Aunque el arzobispado de Madrid se ha molestado por la filtración de la agenda inicial del viaje de León XIV a España, publicada por el digital La Iberia, parece que los días escogidos serían del 6 al 12 de junio próximo. En Madrid se aprovecharía el domingo de la solemnidad de Corpus Christi, que este año cae el 7 de junio y en Barcelona la conmemoración del centenario del fallecimiento de Gaudí, que se correspondería con el miércoles 10 de junio. La visita a Canarias, según este medio, se produciría al final del periplo. En todo caso, como por otra parte es natural, la mayor parte de la visita se centraría en Madrid.
Si lo comparamos con el viaje de Benedicto XVI en 2010, en aquella ocasión el Papa pasó apenas dos días en España, con escalas en Santiago de Compostela y Barcelona, donde consagró el templo de Gaudí. En nuestra ciudad, su presencia se desarrolló de espaldas a los fieles: el acceso quedó restringido a un número muy limitado de personas por parroquia (15 o 20 entradas concedidas a cada comunidad) y el único acto alternativo, la visita al centro benéfico-social Nen Déu, se realizó en estricto petit comité.
Cierto es que el viaje lo organizó el cardenal Martínez Sistach, cuya única obsesión era la inauguración del templo gaudiniano y la obtención del rédito que el indudable eco mediático de la dedicación papal iba a reportar en el incremento de visitas turísticas a la Sagrada Familia. Tan obsesionado estaba el anterior cardenal barcelonés en la promoción de la obra que, durante su mandato, la basílica funcionó esencialmente como icono arquitectónico y turístico, sin una vida litúrgica ordinaria, situación que solo empezó a corregirse con la llegada del cardenal Omella. Aquella visita dejó así un precedente inequívoco: un Papa presente en Barcelona, pero prácticamente ausente para sus fieles.
De ser cierta la filtración, el Papa se daría un auténtico baño de multitudes en Madrid, con una vigilia de jóvenes en el estadio Santiago Bernabéu y la celebración del Corpus, obviamente en un amplio espacio al aire libre, con procesión incluida. Es decir, una Iglesia que convoca, que no teme las multitudes y que se reconoce en su juventud. Por ello, limitar de nuevo su estancia en Barcelona a espaldas de la población traería consigo el riesgo de volver a aparecer como una iglesia demasiado contenida, más preocupada por el control que por el encuentro. La comparación con Madrid sería inevitable y no la establecerían los medios, sino los propios fieles. Paradójicamente, en Cataluña, donde también existe hoy una juventud católica viva y organizada, el peligro no sería la falta de respuesta, sino la falta de convocatoria.
En Madrid se movilizaría a toda esa juventud católica que acaba de poner el cartel de “no hay billetes” en los eventos de Hakuna, Llamados y El Despertar. Eventos a los que se han unido un buen número de jóvenes catalanes que, a nada que se les cuide, querrían contribuir a realzar la presencia de León XIV en su región. Especialmente si, además, como aparece en la filtración, el Papa acude a Montserrat. Entonces, solo cabría rezar para que no lloviese, como ocurrió con el accidentado viaje de Juan Pablo II en 1982.
Estos fenómenos juveniles también están adquiriendo una importante preponderancia en nuestra tierra. No son fenómenos marginales, sino comunidades con acompañamiento y propuestas claras. Como dicen ellos: lo están petando, especialmente con Emaús y Effettá. Hasta el punto de que incluso la renovada CataluñaReligió se hace eco de los mismos, circunstancia impensable hasta hace poco tiempo, y desde luego en el 2010 de Benedicto XVI. Recuérdese que la organización de aquella visita se encomendó al jesuita Enric Puig, entonces secretario general de la Fundación Escola Cristiana.
Mucho ha cambiado Cataluña en estos quince años y aunque el padre Puig sigue pululando en organismos diocesanos (confesor en el Seminario), a nadie en su sano juicio se le ocurriría confiar la organización de la visita del Papa a unos colegios religiosos carentes no solo de vocaciones, sino de alumnos que sigan un mínimo recorrido cultual y sacramental.
El cardenal Omella conoce perfectamente donde se hallan esos jóvenes que aportarían una presencia viva y entusiasta al recibimiento del Santo Padre. Los tiene -son solo ejemplos- en las parroquias de Santa Inés, Santa Teresita o San Sebastián de Pomar También en las comunidades neo-catecumenales que, de forma más destacada, se albergan en las parroquias de Santa Joaquina Vedruna y Santas Juliana y Semproniana. Los hallará también en la importante comunidad latinoamericana, que recibirá con los brazos abiertos a un pontífice que procede de Perú. O en la periferia barcelonesa del barrio de la Florida en Hospitalet o el del Fondo en Santa Coloma.
La Sagrada Familia no necesita al Papa para llenarse. Los católicos de Barcelona sí que necesitan que el Papa se acerque a ellos. Confundir una vez más Iglesia con escaparate sería reincidir en el error de 2010, cuando se privilegió la imagen sobre el encuentro y la institución sobre el pueblo. Si el Papa viene a Barcelona, que no lo haga para el mármol, sino para la carne viva de su Iglesia.
Oriol Trillas



¿El Papa se va a ausentar del Corpus de Roma? ¡Qué extraño!
ResponderEliminarPor cierto, la gran mayoría de los jóvenes neocatecumenales son hijos de las familias del Camino. Los kikos atraen a pocos jóvenes de fuera.