TESTIGOS DE LA FE Y DEL DESCONCIERTO

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Plaza España de Calanda
 
En la plaza mayor de Calanda, donde el viento arrastra más chismes que hojas, se encontraron aquella tarde el tío Caldú, Aurelio y este Cojo. Los tres, sentados en el banco de piedra que ya tenía más historias que grietas, contemplábamos, arrimados al sol que más calienta, el ir y venir de aquellas buenas gentes, mientras rumiábamos las últimas noticias que provenían de la vecina Cataluña, que nunca decepciona en materia de extravagancias. Las de Cataluña y las del mundo mundial, que aunque no lo parezca, cabe enterico en Calanda y en los humildes caletres de estos nobles calandinos.
 
 —¿Habéis oído lo de las casas parroquiales? —preguntó el Aurelio, que siempre es el primero en dar novedades—. Los obispos catalanes han decidido que las parroquias cedan las viviendas de los curas a la Generalidad para convertirlas en pisos sociales a coste cero.
 
 —¿Y qué pasa con los curas entonces? — terció el tío Caldú, fumando su medio caliqueño con una mano y encasquillándose la boina con la otra—. ¿Dónde van a vivir?
 
 —Dicen sus jefes que da igual —respondió el Aurelio—. Que los sacerdotes, cada vez menos, pueden vivir en cualquier sitio. Que si hace falta, en un trastero.

 
Rectorías de parroquias, pueden acabar como viviendas sociales

Este pobre cojico soltó una sonora carcajada que resonó por toda la plaza.

—¡Pues claro que sí! —exclamé—. Si total, el cura sólo necesita un colchón, una silla y un sitio donde poner la sotana, si la tiene. Y si no cabe la sotana, que la cuelgue en el campanario. ¡Problema resuelto!
 
—Pero si muchas de esas casas parroquiales ni siquiera tienen cédula de habitabilidad —protestó el tío Caldú—. ¡Que yo he visto establos mejor ventilados! Aunque dicen que para alojar a los menesterosos, las acondicionarán como manda la ley.
 
—Bah —repuse yo—. El obispado tiene una teoría muy moderna: “Si el cura respira, ya es suficiente”. Y si no respira, pues mira, una preocupación menos. Ya colocaremos un laico remunerado para dar la comunión a las beatas que queden, porque al final es eso, ¿no?
 
Los tres reímos la triste gracieta, aunque con ese humor agrio que nace cuando uno sabe que la broma se ajusta demasiado a la realidad.
 
—¡Pero si eso no es nada! —continuó Aurelio—. ¿Sabéis lo último del papa León?
 
Y este Cojo levantó una ceja:
 
—¿Qué ha hecho ahora el buen hombre?
 
—Pues que ha ascendido a un obispo italiano que, dicen, inauguró en Terni la sección local de la Gran Logia de Oriente.
 
El tío Caldú abrió los ojos como platos. Siempre les ha tenido mucha manía a esos gachós desde joven…
 
—¿Una logia? ¿De esas con mandiles y compases?
 
—De esas mismas —asintió Aurelio—. Pero el Prelado, un italiano vero, dice que no pasa nada, que era un acto cultural.

 Nombrado arzobispo de Sassari, Francesco Soddu, el que inauguró una Logia masónica
 
Este Cojo se echó hacia atrás, golpeando con furia su gayata contra el suelo.
 
—¡Claro, maño! —exclamé con aragonesa furia—. ¿Qué hay más cultural que inaugurar una logia? Es como cortar la cinta de una biblioteca… pero con menos libros y más simbolismo.
 
—Y más secretos —añadió el tío Caldú.
 
—Y más raros apretones de mano -rematé con cierta náusea.
 
Entonces el Aurelio, exhalando el humo del caliqueño por sus grandes narices, exclamó:
 
—Pues si eso os sorprende, esperad a oír lo del gobierno chino y “los otros”.
 
Y este Cojo suspiró:
 
—A ver, sorpréndeme.
 
—Resulta -siguió el Aurelio- que Tucho bésame mucho amenaza con la excomunión a los tradicionalistas de Lefevre, “los otros”, si ordenan obispos sin mandato pontificio. Sin embargo, a China le deja nombrar obispos a su rojo antojo. Y la Santa Sede los acepta sin rechistar. Creedme, la Iglesia está llena de bomberos pirómanos, que encima no paran de pisarse la manguera unos a otros. ¡Menudo bombero el Tucho!
 
"Tucho" Fernández, el gran obstáculo en las negociaciones con la FSSPX
 
El tío Caldú se quedó pensativo mientras apuraba su inacabable y rústico caliqueño, pero arrancó:
 
—O sea, que si lo hace un grupo pequeño, y encima de “los otros”, es un escándalo y un cisma. Pero si lo hace un imperio económico mundial, es diplomacia.
 
—Exacto —dijo Aurelio.
 
Este Cojo se rascaba nerviosamente la barbilla al tiempo que exclamó:
 
—Pues mira, eso me recuerda cuando yo jugaba sin parar al guiñote. Si hacía trampas, me echaban de la partida. Pero si las hacía el alcalde, decían que era “interpretación flexible del reglamento”.
 
Los tres asentimos. En la colina vaticana las reglas siempre son elásticas: por supuesto, para todos todos todos. Pero si no formas parte de esos todísimos, te espera el paso del desierto de dicasterio en dicasterio, a ver si les resuelves el problema muriéndote.
 
—Y mientras tanto —continuó Aurelio—, el mundo entero está encima de un barril de pólvora: Irán, Ucrania…  pero el león no ruge lo más mínimo.
 
—Normal —dijo este cojico—. Hablar de guerras es muy incómodo. Mucho mejor hablar de flores, de sonrisas y de lo bien que queda uno en las fotos.
 
—¡Pero sí ha hablado de otra cosa! —añadió el tío Caldú—. Irá a las Islas Canarias a apoyar la política migratoria del Filántropo Soros.
 
 
Me llevé entonces la mano a la frente:
 
—¡Ah, el Filántropo Misterioso! Ese hombre que aparece en todas partes y en ninguna. Casi como el fantasma de la ópera, pero con muchísimo más dinero.
 
—Y mientras tanto —añadió el Aurelio—, silencio absoluto sobre la expansión del homosexualismo clerical, el aborto entronizado como derecho constitucional y la eutanasia.
 
Este Cojo suspiró profundamente:
 
-Es que esas cosas no quedan bien en los discursos. No son fotogénicas. Y ya sabes: si no queda bien en la foto, no sale en la foto, no existe.
 
Los tres nos quedamos un momento en silencio, mirando cómo el sol se escondía detrás de los tejados de la ilustre villa de Calanda.
 
—¿Sabéis qué os digo? —manifestó finalmente este Cojo—. Que han convertido a la Iglesia en una especie de comedia de enredo. Todos corren, todos gritan, todos se contradicen… y al final nadie sabe quién manda ni por qué.
 
—¿Y nosotros qué hacemos? —preguntó el tío Caldú.
 
Este cojico sonrió:
 
—Pues lo de siempre: sentarnos en este banco, observar el espectáculo y contarlo con humor. Porque si no nos reímos, nos acabamos.
 
Aurelio asintió tristemente:
 
—Y mientras tanto, que Dios nos pille confesados.
 
—O al menos —agregué—, que nos pille con buena compañía. Y es que, al final, queridos amigos, sólo nos salvará la fe de nuestros padres, de la que tan alto hablan nuestras iglesias y nuestra ermita. Esa fe que a malas penas sostenemos sólo los que nacimos en ella. Lo demás… está claro que no es más que un decorado.
 
Y así, entre risas y cristiana resignación, los tres amigos seguimos charlando mientras la noche fría caía sobre Calanda, un pueblo pequeño en un mundo muy grande donde, a veces, los más locos sueños se parecen demasiado a la realidad.
 
El Cojo de Calanda

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