Este
año han coincidido la Cuaresma y el Ramadán. La mayoría de nuestros líderes
políticos, ni saben lo que es la Cuaresma. Pero han competido entre sí para ver
quién era más diligente y obsequioso felicitando a los líderes musulmanes por
la celebración del Ramadán. Todos ellos son conscientes del altísimo valor del
hecho religioso en la conducción-conducta de los pueblos. Pero he aquí la gran
paradoja: comprenden y cuidan el valor de lo religioso en el Islam, pero lo
desprecian y lo pisotean respecto al cristianismo.
La
dimensión religiosa de los pueblos es el gran amortiguador de la barbarie que
nos tienta a arrasar al contrario: sin contemplaciones. Pero he aquí que Jamenei
frenó, ¡por razones religiosas!, el programa destinado a desarrollar
armas nucleares. Tal y cual, por razones religiosas… ¡islámicas! Pero tiene
enfrente políticos sin conciencia y sin escrúpulos, que sueñan en el
poder de sus bombas atómicas. Son políticos sin religión y sin valores morales,
dispuestos a arrasar la moral musulmana, después de haber pisoteado y hecho
añicos la moral cristiana. Una moral de la que presumen los grandes
promotores de guerras en todo el mundo: los Estados Unidos. Que, tanto desde el
bando protestante como desde el bando católico, andan presumiendo de su
cristianismo. Y los respectivos líderes religiosos, bendiciendo sus guerras o
silenciándolas; o condenándolas con tanta moderación y mesura, que se les nota
que no las condenan de corazón.
Por eso, la agresión o asesinato de cualquier líder
religioso —sea cual sea su credo, su influencia o su papel político— constituye
uno de los actos más abyectos que puede cometer el ser humano. Sino por lo que
significa moralmentePorque
la dimensión religiosa es un gran bien de la humanidad, de toda la humanidad.
Por eso, atentar contra quien encarna una referencia espiritual para
millones de personas, no solo es un crimen contra una vida, sino un golpe
directo a la dignidad de una comunidad entera. La violencia contra la fe, venga
de donde venga, siempre degrada a quien la ejerce, sea quien sea.
En los últimos tiempos, el debate
sobre el respeto a lo sagrado ha vuelto a primer plano. La inauguración de
los Juegos Olímpicos de París generó una profunda controversia por la
utilización de imágenes y símbolos religiosos cristianos en un contexto que
muchos creyentes consideraron blasfemo y ofensivo. En medio de la polémica,
algunas voces inesperadas —como las de Recep Tayyip Erdogan o del propio
ayatolá Jamenei— expresaron públicamente su rechazo a lo que
percibieron como una burla hacia Jesucristo (el mayor profeta del Islam
después de Mahoma) y María Santísima, a la que los musulmanes reconocen
su virginidad. Resultó llamativo que, mientras dos líderes musulmanes alzaban
la voz en defensa de figuras centrales del cristianismo, buena parte de la
jerarquía católica optara por el silencio o por declaraciones tibias o
merengosas. Fue precisamente Jamenei el que recordó que lo sagrado merece
respeto, incluso más allá de las fronteras de la propia fe.
Este contraste invita a una
reflexión incómoda pero necesaria. ¿Cómo es posible que quienes no profesan la
fe cristiana se muestren más firmes en la defensa de sus símbolos, que aquellos
que deberían ser sus guardianes naturales? ¿Qué explica esta renuncia a la
valentía moral en un momento en que la fe es objeto de burla pública?
La defensa de lo sagrado no debería
depender de afinidades políticas ni de conveniencias diplomáticas. Tampoco
debería ser monopolio de una religión concreta. Cuando un líder religioso —sea
un papa, un patriarca, un rabino o un ayatolá— denuncia una ofensa contra lo
trascendente, está recordando que existen límites que una sociedad
verdaderamente plural debe respetar. Y cuando se atenta contra uno de
ellos, se cruza una línea que degrada a todos.
Por eso, cualquier ataque contra
una figura religiosa debe ser condenado sin matices. No hay causa,
ideología o resentimiento que justifique un acto tan vil. La violencia contra
lo espiritual es siempre un síntoma de decadencia moral, y la indiferencia ante
ella, una forma de complicidad.
La confirmación oficial de la
muerte del ayatolá Alí Jameneí en los bombardeos de Estados Unidos e Israel
sobre Teherán, ha sacudido al mundo. No solo por la magnitud geopolítica del
hecho, sino por lo que significa moralmente: asesinar a un líder religioso
es uno de los actos más canallas y abyectos que pueden cometerse. No hay
causa, estrategia militar ni cálculo político que pueda justificar un crimen
que hiere a millones de creyentes y degrada la dignidad humana en su raíz.
La muerte violenta de Jameneí —un
hombre cuya figura política podrá ser discutida, pero cuya condición de líder
religioso es indiscutible— obliga a mirar de frente esta contradicción. Porque
quien defiende lo sagrado (iglesia, mezquita, sinagoga o mausoleo), aunque no
sea de su propia tradición, está defendiendo algo que pertenece a todos: la
dignidad de lo trascendente, el derecho de los pueblos a que su fe no sea
humillada, la convicción de que hay límites que ninguna sociedad debería
cruzar.
Y quien calla ante la blasfemia, pero se escandaliza solo cuando la
violencia toca a los suyos, demuestra que su brújula moral no apunta al
cielo, sino a la conveniencia.
Hoy, mientras millones de iraníes y
de chiitas lloran a su líder espiritual y el mundo contiene la respiración ante
la escalada bélica, conviene recordar una verdad sencilla: la violencia
contra un líder religioso es siempre una derrota de la humanidad entera. Y
el silencio ante la profanación de lo sagrado, venga de donde venga, es una
forma de complicidad o, al menos, de connivencia con el mal. Simple cuestión de sensibilidad y de
sentido común.
Y luego el Fiscal del odio,
tan ajeno al más elemental sentido común, dirá que el islamófobo soy yo.
Los
ministros de la religión, de cualquier religión, en esta época sin valores,
tenemos claro que, para el mundo, todas las religiones son iguales. Para el
mundo no hay matices: la religión les estorba. Eso no quita que los
ministros de cada religión nos distingamos claramente. Pero en el mundo plural
en que vivimos, el respeto entre nosotros, a pesar de todas las
discrepancias, es un deber ineludible.
Custodio
Ballester Bielsa, Pbro.
www.sacerdotesporlavida. info



Cómo sabes que Jamenei no quería fabricar la bomba atómica? Líder religioso, sí, pero también político.
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