Los de La Bellota y el vídeo que dejó a los obispos en evidencia

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La Bellota, a media tarde, tiene ese olor a Barón Dandy y a café recalentado que sólo conocen los parroquianos de toda la vida. En la mesa del fondo, bajo la foto amarillenta de Luis Buñuel, estábamos los de siempre: el tío Caldú, el Aurelio, el Trisca y el viejo sargento. Más este pobre Cojo, testigo insobornable de unas realidades cada vez más irreales.   
 
La tele del bar, muda pero encendida, repetía en bucle el vídeo de la mujer que increpaba al Rvdo. Francisco Romero, extremeño y miembro del comité organizador de la visita del papa. El tema de la increpación era si sus reverencias reverendísimas estaban pensando en la más que razonable y necesaria visita de Su Santidad al Valle de los Caídos. Ellos, los del Comité, tan rica y discretamente instalados en una terracita al lado de la calle Añastro, Sede del Sanedrín Episcopal.
 
—Mira, mira -decía Caldú-, ahí está otra vez. ¿Lo ves? La mujer sólo quiere hablar, y el curita -ni obispo es-… ¡zas!, gesto de desprecio. Como si la pobre fuera invisible. Como si molestara por existir. Y, sobre todo, al cura bellotero sólo le preocupa ¡que los graben!
 
La Bellota aquella tarde olía a tristeza y a resignación. La tele colgada en la esquina escupía el vídeo una y otra vez: la mujer plantándose ante los obispos, el gesto torcido del cura Romero, que se pirra por ser obispo algún día, el silencio calculado de Romà Casanova, que al principio se queja de que con la matraca del Valle los habían molestado ya cuatro veces en lo que iba del día… Román, desvaída copia del bueno del cardenal Carles. Al final, el de Vic se convierte en un convidado de piedra que preside la escena: parece que está vivo, pero que yace difunto desde hace años. ¿Y los melifluos argumentos de Rico Pavés? ¿Y la espalda altiva de Mikel Garciandía, el de Palencia?
 
En la mesa del fondo, el tío Caldú apretaba el vaso como si quisiera romperlo con la fuerza de la indignación. Es que el castigo que se habían puesto ese día con la repetición incesante de ese vídeo, enmudecido para no estorbar el agrio coloquio, era demasiado para él.
 
Tío Caldú, con la vena del cuello hinchada se exclamaba:  
 
—Míralos. ¡Ahí están! Como si la mujer fuera una cucaracha que se ha colado en su bonito salón. Ni un saludo, ni un “espere un momento”, ni un “¿qué te pasa, hija?”. Nada. El vacío. El desprecio. Y luego dicen que están cerca del pueblo de Dios, que huelen a oveja. Cerca sí… pero bien parapetados, para que no les rocen.
 

A su lado, el Aurelio se rascaba la barba de tres días con gesto de resignación, como quien ya ha visto demasiadas veces la misma película. Soltando un bufido, arrancó;
 
—Es que ni se esfuerzan. Ni un gesto humano. Ni una pizca de empatía. Nada. Están tan acostumbrados a que nadie les contradiga, que cuando alguien les habla sin pedir permiso, se bloquean. Como si la mujer hubiera cometido un sacrilegio por existir, por tener la osadía de hablarles sin cita previa.
 
En la barra, escuchaba la Consuelo, que sirve cafés desde que Franco era cabo, con los brazos en jarras. Con una sorna que parecía un lanzallamas, quiso meter cucharada:
 
—Pues a mí me da que si la mujer hubiera llevado un micrófono de Televisión Española, la habrían tratado mejor. Pero claro, como era una católica normal, de las que van a misa sin escolta… pues nada, a callar y a circular.
 
El Emilio, alias el Trisca, que remueve el café como si quisiera disolver el mundo dentro de la taza, intervino sin levantar la vista del oscuro líquido, con voz baja pero afilada:  
 
—Y el de Vic… ese sí que es fino. Callado, quieto, como un zorro viejo que sabe que si no se mueve, no lo cazan. Ni una palabra, ni un gesto. El silencio como escudo. El silencio como estrategia. El silencio como forma de vida.
 
En la esquina de la mesa, con el caliqueño humeante, el viejo sargento, que ha visto más jerarquías que un seminario, golpeando la mesa con los nudillos, resopló como con infinito desprecio:  
 
—Y el otro… el Rico Pavés. Decir que si les critican es caer en la trampa de los enemigos de la Iglesia. Pero si nadie les ha puesto ahí. ¡Se han metido los obispos solos! Se han vendido mil veces a cada Gobierno infame… Y ahora quieren que encima les demos las gracias. Es que hay que tener valor.
 
Este pobre cojico seguía mirando el vídeo en la tele: La mujer insistía, firme pero educada. Los obispos, en cambio, rígidos, tensos, con gesto de fastidio, como si la presencia de una simple fiel fuera una amenaza para su estatus.
 
Tío Caldú, inclinándose cada vez más hacia la pantalla como para meterse en ella, gritó como un pastor de las montañas:
 
—Es que no escuchan. No saben escuchar. Hace años que no pisan la calle sin escolta mental. No saben lo que es que alguien les pida algo sin protocolo. Les suena a insolencia. A falta de respeto. Como si el respeto fuera sólo para arriba. ¡Los de abajo que se fastidien! ¡Jodó con estos gachós!
 
El Aurelio, encendiendo un cigarro con manos temblorosas, siguió el hilo: 
 
  
—¿Y lo del Valle? Eso sí que les ha pillado. No saben dónde ponerse. Unos callan, otros sueltan frases que no hay por dónde cogerlas. Pero lo que no hacen es mirar a la gente a los ojos. Porque saben que, si miran, se les cae el discurso. ¡Falsos, más que falsos! Dejaron abandonada a la pobre Noelia, eutanasiada por Salvador Illa.  Han entregado los dineros de los fieles al Defensor del Pueblo para que indemnice a las presuntas víctimas de abusos prescritos judicialmente, y aceptaron el aborto libre y gratuito a cambio de la casilla del IRPF…
 
La Consuelo secaba un vaso con un trapito, mientras decía:
 
—Si es que se les nota. No quieren líos. No quieren titulares. No quieren problemas. Quieren quedar bien con quien manda y paga. Y si para eso hay que dejar tirada a la gente, pues se deja. Total, la fe no da subvenciones.
 
El Trisca, apoyando los codos en la mesa, pensaba en voz alta:
 
—Su prioridad no es la fe. Es quedar bien con el gobierno. Que no les llamen nada feo. Que no les quiten nada. Que no les señalen. La fe… ya si eso, cuando no moleste.
 
El sargento, con una carcajada amarga, soltó:
 
—Y mientras tanto, el Valle desacralizado. Y ellos, tan tranquilos. Como si fuera un trámite administrativo. Como si no importara a nadie. Como si no fuera un símbolo que se deshace entre sus manos.
 
En la pantalla también aparecía el obispo Garciandía, de espaldas, despachando a la mujer con un “váyase, estamos trabajando”.
 
El tío Caldú, levantándose medio palmo de la silla, explotó:
 
—Trabajando, dice. Si trabajar es eso, ¡que me den a mí ese empleo! Dar la espalda y mandar callar. Ni un mínimo de urbanidad. Ni humanidad. Nada. No saben hacer la “o” con un canuto y van de chulos.
 
Aurelio, señalando la pantalla con el cigarro ya apagado, exclamó:
 
—La mujer es católica. Está dolida. Quiere respuestas. Y ellos… como si fuera una molestia. Como si su fe fuera un ruido de fondo.
 
La Consuelo, con los brazos en jarras, se lamentaba:
 
—Es que ni un solo cura de pueblo trata así a nadie. Ni uno. Porque saben que, si tratan mal a la gente, la gente deja de ir o le dan con la mano abierta, que en Aragón no tenemos complejos. Pero estos… como viven en su burbuja, ni se enteran ni quieren enterarse. Nos ven como un problema. Como unos ignorantes descarados que se atreven a marcarles la agenda.
 
El Aurelio, con los ojos entrecerrados, murmuraba:
 
—La prepotencia es lo que más duele. No es que no respondan: es que ni consideran que tengan que responder. Como si la Iglesia fuera suya. Como si el pueblo de Dios fuera un decorado que se monta y se desmonta según convenga. Los gestores de un chiringuito que hay que conservar para salvar los trastos. Y entre esos trastos a salvar están, sobre todo, ellos mismos….
 
Nuestro sargento, golpeando la mesa otra vez, interrumpió:
 
—Y luego se preguntan por qué la gente se aleja, por qué desconfían de ellos, por qué no los quieren… ¡Pues por esto! Porque cuando uno ve que no hay empatía, que no hay escucha, que no hay cercanía, sino altivez y fastidio, ésa es la respuesta lógica. Ah, pero a ellos todo eso les importa un comino, como a los políticos.
 

La puerta del bar se abrió entonces y entró D. Gilberto, un cura retirado que ya no tiene parroquia, pero sí memoria. Dejando el bastón junto a la mesa, nos dijo a toda la concurrencia:  
 
—He visto el vídeo. Y os digo una cosa: antes, un obispo podía ser distante, pero no podía ser invisible. Ahora son las dos cosas. Distantes e invisibles. Y encima molestos cuando alguien les habla.
 
El Tío Caldú, señalándolo con el dedo, le cortó:
 
—¡Eso! ¡Eso mismo! Que ya no representan a nadie. Que viven en un mundo que no existe. Que no saben lo que duele ver el Valle así. Y que encima te traten como si fueras tú el problema.
 
El viejo mosén dijo suspirando;   
 
—La mujer del vídeo ha dicho lo que muchos piensan. Y ellos, los obispos, no lo soportan. Porque la verdad, cuando viene de abajo, les escuece muchísimo más. Babean como el perro de Pavlov cuando toca la campana Bolaños y, en cambio, les incomoda la pobre mujer…  
 
Al final la tele se apagó y el bar quedó en un silencio espeso. Los cuatro se quedaron mirando la pantalla negra, como si esperaran que de allí saliera una explicación.
 
El Tío Caldú, con la voz rota por la rabia, se desahogó:
 
—Lo peor es que la mujer del vídeo no está sola. Representa a muchos. A demasiados. Pero ellos no lo ven. O no lo quieren ver.
 
El tío Aurelio, aplastando el cigarro en el cenicero, se soltó:
 
—Porque si lo vieran, tendrían que cambiar. Y cambiar, cuesta. Sobre todo, cuando llevas décadas viviendo en un palacio mental donde todo el mundo te debe reverencia. Pero la gente ya no traga. Y eso sí que no lo han visto venir. Cuando una sola mujer con un móvil dice la verdad, se nota más que en cien comunicados episcopales.
 
El sargento, levantándose despacio, se despidió incisivo:
 
—Y al final, lo que queda es esto: que no les ha puesto nadie en el bando de los enemigos del pueblo de Dios. Se han puesto ellos. Con sus gestos, sus silencios, sus desprecios. Y ahora no saben cómo salir.
 
D. Gilberto, mirando al suelo, sentenció:
 
—Y mientras no escuchen, seguirán perdiendo. No poder, no prestigio: perderán almas. Que es lo único que parece no importarles.
 
Salimos del bar. El aire fresco nos golpeó la cara.  Y vimos que el Valle, allá lejos, en Cuelgamuros, sigue esperando una palabra que no llega. Y ya ni siquiera del Papa, que no está para eso.
 
El Cojo de Calanda

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