. Crespi con su "Edad de Oro": después del episodio en el Edén, no he oído hablar de ninguna otra Edad de Oro en el pasado. Sin embargo, el concepto protestante de progreso implica una era futura, rigurosamente diferente e independiente del pasado. Hoy en día, esta expectativa de un nuevo Sol está fuertemente influenciada por la teoría de la evolución. El hombre es un simio que ha perdido la cola y no la quiere de vuelta. No se trata de hacerle reducir un poco su tamaño porque le resulta demasiado engorrosa; tampoco basta con decirle que la enrosque y la guarde, agitándola solo en días festivos, como sugiere la idea católica de disciplina y recreación.
En la ideología protestante, el hombre puede prescindir perfectamente de la cola, así que bien podríamos amputársela. Los protestantes de hoy aplican mecánicamente esta teoría de la amputación a cada aspecto problemático de la naturaleza humana, a cada tradición histórica, a cada costumbre popular. No se limitan a pedir que la gente se contenga, que se limite en aquello que, en un momento dado, les supone un problema. Quieren que se liberen del problema de una vez por todas, como el mono que una vez se deshizo de su cola.
Si los puritanos abolieron el ritualismo, significa que a partir de ahora no habrá más ceremonias de ningún tipo; cuando los prohibicionistas abolieron el consumo de alcohol, juraron que la nueva generación crecería sin conocer su sabor; si los protestantes ven con buenos ojos la propuesta socialista, la mayoría ni siquiera piensa en criticar ese nuevo desorden llamado «capitalismo»: lo único que les interesa es abolir para siempre la idea misma de la propiedad privada, eso es todo.
Por eso sostengo que la Reforma Protestante tiene algo de fanático, asfixiante, extremista y desesperado, algo que ni siquiera se encuentra en la represión católica. Cuando el puritanismo se extendió a América, al igual que cuando el prusianismo conquistó Alemania, surgió una nueva ley: la esterilización forzada, o eugenesia, ante la cual incluso los peores dictadores de la tradición latina se horrorizarían.
Hubo muchos buenos católicos, como Savonarola y Manning, a quienes se podría llamar protestantes, ya que también ellos encendieron su propia hoguera de vanidades. Sin embargo, jamás se atrevieron a compararla con el fuego eterno. Hubo igualmente muchos malos católicos a quienes se podría llamar tiranos, como los Borgia o el rey Bomba, quienes, movidos por la ambición, sembraron muerte, odio y terror, pero que, ni siquiera torturando a un pobre desgraciado, se habrían engañado creyendo que estaban deformando o doblegando a la humanidad a su antojo. Por eso, sus prohibiciones no eran tan prohibicionistas después de todo.
Mussolini sin duda cometió un acto abominable al suprimir los periódicos, pero ¿lo oiremos decir alguna vez: «Jamás el mundo volverá a sufrir por la palabra impresa», como supuestamente dijo Jennings Bryan: «Jamás nos veremos amenazados por las bebidas alcohólicas»?
Creo firmemente que algunos de los sistemas más recientes ideados por los fascistas para educar a los niños rozan lo absurdo, pero no llegan al extremo de sugerir que se les quite la custodia de sus madres, algo que muchos protestantes, seguidores progresistas de Welles o Shaw, no dudarían en declarar. En resumen, sin considerar la libertad católica, la tiranía católica es algo transitorio, como la penitencia, el ayuno, el asedio o la ley marcial. La libertad protestante es mucho más opresiva que la tiranía católica, pues no es otra cosa que la libertad ilimitada de los ricos para destruir un número ilimitado de libertades de los pobres.
Chesterton escribe como un inglés que conocía muy bien la historia de su país y que eligió convertirse al catolicismo justo cuando Inglaterra abandonaba el fanatismo protestante para volverse nihilista y cientificista, justo cuando se estaba convirtiendo en un foco de desarrollo del pensamiento transhumanista para el futuro cercano. Quizás Bergoglio debería haber leído menos teología indigenista y un poco más a Chesterton. Le hubiera hecho mucho bien.
Mn. Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet



