Es correcto censar las diferencias entre la nueva misa y la misa tradicional, la de siempre, divinamente instituida, y los numerosos errores teológicos que los innovadores modernistas al estilo de Bugnini han incrustado en el rito (como el famoso en su tiempo “por vosotros y por todos”) o la aparentemente inocente frasecita "a ejemplo de María y los apóstoles, en la espera de un nuevo Pentecostés" de uno de los prefacios de la Ascensión del Señor , concretamente el utilizado en los días intermedios entre la Ascensión y Pentecostés. ¿Un nuevo Pentecostés? ¿Nuevo? ¿A qué jugamos?
Pero estas son únicamente anécdotas, graves ciertamente, y sintomáticas de los objetivos que el Consilium planteaba como meta. El mejor análisis fue el elaborado por los cardenales Ottaviani y Bacci en su “Breve examen crítico” que recomiendo encarecidamente leer, Fue un texto que el cardenal Ottaviani presentó como carta a Pablo VI, no habiendo autorizado jamás su publicación, lamentándose que así se hiciese.
Vayamos pues a constatar la realidad de la inmensa multitud de celebraciones, no solo en nuestras latitudes, sino en el conjunto de países que personalmente he tenido la fortuna de visitar a lo largo de décadas observando las celebraciones o participando activamente en ellas. A eso junto a las consideraciones que he podido atesorar de diversos amigos sacerdotes, quiero añadir el valioso epistolario que mantuve con el padre Horacio Bojorge S.I. en los albores de Gérminans, cuando bajo el pseudónimo de Dom Gregori Maria empecé a escribir sobre liturgia. Del padre Bojorge conservo el testimonio de una etapa de formación que va desde su ingreso en la Compañía de Jesús en 1953 a su ordenación sacerdotal en Maastricht (Holanda) en 1965. Años cruciales del periodo de reforma litúrgica en la Iglesia.
Situémonos, pues, en lo concreto con diversas consideraciones sobre la realidad celebrativa de la Iglesia.
En primer lugar, e iremos a lo concreto, tenemos la abundancia no solo de improvisaciones más o menos licitas o ilícitas, sino también las arbitrarias incursiones a manera de cuñas en las celebraciones litúrgicas. Las mismas disposiciones del Misal enfatizan elecciones ad libitum, es decir a voluntad, a gusto o a discreción del celebrante o del equipo litúrgico que en las comunidades preparan semanalmente las misas. Y no solo en la elección de los cantos, sino también en la elaboración de moniciones o en la inserción de gestos rituales que deberían enriquecer las misas: todo ello con tendencia a formalizar elaboraciones que rozan aquellos happenings de los años 60 y 70 que se han extendido en algunos lugares hasta el presente. La justificación es la pretendida necesidad de que los fieles sean parte activa de la celebración y no solo espectadores pasivos: para lo cual se introducen improvisaciones y sorpresas que hagan atractivas las misas. En eso acabó la actuosa participatio que propugnaba la Sacrosanctum Concilium.
En la inmensa mayoría de las misas, el primer regalo que nos encontramos después de santiguarnos en el nombre de la Trinidad es el saludo del “presidente de la celebración”, que a modo de morcilla (así se acaba llamando popularmente) no solo nos saluda sino que nos introduce en la singularidad de la liturgia de ese día. Después, el acto penitencial puede adquirir potestativamente dos formas; escogiendo entre la fórmula del Confiteor o pequeñas introducciones a cada uno de los kyries.
De ahí, y después de la oración colecta, pasamos a la liturgia de la Palabra. Cada una de las lecturas suelen estar precedidas por moniciones, elaboradas ad casum, o bien aquellas que el CPL nos sirve semanalmente en sus opúsculos. Esas moniciones se introdujeron en los años 50 en la liturgia con la voluntad de enmarcar y contextualizar unas lecturas aún en latín o hacer comprensibles unos ritos poco inteligibles. Lo malo y ciertamente estúpido es que los ritos fueron reformados explícitamente para hacerlos directamente comprensibles a los fieles. Así lo estableció la Sacrosanctum Concilium. Hoy nos encontramos con ritos simplificados y más esclarecedores quizás, pero precedidos de un tostón de moniciones innecesarias.
Y llega la homilía que debiera ser una exégesis bíblica de los textos y las oraciones de la misa del día: breve, comprensible y bien elaborada. Y para ello se requeriría el mismo tiempo que los pastores protestantes dedican a su confección. ¿Y con qué nos encontramos mayormente? Con larguísimas y soporíferas homilías, cuanto más largas menos preparadas, donde salen a colación chascarrillos y gestualizaciones del celebrante innecesarias y tantas veces grotescas. Y además portando frecuentemente unos pinganillos que mundanizan la homilía convirtiéndola en un espectáculo circense. Sin olvidar la costumbre insana de moverse por el presbiterio a manera de los pastores evangélicos, o aún peor de vendedores de feria, con predicaciones a menudo peligrosas, llenas de neolengua litúrgica (“inclusión”, “acogida”, “camino”, “kerigma”), casi siempre muy aburridas (y quizás eso sea un bien.). Y como conclusión pretendidamente ritualizante, la retirada del sacerdote a su sede, para que meditemos en silencio que subraye el alto valor de su homilía. Un silencio que se prolonga con la misma desmesura que se ha prolongado la plática.
Llegando al Credo, es de subrayar el hábito adquirido de sustituir la profesión de fe niceno-constantinopolitana por el Símbolo de los Apóstoles, que antaño era el texto que en el catecismo nos enseñaba las verdades de la fe.
Y nos ponemos en las Preces de los fieles. Usando o los opúsculos del CPL o los formularios que el Libro de la Sede pone a nuestra disposición. Amén de las confeccionadas por el bendito equipo litúrgico parroquial. Recitadas en fiestas destacadas, por una cola de lectores bajo el nombre de “peticiones”. ¡Qué diferencias con aquellos Dípticos de la antigüedad cristiana que las disposiciones conciliares tenían seguramente en su mente!
Y a este punto se acaba la Liturgia de la Palabra e inicia la Liturgia Eucarística propiamente. Y aquí es decisiva la nomenclatura: ya no hay Ofertorio sino Presentación de las Ofrendas. Es decir, lo importante no es la oración sobre las ofrendas, sino las ofrendas en sí mismas, que más allá del pan y del vino pueden incluir (ad libitum nuevamente) una procesión de figurantes que aportan lo más inaudito, según la categoría de la celebración: flores, velas, biblias, catecismos en las misas infantiles, supuestos símbolos (redes pesqueras, sandalias de pescadores, globos festivos y un largo etcétera). A elección de la comunidad cristiana.
No es baladí esas sustitución del antiguo ofertorio donde lo importante es el texto ofertorial, de una belleza y hondura indescriptible, donde se subraya el carácter sacrificial de la santa misa (es el Súscipe de las hostias y el Offerimus tibi Domine cálicem salutaris del vino) tal cual y por separado. Hoy en día mayormente sustituido por una presentación conjunta (patena y cáliz) y recitación de ese texto que es una beraká judía en su integridad cuando no se realiza en silencio.
Después llega, si es que hay suerte, el Lavabo, omitido en innumerables misas. Muchos cifraban la categoría y la calidad de una misa por la presencia o ausencia de ese rito de purificación previo. ¡Ingenuos! Han olvidado que el término “lavabo” incorporado a nuestras lenguas, procede de este rito que hemos condenado a los escombros de la liturgia. Hay que destacar la desaparición, antes del Lavabo, de una doble oración oblativa bellísima: el In spiritu humilitatis que es un acto de humildad del celebrante, seguida del Veni Sanctificator, que era en el antiguo misal una invocación al Espíritu Santo y bendición de las ofrendas para el Sacrificio.
Esta acción del Espíritu Santo quedaba manifestada, pues, claramente cuando el sacerdote invocaba la bendición divina sobre la ofrenda: Ven, santificador omnipotente, eterno Dios, y bendice este sacrificio preparado a tu santo nombre. Es el holocausto que dará al Nombre santísimo de Dios la gloria que le es debida. La santificación que imploramos, es atribuida al Paráclito que el Padre y el Hijo nos envían. Reconocemos también esa presencia activa del Espíritu Santo en el sacrificio, cuando el sacerdote reza en silencio, poco antes de la comunión: Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, vivificaste el mundo con tu muerte. Esta es una de las dos llamadas apologías que se encuentran en el misal del 69 y que el sacerdote puede elegir ad líbitum, y que antes eran ambas prescritas. San Josemaria en “Es Cristo quien pasa”, expresa su enamoramiento por estas oraciones apologéticas. ¿Qué sacerdote las recita hoy en día?
Y llega el momento de dar un juicio sobre la superabundancia de prefacios. El misal del 62 presentaba una exquisita sobriedad en el número de prefacios, de tal manera que algunos pocos fueron introducidos antes de la reforma del 69. Provenían de prefacios autorizados para uso de algunos países (pro aliquibus locis). Son de destacar el de Adviento y el de la Eucaristía, ambos introducidos en el Misal del 62 y que enriquecieron sin duda el depósito celebrativo. Hay que notar como curiosidad, que en la festividad de Corpus Christi o en misas votivas de la Eucaristía, se prescribía el prefacio de Navidad, que sin desentonar, nos daba autentica perspectiva de fiesta tan solemne como el Corpus o las misas votivas. Por el contrario, la catarata de prefacios introducidos en la reforma del 69 es, a mi entender, excesiva e innecesaria. Con el grave inconveniente añadido de que la naturaleza de algunos de esos textos es teológicamente precaria, cuando no indebida o rozando el error doctrinal. Pocos, pero los hay. A años luz de los dignísimos y concisos prefacios clásicos No me detengo a especificarlos.
Nos situamos en este punto en la discutidísima cuestión de las plegarias eucarísticas. Al menos desde San Gregorio Magno, la única anáfora en la Iglesia Romana fue el llamado canon romano (hoy Plegaria Eucarística I). En la primera edición del Misal Romano se le añadieron tres más (la II, la III y la IV). Posteriormente, las plegarias llamadas de la Reconciliación y los formularios para misas con niños. Se hicieron famosas las plegarias eucarísticas suizas, nunca añadidas oficialmente al Misal. Pero, dada su extravagancia, usadas a discreción por algunos sacerdotes progres. No las he vuelto a escuchar en décadas. No quiero ahora ni insistir en el hecho de la adopción de esas anáforas, que ninguna supera en perfección teológica al Canon Romano; ni es momento ahora de pasar a un examen de cada una de ellas. Necesitaríamos páginas enteras. Pero sí conviene constatar una lamentable realidad: la plegaria II (que alguien quiso colar como el canon de Hipólito, no lo es. Es débil doctrinalmente: pero la más usada por el clero, por su increíble brevedad. Y aquí no vale el adagio “lo bueno y breve, dos veces bueno. Es breve sí, pero no es buena. De esas tres, la más sólida teológicamente es la III; pero no procede de ninguna tradición antigua. No tiene arraigo histórico. Es una elaboración en mesa de despacho. Y la Iglesia nunca obró así en una cuestión tan fundamental. Yo personalmente la uso a menudo en la celebración del Novus Ordo.
Tras el Padrenuestro y el embolismo, que es una oración litúrgica insertada (del griego em-balein insertar/añadir), y que prolonga su última petición ("líbranos del mal") el sacerdote la recita pidiendo la liberación de todos los males, la paz y la protección ante el pecado, anticipando la segunda venida de Cristo. Comienza con "Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días...", y continúa pidiendo vivir libres de pecado y protegidos de toda perturbación, con la esperanza puesta en la venida de Cristo: desarrollando y profundizando la petición final del Padrenuestro. Y es ahora que adquiere sentido el rito de la paz que es antiquísimo en todas las liturgias cristianas. En la romana siempre tuvo un orden muy determinado y digno: el celebrante, y a modo de abrazo (osculum pacis-beso de la paz) en las misas solemnes la confería al diacono y este al subdiácono, que a la vez la extendía a los ministros menores. Estos, en las misas cantadas, la extendían a los fieles que la intercambiaban entre sí con ese singular abrazo. Ya en la Baja Edad Media fue suprimida entre los fieles por los abusos generalizados que se originaron. En España fue conservada tímidamente bajo el signo del portapaz, un adminículo de cierto valor artístico con grabados a modo de imágenes sagradas, que los acólitos acercaban a los fieles para ser besado, figurando así el osculum pacis mencionado. Con la reforma del 69, su utilización fue descartada, mudándose el rito al actual: estrechar la mano o un beso- abrazo a aquellos fieles que se encuentran más cercanos entre sí. El populismo y el mal gusto ha hecho degenerar habitualmente este gesto en las correspondientes migraciones de fieles muy cumplidos que, con sonrisita impostada van paseándose por el templo a “dar la paz” a discreción.
Acabado este momento se situarían las dos apologías que como oraciones privadas y en silencio, el sacerdote recita inclinado, preparándose a la comunión. En la reforma del 69 sólo una es obligatoria. Su elección es pues ad libitum (o una u otra) En la práctica son escasísimos los sacerdotes que la recitan.
Es ahora el momento de la “fracción del pan”, locución venerable que incluso en la remota antigüedad cristiana llegó a denominar el conjunto de la celebración eucarística antes de la posterior “misa” con que acabó cuajando la denominación del rito. Esa fracción (partición de la forma grande) va precedida de la fórmula Agnus Dei recitada tres veces: las dos primeras finalizan en “miserere nobis” y la tercera en “dona nobis pacem” sustituidas en las misas de difuntos hasta el 69, por el dona eis réquiem (dos) y dona eis réquiem sempiternam (la tercera y última). Es de destacar el cambio en las traducciones del misal del 69. Ya no es “peccata mundi” (los pecados del mundo) sino el pecado del mundo. Los más duchos en la materia traten de explicar el sentido teológico de esa mutación o qué les pasaba por la cabeza a los redactores del cambio. Hasta el misal del 69, la recitación iba acompañada de los tres golpes prescritos en el pecho. En la primera edición típica del misal desaparece; y reaparece en la tercera edición típica con una contradicción; “allí donde esa costumbre (golpes de pecho) se haya conservado, se puede continuar su uso. Lo mismo que en la percusión pectoral en el “Dómine, non sum dignus” antes de la comunión (que por cierto pasa de tres veces a una).
A este punto no quiero entrar en la forma de la comunión de los fieles. Despierta ampollas y es lógico. De la única posible antes del 69 (de rodillas y en la boca) se ha pasado en la realidad a un caos: de pie o de rodillas, en la boca o en la mano (nacida como un permiso para algunos lugares y generalizada à volonté). Tampoco quiero entrar en las formas adoptadas para la purificación de los vasos sagrados tras la comunión (en el altar o en la credencia y por qué ministros: celebrante, diacono, acólitos instituidos, al final de la celebración o ya trasladados a la sacristía tras la conclusión. Una marea de opciones que marea. La misa acaba con la bendición final, hasta el 69 precedida de la hermosa oración (Placeat tibi) en silencio y por el celebrante. Y ahora tantas veces con aplausos de los fieles del templo.
Evidentemente, ésta no es la Misa de la Iglesia, que con esas pintas ya no la reconoce la Madre que la dio a luz. Era tan sagrada, que justo para celebrarla, instituyó la Iglesia la sagrada ordenación sacerdotal. Pero se ha desacralizado a tal punto, que hasta la consagración se ha diluido. La música sacra con la que se resaltó la dignidad y la solemnidad de la misa, ha sido sustituida por músicas que pueden llevar cualquier nombre menos el de sacras. Ha sido sustituido el sacrificio por el ágape, y la reverencia por la animación de la asamblea del pueblo de Dios.
Y lo más grave, es que es tal el número de opcionalidades, que gran número de sacerdotes han entendido que en el Novus Ordo, la opcionalidad es un gran valor que estimula la originalidad del celebrante. Y por ese camino hemos llegado a normalizar todo tipo de originalidades en las celebraciones, en algunas de las cuales ya no se ve ni sombra de lo que fue la Santa Misa antes de la furia reformadora.
Mn. Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet



