Sin
estar especialmente documentado (he tomado como únicas referencias, los dogmas
de la Maternidad divina y de la Inmaculada), tengo la impresión de que no han
sido los teólogos los que se han empeñado en proclamaciones dogmáticas, sino el
pueblo fiel: que al no gustarle las medias tintas, ha tirado de los teólogos y
de los mandatarios de la Iglesia, para que éstos no sólo le diesen la máxima
seguridad en su fe, sino que además la afianzasen proclamando solemnemente que
quien osara llevarle la contraria al dogma, fuese anatema.
Se
me ocurren estas reflexiones pensando en la rara singularidad de la Semana
Santa en la Andalucía sojuzgada durante tantos siglos por el Islam, una Semana
Santa exuberante de fe católica (en oposición a la fe protestante): una fe que
tendría muy mal acomodo en el corpus dogmático de la Iglesia. Andalucía, con
sus peculiaridades tan genuinamente andaluzas. Pero pienso también en el resto
de España, incluida la austera Cataluña, con formas tan variadas, que prefiero
no nombrar; porque lo haría de memoria y me dejaría muchas. Y si me voy a
Google, ya no me quedaría espacio para acabar esta reflexión. Y quizá lo más
singular es que se trata de una Semana Santa intensamente ‘sentida’ como fe
(quizá residual) y sobre todo como patrimonio cultural de los respectivos
pueblos y regiones. En virtud de lo cual, cuenta con notable apoyo político, a
pesar de que luzca, esta cultura popular, una intensa marca religiosa: con la
que tan mal se llevan la mayoría de nuestros políticos.
He
de reconocer que siempre me han impresionado las formas de la Semana Santa
popular a las que he asistido, y aquellas otras de las que he tenido noticia e
imágenes a través de la televisión. Con una fuerza muy especial en la Semana
Santa hispánica (con impresionantes manifestaciones en todos los países que
cristianizó España). Pienso en el tremendo realismo pasional de Filipinas. Y
doy por supuesto que, si no tengo imágenes análogas de otros países, es porque
al no formar parte de la singularísima hispanidad no han dado lugar al
desarrollo de la Semana Santa al modo hispano. Entre otros motivos, por ser
protestantes.
Es
que, al hablar del singular “modo hispano”, pienso en la originalidad de las
saetas y los piropos que en la genial Andalucía le echan a la Virgen
(muchísimos más a ésta que al máximo protagonista de la Pasión, el Cristo).
Puro sentimiento popular. Y cuando alguien, mujer u hombre, se pone sesudo
cuestionando esos excesos de sentimientos respecto a la Madre Dolorosa, las
mujeres ya hechas, te responden categóricas: “hablan así porque no son madres”.
Las madres entienden perfectamente esa relación tan poco “racional” (especialmente
llamativa en Andalucía) entre los católicos y la Virgen María, cuyo primer
título hiperbólico (desde una teología pausada y desapasionada) es el de Madre
de Dios. En efecto, hay que explicar muy bien este gran dogma para que no se
malentienda.
¡Madre
del Amor Hermoso!, que decimos por aquí. Es una exclamación bien castiza y
habitual, incluso entre no creyentes: una invocación a la Virgen, que enamora.
Capaces seríamos de presionar al Santo Padre para que proclamase el dogma de la
Virgen María Madre del Amor Hermoso (el fundador del Opus estaba enamorado de
este título); pero no está el horno para bollos. ¡La que se ha liado con el
cuestionamiento por parte del Prefecto de la Doctrina de la Fe, de los títulos
de Medianera y Corredentora!
Es
evidente que la fe va muy por delante del dogma. En la Iglesia son muchísimos
más los carboneros, que los doctores; y por supuesto que es más recia la fe del
carbonero que la del doctor. De ahí que sean justamente los carboneros los que
aprietan a los doctores para que proclamen los dogmas. Eso ocurrió en Éfeso con
la Theótokos, eso ocurrió en España
con la Inmaculada, y algo parecido está ocurriendo hoy con María Medianera y
Corredentora. Si fuese por el pueblo fiel, ya tendríamos el dogma. Pero los
doctores tienen sus justificadísimas reticencias. Podrían entenderse mal: tan
mal como pueden entenderse los dogmas de la Maternidad Divina y de la
Inmaculada Concepción.
Por
eso, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe (tan reticente con las herejías
que tanto se prodigan a cuenta de la sinodalidad despatarrada en la que cada
uno dice y hace lo que le da la gana) ha dictaminado que mientras a esos
títulos de la Virgen no se les dé un carácter oficial y preciso para evitar que
induzcan a error, sólo podrán usarse en privado y a título devocional. Mientras
se haga así, decreta el Dicasterio, no hay inconveniente en su uso por parte de
los fieles. Entendido. Claro y transparente.
Evidentísimo.
No podemos declarar dogmático lo que cada uno diga de su madre. Pero tampoco
podemos condenar que cada hijo desee que declaremos dogma indiscutible lo que
él proclame de su madre. Estamos en esas. La fe (una virtud tan tan humana,
sigue unos caminos, y el dogma (infinitamente más ponderado), otros muy
distintos. Y el que confluyan en un mismo punto la fe y el dogma, es algo que
ha de mantener su carácter excepcional. La fe es espontánea, emotivista, y el
dogma no.
Para
muestra, el botón de la Semana Santa, con su variadísima profusión de muestras
de fe. Y para mayor prueba de la disonancia entre esa fe espontánea y la escasa
simpatía de los “doctores” (es decir, del clero) por esa fe, no hay más que ver
la pugna no siempre en sordina, de la Iglesia “oficial” contra las procesiones
más o menos folklóricas de la Semana Santa. La escasa presencia de clero en
esas procesiones es la prueba palpable.
Y
redondeando el argumento, nos informaba recientemente el amigo Oriol Trillas,
del recelo y repelús que les produce la fe del pueblo, la fe que no se sostiene
en dogmas, sino en impulsos y en sentimientos. a los obispos (en este caso, la
Conferencia episcopal en cuyo nombre habló el obispo de Solsona, monseñor
Francisco Conesa, presidente de la Comisión para la Doctrina de la Fe). Y
encima, va y titula su Nota doctrinal, “Cor
ad cor lóquitur”: el corazón habla al corazón. ¡Ey, que los corazones no se
entienden con dogmas, sino con corazonadas! Y arremete contra la fe
“emotivista”, poco menos que condenando las emociones como fuentes de una fe
espuria.
Sin
darse cuenta el pobre obispo, de que los valores más consistentes de la
humanidad, como son la maternidad vitalicia, llena de significado y
superabundante en emociones; la amistad, la fidelidad y la súper-genial paternidad,
que tampoco se sostendrían sin una buena carga emocional sustentada en la fe
previa a la religión; si no partiésemos de esas virtudes primigenias, bien
escaso sería el margen que les quedaría a los dogmas.
Es
que finalmente la fe, a unos se la sostiene la razón, y a otros el corazón. Sin
que sean más legítimas las razones de la razón (sintetizadas en los dogmas),
que las razones del corazón: del que mana una fe menos categórica, ciertamente,
pero también fe.
Virtelius Temerarius


