Hay amistades que marcan tu vida para siempre. Javier Sartorius fue una de esas personas raras, extraordinarias, que llegan a tu camino y lo transforman todo. No porque te lo proponga, sino simplemente porque existe, porque vive de una manera tan coherente, tan radiante, que te obliga a cuestionarte quién eres realmente.
Conocer a Javier fue descubrir que la santidad no es un concepto abstracto, reservado para los santos de los vitrales. Es algo vivo, palpable, contagioso. Fue verla encarnada en un joven que jugaba al tenis con pasión, que reía con el alma, que servía a los pobres con la naturalidad de quien respira. Esa fue mi primera lección: la santidad es alegría, y la alegría es el signo más cierto de la presencia de Dios.
Los Beneficios de la Amistad
Durante los años que compartimos, Javier me regaló algo que no se puede comprar: la certeza de que una vida entregada a Dios es posible, incluso en el mundo moderno. Cada encuentro con él era como beber agua fresca en el desierto. Su serenidad ante las dificultades, su capacidad de ver a Cristo en cada rostro, su manera de transformar lo ordinario en extraordinario, todo ello se filtraba en mí, lentamente, como una gracia silenciosa.
Me enseñó que la verdadera riqueza no está en lo que posees, sino en lo que das. Que la libertad no consiste en hacer lo que quieres, sino en querer lo que debes. Que la fe no es un refugio para los débiles, sino la fortaleza de los valientes. Estas no eran lecciones que predicara; eran lecciones que vivía. Y eso es infinitamente más poderoso.
Javier con los más pobres en Perú
La amistad con Javier me sanó de muchas heridas. Me mostró que es posible perdonar sin rencor, amar sin esperar recompensa, servir sin buscar reconocimiento. En un mundo obsesionado con el éxito y la visibilidad, Javier era un profeta silencioso que nos recordaba que lo que importa es lo invisible: la pureza del corazón, la integridad de la vida, la fidelidad a Dios en lo pequeño.
Un testimonio de santidad
Cuando Javier murió, pensé que algo se había extinguido. Pero luego comprendí que su muerte fue el acto final de su vida coherente. Murió como vivió: entregado, en paz, con la certeza de que su vida había tenido sentido. Y esa muerte, lejos de ser un final, fue un comienzo. Porque su testimonio no murió con él; se multiplicó.
Hoy, viendo cómo más de 30.000 personas han experimentado su historia en los cines, y cientos de miles a través de Movistar+, comprendo que Javier sigue vivo en el corazón de quienes lo conocen a través de "Solo Javier". El documental no es una película sobre un santo lejano; es un espejo en el que cada espectador puede verse reflejado, un llamado a la conversión, una invitación a la santidad.
Javier y un servidor
Un mensaje para todos
Lo que me impresiona profundamente es que el impacto de Javier no se limita a los creyentes. Personas de todas las creencias, agnósticos, ateos incluso, salen de las proyecciones de "Solo Javier" transformadas. Porque la vida de Javier habla un lenguaje universal: el lenguaje del amor auténtico, de la coherencia, de la entrega sin cálculo.
Su testimonio demuestra que la santidad no es cosa de unos pocos elegidos, sino una vocación posible para todos. Que cada uno de nosotros, en nuestro lugar, con nuestras circunstancias, podemos vivir de manera que nuestras vidas sean un evangelio vivo. Que la alegría verdadera no viene de la riqueza o el poder, sino de saberse amado por Dios y de amar a los demás sin medida.
La herencia continúa
Ahora, como presidente de la Asociación Javier Sartorius, tengo la responsabilidad y el honor de mantener viva su memoria, de difundir su mensaje, de acompañar a aquellos que, como yo, han sido tocados por su vida. Porque Javier nos dejó una herencia: la certeza de que la santidad es posible, que la fe es liberadora, que una vida entregada es la vida más plena.
Cada vez que veo a alguien salir de una proyección de "Solo Javier" con los ojos brillantes, con el corazón abierto, con la determinación de vivir mejor, siento que Javier sigue cumpliendo su misión. Sigue transformando vidas. Sigue siendo, para todos nosotros, un testigo de que Dios existe, que nos ama, y que nos llama a la santidad.
Esa fue mi amistad con Javier. Y ese es su legado para el mundo.
Jordi Bosch Codina




