MISAS NEGRAS, MISAS GRISES

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Santa Madrona. En Poble Sec
 
Tengo debilidad por las hipérboles, lo admito. Esta vez fue mi amigo Mn. Joan quien me dijo que, efectivamente, se trataba de una hipérbole cuando le dije, a modo de provocación, que las neoliturgias de la Iglesia posconciliar son misas negras: un prudente “no exageres”, en respuesta a mi lacónico “misas negras las hacen ellos todos los domingos”. De hecho, las que se celebran los domingos en las nuevas iglesias, “nuevas iglesias” aunque tengan siglos de antigüedad por cómo las han dejado (pienso en las del Poble Sec, Santa Madrona y Virgen de Lourdes, del ex párroco Cabot), más que negras, son misas grises.

Pero debo decir, exageradamente, que son incluso más peligrosas porque solo difieren en la gradación del color y inducen a la condescendencia perezosa hacia la ilusión del mal menor, panacea de todos esos católicos que se han rendido al mundo y no se atreven a admitirlo: cuanto más disminuye el punto de negro, más se absorbe una misa de buen grado por esos buenos católicos que han reducido el cerebro a papilla y han entregado el alma al montón. De hecho, hay incluso quienes, cuando el blanco se presenta en un porcentaje considerable, se lanzan de lleno y, además, patrocinan el evento porque el gris de esas nuevas misas sería un gris conservador, cosa completamente diferente, dicen, al gris oscuro, casi negro, de una nueva misa como la celebrada por el cardenal Woelki en una barcaza de inmigrantes clandestinos el día de Corpus de 2016 en la plaza de la catedral de Colonia.
 
Cardenal Woelki (Corpus 2016)
 
Existen diferentes opiniones sobre la transición del gris progresista al gris católico-conservador, o incluso al gris católico-tradicional, que abarca desde el gris neocatecumenal (¡que hay que tener cánones!)hasta el gris del Opus Dei, pasando por el gris de  Comunión y la Liberación. Pero siempre permanece gris, es decir, tan blanco como se quiera mezclado con negro.
 
Ahora bien, quiero considerar, al menos como lección, el dicho de Mn. Joan: «no exageres», y coincido en que las misas grises se presentan de forma diferente a las misas negras celebradas por los satanistas, quienes siguen rituales fijos y precisos y persiguen claramente objetivos inversos para lograr la profanación del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Incluso coincido con la observación de que, en principio, los fieles de las misas grises ni siquiera consideran esta posibilidad.
 
Pero piensan tan poco en ello que no se dan cuenta de que están en la iglesia como en el circo, que van a comulgar con menos veneración que cuando hacen fila durante horas para el último iPad en el centro comercial, que agarran la hostia consagrada con manos a veces menos sucias que sus almas porque les han enseñado que el pecado, a diferencia de los microbios, no existe y es inútil confesarlo, que ni siquiera piensan en arrodillarse ante Nuestro Señor porque ya lo hacen toda la semana frente a Nuestra Señora Televisión, que no necesitan mejorar un poco porque ya se ven perfectos en Facebook e Instagram. Por otro lado, si quien decía ser el siervo de los siervos de Dios, el Papa Francisco, no se arrodillaba ante Nuestro Señor, ¿por qué deberían hacerlo simples siervos? Estrictamente hablando, esto también es profanación.
 
En este punto, todavía con exageración, me pregunto si lo más dañino para el pueblo, ese del canto “Somos un pueblo que camina “  de Emilio Vicente Mateu o del “Poble de Déu en marxa” de Xavi Morlans”,  es el acto consciente cometido en la oscuridad de una misa negra o el acto más o menos inconsciente cometido a plena luz del día durante una misa gris. Porque debemos reconocer que hay una gradación incluso en la inconsciencia, que fácilmente se desvanece en la plena conciencia de lo que uno hace, convencido de que es bueno. Es cierto que la enseñanza bergogliana, en la Segunda Carta a San Eugenio Scalfari, el Apóstol, ha dejado claro que cada uno debe ser libre de hacer lo que cree, y Nuestro Señor debe contentarse con lo que ofrece el consenso. Pero también debemos ser capaces de detenernos a un paso del abismo.
 
En este punto, sin embargo, aparece el buen conservador que, como vendedor concienzudo de la galardonada empresa Roma & Cia ofrece el gris claro, muy claro, casi blanco, de las misas a las que asiste, tan hermosas y solemnes, donde incluso se canta la "Salve Regina" en latín y, si se quiere comulgar de rodillas, nadie dice nada. Pero este es precisamente el punto delicado: una misa gris o casi blanca donde nadie dice nada si se quiere comulgar de rodillas es también una misa gris o casi blanca donde nadie dice nada si se quiere comulgar de pie. De hecho, para usar la muy dudosa, a mi entender, nomenclatura inventada por Benedicto XVI en "Summorum Pontificum", incluso en las misas grises o casi blancas, comulgar de pie es la práctica "ordinaria", mientras que comulgar de rodillas es la práctica "extraordinaria".
 

El problema no reside en la forma más o menos conservadora en que se celebra el rito, sino en el rito mismo. Más aún, reside en el rito y, si se quiere, en la mentalidad con la que se celebra. Y si un buen rito puede ser pervertido por una mala mentalidad, un mal rito no puede ser salvado por una buena mentalidad. Esto explica por qué las nuevas misas siempre serán nuevas misas, mientras que las antiguas misas del «Summorum Pontificum» pueden verse devastadas por la idea de que, salvo en la forma, lo nuevo y lo antiguo, lo «ordinario» y lo «extraordinario», son iguales, tal como lo concibe la mentalidad ratzingeriana. No es una opinión tan exagerada. En cualquier caso, uno se encuentra ante las consecuencias de un claro trastorno bipolar o un rechazo flagrante del principio de no contradicción aplicado a las cosas de Dios.
 
La liturgia no es una invención humana, sino el derecho del Señor a ser adorado como Él mismo lo ha establecido: y no es el optimismo de la voluntad lo que confiere origen divino a lo inventado por el hombre a su imagen y semejanza. A lo sumo, de esta manera, se escenifica una pantomima que no cura la herida y lleva al enfermo a creerse sano. Por eso, siempre exagerando, cuanto más tienden a la claridad, más peligrosas se vuelven las misas grises, pues se vuelven insidiosas, portadoras aparentemente sanas de profanación y, además, justifican, en principio y de hecho, misas grises oscuras. De este modo, se desencadena la maldita carrera hacia la oscuridad, a la que tiende todo lo que no proviene de Dios. Moraleja: con la hipérbole, quizás uno exagera, pero  no se equivoca.
 
Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet 

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