He vuelto a caer. He asistido a misa en la forma ordinaria (parece que para la nueva forma que quiere entregar las dos formas todavía tendremos que esperar un poco) y me encontré mirando los bancos, desconcertado. Los bancos vacíos, quiero decir, mientras el sacerdote encontraba la manera de meter en la homilía algún migrante a acoger, que (¿quién sabe?) podría ser tal vez un santo. Hoy la santidad es más barata que la picadura de tabaco.
Así, con el estómago revuelto, mientras volvía a casa hablé con algunos viejos amigos. Después de los saludos y de las tristes observaciones sobre la pobre solemnidad de la misa solemne, llegaron los dolores de barriga. Exacto. El amigo cuenta que su párroco (diócesis de Gerona), para preparar a los niños para la primera Comunión, invitó a todos los padres a una catequesis. Quien tenga hijos en edad escolar seguramente conocerá esta práctica mezquina de someter a los padres –personas que, en su tiempo, la Iglesia ya había encaminado hacia el ateísmo– a modernas charlas vespertinas en preparación a los sacramentos de los hijos. Como si los padres tuvieran que prepararse y si recatequizar al padre tuviera algún vínculo con la preparación del hijo, o mejor, ciertamente tiene un vínculo, pero, sea cual sea, no se modificará tras un par de paraconferencias exprés extraproféticas del sacerdote de turno. Quiero decir: si en tantos años de catequesis has alejado al chico de ayer de la fe, no lo volverás a rescatar, padre, hoy, además con el mismo lenguaje artificialmente joven, dado que era nuevo, quizá, en el ’72. Pero quizás el párroco quiera estar seguro de que los padres sigan siendo ateos. De todos modos, algo nuevo en la catequesis-conferencia hay, vaya que sí. El sacerdote quiere mostrar que conoce el griego, por lo que explica el término “Eucaristía”, deteniéndose en el prefijo “eu-“, partícula reservada a las cosas buenas. Todo bien hasta aquí, solo que el párroco quiere mostrarse actualizado no solo con la pastoral, sino incluso con los ejemplos, así que aquí este “eu-” indica cosas buenas: “como eugenesia o eutanasia”. Esto, textualmente, me lo contaron los padres asombrados, preguntándose si era ignorancia, ingenuidad o convicción. Lo triste es que probablemente sea justamente lo tercero.
¿Qué nos queda, entonces, a nosotros, pobres católicos oyentes – estaba escribiendo pobres bestias – al observar esta pobre Iglesia del tercer milenio, ciertamente a la luz de los hechos espectaculares recientes, pero sobre todo de las pequeñas miserias de nuestras parroquias, si no el disgusto? No estoy hablando de los fieles, sean conscientes o no, sean santos o ingenuos animados por falsas certezas. No hablo de las deficiencias de la doctrina o de la caridad del pueblo. ¿Qué queda de la fe? Aún, no de la fe de los fieles, para ellos no es difícil, nunca lo piensan. Pero ¿qué queda de la fe de los sacerdotes? Existen sacerdotes santos, me repito desde hace años. Existirán. Yo no conozco ninguno. Conozco la homilética espectáculo más que descuidada. Conozco a sacerdotes preocupados por el sistema de refrigeración de la iglesia, como si estuviéramos en Alabama.
Grandes jugadores de videojuegos y ningún apasionado del salterio, muchos comedores de pizza fuera y ningún ayunador, pero estas son cosas que harán en secreto en su habitación. Conozco sacerdotes ansiosos por tener ministros extraordinarios para la Eucaristía para no alargarla. Sacerdotes que visitan a los enfermos, pero luego no los confiesan porque “total, ¿qué pecados tienen?”. Conozco teologías de folleto de sacristía, conferencias como las mencionadas, que quisieran ser catequesis, pero terminan siendo desarrolladores de incredulidad adquirida por la cercanía prolongada con el sacerdote de la parroquia.
Y todo esto ignorando deliberadamente todo el turbio asunto de la homosexualidad arraigada en la Iglesia. Dejando deliberadamente de lado este deplorable problema, con el que —aparte de un patético intento— no tuve nada que ver durante mi estancia de muchísimos años en los grupos de juventud en mi parroquia, debo ahora admitir conmigo mismo, a la vista de la razón y con la perspectiva de ahora, que cada sacerdote que conocí tenía algún problema de naturaleza psicológica, afectiva o relacional, o bien no creía en este o aquel dogma en particular. Por lo tanto, me pregunto qué tipo de selección se hace en los seminarios. Nos envían al desafío a una serie de sacerdotes todos fundamentalmente iguales al hablar —y en el vestir de manera casual— todos salidos del curso de teología con una mentalidad más bien de gestión, cuatro fórmulas que parecen repetir más como loros que por convicción y nunca, digo nunca, hubo alguien que se haya mostrado pundonor en poner a Dios, con sus derechos, en primer lugar.
Todos acogen a los inmigrantes, pero nadie en la rectoría. Todos ayudan a los pobres, pero nadie vende el coche o el smartphone para alimentarlos o educarlos. Todos “la pastoral”, pero nadie pasa casa por casa a consolar a los afligidos, o llevar dinero. Siempre pedir y charlas. Cómo hacer caminos para acoger y curar las heridas. No solo han tirado el bastón, pobrecitos, sino que con el discurso sobre los caminos, también la zanahoria. Nos quedamos ellos, y el disgusto. Todo gira en torno a ellos, los cuales están siempre muy ocupados en cualquier actividad, siempre que no sea santificarse. Si tuvierais un problema existencial grave en la familia, un divorcio, una enfermedad o un suicidio, ¿podríais esperar alguna vez respuestas? Dado que para los sacerdotes del tercer milenio, aquellos que citan a Sartre y Camus, no existen respuestas prefabricadas, como mucho podéis esperar cuatro frases de galletas chinas.
Confiar en un clero así es como confiar en el correo sin tener la precaución de poner suficientes sellos, pasando semanas enteras esperando respuestas que no llegarán. Si tienen suerte, las preguntas vuelven. Vean, más que dar respuestas, generan preguntas: ¿cómo acoger? ¿cómo acompañar? Etcétera etcétera. Quizás con “iglesia en salida” quieren anunciar que ya se terminó. Una vez que, a fuerza de sinodalidad y pastoralidad, la hayan convertido en una institución meramente y totalmente humana, dado que, como dijo Hilaire Belloc, ella es «conducida con tal deshonesta imbecilidad», tendrá los días contados. Justo unos quince.
Mn. Francesc M. Espinar Comas




Un paisaje desolador pinta usted, y con razón.
ResponderEliminarPero Mosén, la esperanza es lo único que nos aguanta.
Dios quiera que ésto cambie para bien.
El sacerdote quiere mostrar que conoce el griego, por lo que explica el término “Eucaristía”, deteniéndose en el prefijo “eu-“, partícula reservada a las cosas buenas. Todo bien hasta aquí, solo que el párroco quiere mostrarse actualizado no solo con la pastoral, sino incluso con los ejemplos, así que aquí este “eu-” indica cosas buenas: “como eugenesia o eutanasia”.
ResponderEliminarSiempre pensé, así en general, sin referencia a la anécdota anterior, que es una suerte fenomenal que estúpido sea estúpido y no eustúpido...
Esta palabra viene del latin stupere, quedar aturdido, y tiene dos palabritas derivadas antagónicamente divertidas:
- Estúpido: quedar paralizado, aturdido o pasmado del golpe
- Estupendo: quedar paralizado ante la belleza o grandeza: estupor o estupendo (magnífico): "Me he quedado estupefacto de lo estupendamente estúpido que eres"... y todo queda en familia etimológica...
"Una vez que, a fuerza de sinodalidad y pastoralidad, la hayan convertido en una institución meramente y totalmente humana, dado que, como dijo Hilaire Belloc, ella es «conducida con tal deshonesta imbecilidad», tendrá los días contados. Justo unos quince."
ResponderEliminarEl articulista dice la verdad: la iglesia leonina-francisquista ha sido un rotundo fracasado total y absoluto sin envoltorio de caramelo que lo endulce o atenúe con sobada prosa delicuescente clerical: uno lleva ya muchos decenios. Ha dado la realidad objetiva, factual, evidente, matemática y operativa, no el maquillaje de la palabrería demagógica de Roma y los obispos. Más ya es decir anécdotas...
De todas maneras, las crisis siempre son queridas por Jesús. Al fin y al cabo, la fauna y flora clerical, curial y papal no deja de tener el mismo denominador común que el de cualquier mortal del mismo Pueblo de Dios: tienden a apoltronarse, aburguesarse y moldearse en la habitación de la concupiscencia, la que tiene el camino, el pasillo y la puerta bien grandes: como son líquidos, gozan adaptando la forma del tarro de vidrio o la olla de barro.
De tanto en tanto, hay que dar una sacudida a todos estos dormilegas del Pueblo de Dios, tanto clero como pueblo, medio dormidos y medio indigestados de pastelillos y jerez. Los debates, los encontronazos, las polémicas, las luchas, las separaciones... todo ello ya es sabido por Cristo desde el momento en que empezó el mundo y aceptó en la Cruz ("Mira, curas vagos y comilones, ¿aún así aceptas morir por ellos?" "Sí"; "Fíjate, pueblo mediocre, corrupto y necio, ¿todavía lo sigues aceptando?", "Sí".)
Por eso, en realidad esta "realidad" de decadencia hacia la desaparición y extinción real y matemáticamente probada (qué Iglesia aguanta sin vocaciones y con curas envejecidos, pocos y malos) para que se vean unas cosas:
1. Que Dios acepta una mala conducta procedente el pecado personal y estructural como consecuencia de la libertad (el nacional-progresismo modernista es un mal derivado de las decisiones de muchos curas, obispos, religiosos y teólogos)
2. Que el mal no queda sin efectos naturales (sin vocaciones, los curas y religiosos desaparecen)
3. Que el mal no queda sin efectos espirituales individuales y eclesiales (el que comulga indignamente se hace reo del Cuerpo y Sangre de Jesús, come y bebe su condenación, y en la comunidad hay débiles, enfermos y fallecidos, es decir, que hasta la misma comunidad es débil, enferma y fallece= desaparece, se extingue)
4. Que donde abunda el mal, sobreabunda la gracia
5. Que la crisis y las polémicas y enfrentamientos son todos y siempre buenos si llevan a la verdad y al bien
6. Que esto es un hecho escatológico recurrente en la historia hasta el último advenimiento del mal
7. Que si a los malos esto no les gusta, entonces que les den
Por lo tanto, describamos la situación tal como es y esperemos que el Espíritu Santo se digne a traernos sus gracias, carismas y dones.
Valiente artículo mosen Espinar, usted conoce bien la diócesis. Impresionante leerle en lo de los sacerdotes con problemas mentales y deficiencias afectivas, el cáncer de la homosexualidad en metástasis. Recemos por el remanente fiel y que cuando arrecie la tormenta, hayan sacerdotes Santos a los que acudir
ResponderEliminarNada de nuevo bajo el sol eclesiástico, aburrimiento pleno.
ResponderEliminarMossen Espinar es valiente y lúcido. Sin concesiones, expone la cruda realidad del declive del catolicismo y nos obliga a mirar de frente aquello que tantos prefieren ignorar: el estado de la Iglesia en nuetro tiempo.
ResponderEliminarEl declive empezó justo con Francisco I, el 2013.
EliminarLa primera fase fue de estabilización hacia la baja, y va del 2013 hasta el COVID, 2020.
La segunda fase va del COVID 2020 hasta su fallecimiento el 2025, un período ya más decadente y degradado, por Amoris laetitia, Fiducia supliccans, Traditionis custodes, Abu Dabi, Laudato si, Pachamama... Aquí ya fue pendiente hacia abajo cada vez peor.
León XIV es Francisco II el chico.
Tuvo una primera fase de expectativa positiva del 2025 a principios del 2026, pero ya tiene un segundo período hacia la baja debido a que no sólo no ha derogado ningún documento ni nombramiento de Francisco I, sino que la situación se ha ido degradando a más, como la recepción de Mullally, la "arzobispesa" de un anglicanismo a su vez roto en dos fragmentos, de la cual ella solamente representa a un tercio.
Estamos ante un evidente y palpable período de decadencia del papado, el León XIV no afronta absolutamente nada de la era de Francisco, ni la vía sinodal apostática alemana, ni la crisis con el lefebrismo, ni la captura comunista por la Iglesia Patriótica China, junto con la crisis financiera vaticana y la grandiosa crisis de vocaciones de órdenes y diócesis.
Un artículo muy pesimista.
ResponderEliminarNo se puede generalizar.
En todos los colectivos hay manzanas podridas.
Pero también es cierto que yo conozco al menos seis sacerdotes buenas personas, y excelentes pastores.
Incluso uno un día me reconoció que a él lo tienen marginado de cualquier cargo diocesano importante, porque no es un adulador, y tiene personalidad.
Y dice las cosas claras y en conciencia.
Así es la realidad actual en Barcelona en la etapa a punto de concluir de Omella.
Voy a misa a diario, novus ordo, y los domingos vetus ordo. Me he recorrido toda España y parte del extranjero. Y jamás, jamás de los jamases, me encuentro situaciones así, ni iglesias vacías los domingos, ni curas raritos. Es como si viviéramos en planetas distintos. Lo de la homosexualidad, rarísimo, no he conocido a ningún cura así, pero sí algunos que se casaron hace tiempo. Un par de casos de homosexuales, tradicionalistas, por cierto.
ResponderEliminarMossen Espinar , el que esté libre de pecado que tire la primera piedra
ResponderEliminarLe recomiendo un poco más de humildad, Mn. Espinar. Leyéndole se diría que se considera el único virtuoso en un mundo en que todos los demás sacerdotes son incompetentes, enfermos mentales... un mundo eclesial en que todo está mal, todo mal, muy mal, hay que criticarlo todo, "suerte que yo no soy de esos, míralos qué ignorantes..."
ResponderEliminarBendito sacerdocio
ResponderEliminarBenditos sacerdotes
¿Todavía quedará alguien que crea que son los ungidos del Señor?
Guareschi, Bernanos, Martin Descalzo y ahora mosén Francesc. Abunda la bibliografia sobre la heroicidad habitual de los sacerdotes, con mezcla de alguna que otra bala perdida o mediocridad. Guareschi te aseguraba una tarde tranquila con las salidas de Don Camilo y el alcalde comunista. Cierta inquietud te producía el catolicismo existencialista de Bernanos en su Diario de un cura rural. Comencé a conocer a José Luis Martín Descalzo cuando el cura de mi pueblo garrotxi me dejó "Un cura se confiesa". Tenía entonces yo catorce años. Martín Descalzo cuenta sys aventuras, sus dudas, en las vísperas de su ordenación sacerdotal. El cura de mi parroquia era muy celoso de la casa de Dios. Durante la guerra civil salvó el pellejo huyendo por la frontera y recalando en una parroquia de Badajoz. No soportaba las veleidades separatistas de algunos sacerdotes que estaban copando la curia y el seminario. Tan a peño se lo tomaba todo que sufrió un ictus. Con el tiempo no pudo soportar las innovaciones que traía a la diócesis un Jubany ensoberbecido. Con lo que le habían costado casullas, manteles, albas, y llega el de santa Coloma como un Atila arrasando con todo. Demasiada presión para un curé de campagne natural del villorio ampurdanés de Cistella. No era hombre de muchos libros, aunque a mí me los dejó todos. Disfrutaba con ejemplos de sacerdotes que le servían de ejemplo, Pio X ("todos los papas tendrían que haber sido curas", decía), San Juan María Vianney, mártires del secreto de confesión... Siempre en el confesionario, en alguna ocasión le vi confesarse en Gerona, aprovechando sus vistas a la curia. Cuánto le debemos muchos a mosén Franciscu.
ResponderEliminarHay curas ejemplares, vaya si los hay. Que Dios los bendiga.
Sí queda una opción: Que la FSSPX y otras congregaciones parecidas consagren obispos sin mandato pontificio para preservar la fe, ya que Roma (Prevost y la estructura jerárquica a su cargo) no sólo no aseguran, sino que destruyen activamente (pastoralmente) la fe de la Iglesia y la vida de la gracia.
ResponderEliminarSe agradecería monográfico sobre el Sacrilegio perpetrado sobre la tumba del Príncipe de los Apóstoles.
ResponderEliminarLaus Deo.