domingo, 8 de septiembre de 2019

Regreso a mi primera parroquia tras larga ausencia

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Vista de la pedanía de Ceppagna en el municipio de Venafro (prov. de Isernia)
Después de 27 años de mi partida de Isernia, la diócesis en la que fui ordenado sacerdote hace 30 años, este verano regresé a ella. Aunque en este largo espacio de tiempo he vuelto a Italia muchas veces, nunca quise regresar a aquella que fue mi primera parroquia, la del Santísimo Rosario en Ceppagna y Vallecupa, dos pedanías del municipio de Venafro en la provincia de Isernia (Molise). Al inicio, una norma de prudencia me aconsejaba no volver en los primeros años después de la partida; posteriormente te viene a la cabeza el pensamiento de no volver a aquellos lugares donde en la juventud fuiste feliz, pues como afirmaba Vilallonga en su novela “Bearn”, “no hay más paraísos que los perdidos”; pensamiento repetido por Borges en “Los conjurados”. Y es que como podéis intuir, aquellos cuatro primeros años de sacerdocio fueron para mí muy felices, cumpliéndose la profecía del que fuera mi obispo Mons. Ettore di Filippo: Ceppagna será como una primera novia que nunca se olvida. O´primo amore nun se po´scurdà! 

Muchos os preguntareis cómo pudo dejar tanta impronta en mí una parroquia rural que a lo sumo reunía un millar de personas. La razón es el carácter peculiar no sólo de las gentes, sino del momento del todo especial en que en aquel mes de enero del 89 llegué a ella.

La diócesis de Isernia-Venafro había sufrido las consecuencias del llamado terremoto de San Donato un 7 de mayo del 84 al poco tiempo de la llegada del nuevo obispo. Faltaron muchas cosas para la población civil en aquellos primeros años después del seísmo. El Seminario Menor, la Catedral y la Con-catedral clausuradas, así como numerosísimas iglesias de la diócesis. Un clero envejecido y la necesidad de sacerdotes jóvenes y más dinámicos para la reconstrucción material, anímica y espiritual del territorio, impelieron a don Ettore a buscar recursos fuera de Isernia. Fuimos dos los seminaristas estudiantes en Roma que acudimos a esta población devastada para cumplir esa misión: un ítalo-americano, Francis Tiso, y un servidor, que para evitar confusiones pasamos a llamarnos don Francesco en el caso de Tiso, y don Franco en mi caso. Graciosos caprichos del destino.
Mons. Ettore di Filippo junto al Papa Juan Pablo II(izquierda) Don Fernando Cogo (derecha)
 En los primeros meses de mi llegada, en aquel otoño de 1987,  acabando el último curso del bachillerato teológico en el Angelicum (Pontificia Universidad Santo Tomas) empecé a bajar cada fin de semana a Isernia: un trayecto de 180 km. Residía en el “Episcopio”, la Residencia Episcopal, junto con el obispo y don Gabriele Prisco, Canciller de la Curia. Recayó sobre mí la responsabilidad de dos grupos de jóvenes de la capital huérfanos de consiliario: el de la FUCI (universitarios de la Acción Católica) y jóvenes celinos de “C & L”, los hijos de don Giussani y un grupo de jóvenes de la cercana población de Colli al Volturno. Con mi primer coche, un viejo Seat 127,  que ya arrastraba miles de kilómetros, ya me veis arriba y abajo cargado de ilusiones y entusiasmo por aquellas tierras centro-meridionales.

En 1988 fui ordenado diácono y don Ettore me nombró vicerrector del Seminario Menor, tarea que ejercí ayudando al rector don Fernando Cogo, convaleciente de una afección cardiaca. A los pocos meses se unió a esa responsabilidad la de párroco de Ceppagna-Vallecupa. Mi llegada a la parroquia estuvo precedida de fuertes tensiones en las mencionadas pedanías venafranas. El párroco precedente había sublevado los ánimos de la feligresía y, como vulgarmente decimos, “había salido por patas”. Mons. di Filippo no pudo proveerles de párroco hasta mi ordenación sacerdotal el 1 de enero del 89. Mi entrada a mediados de mes, tras celebrar mi primera misa en Barcelona, fue muy peculiar. La feligresía estaba presa del resentimiento y la desconfianza hacia el obispo y hacia el párroco que viniese, fuese yo o quien fuese. Por primera vez en el recuerdo de los lugareños, el pueblo no salió a recibir al obispo y al nuevo párroco a la entrada de la población. Primera estación: Me quedé sin banda de música. Bajando a la plaza de la iglesia, un silencio atronador fue nuestro único recibimiento, junto a miradas de soslayo. Pero don Ettore, que tenía muchos tiros dados, y yo que ya empezaba a tener unos cuantos, pasamos entre el personal saludando cortésmente. Segunda estación: Al llegar a la iglesia, otro silencio de echar “pa´trás” y una imagen que nunca olvidaré: a la izquierda sentadas las mujeres y los niños, buena parte vestidas de luto, y los varones a la derecha, la mayoría con el sombrero entre las manos. Me parecía contemplar una escena de cualquier película del realismo negro italiano de los años 50.
Tras la misa y la toma de posesión, y saliendo ya del templo, el obispo se despidió de mí  con un fuerte y paternal abrazo y un muy directo “Coraggio, Francisco”. Y allí me quedé unos minutos sin saber mucho qué hacer; hasta que con uno de esos prontos que me caracterizan, y a voz en grito, espeté: “Todo el que quiera beber algo, está invitado al bar”. Los habitantes a quienes las malas lenguas tildan como “ubbriaconi, faccia stuorta e mariuoli” (borrachos, cara torcida y ladrones) sucumbieron pronto a la tentadora invitación. Allí empezó mi verdadera misión y reto pastoral. Ponérmelos en el bolsillo. Aunque de entrada me costase unas buenas liras. Soy catalán, pero no tanto ni tonto. 

No hubo pasado un día y comencé a sacar adelante uno de los encargos que me encomendó el obispo: acondicionar la iglesia después del terremoto (la misa se celebraba en un local acondicionado). Contacté con el único constructor del pueblo, Daniele di Meo, y le encomendé la tarea. Procedí al revés de lo usual. No esperé a reunir el dinero y comenzar las obras, sino  que empecé las obras sin tener una lira, siguiendo el consejo de don Ettore: “Acumula deudas, que así la gente rezará para que no te mueras y las puedas pagar”. Dicho y hecho. En apenas pocos meses la iglesia quedó restaurada y se abrió al culto. La feligresía, admirada por la rapidez y belleza de la restauración (el templo es de principios del siglo XVIII), no dudó en colaborar económicamente para pagar al constructor lo debido por lo realizado. 

Todo eso sin menoscabo de la atención espiritual de la parroquia (celebraba misa diariamente en el pueblo, reorganicé la catequesis parroquial, atendí la administración sacramental y el apostolado con los ancianos y la juventud. En una palabra: hice de cura y con mucho entusiasmo. 

Algo que inesperadamente jugó a mi favor, quizás entonces sin saberlo, es que en pocos meses, a fuerza de poner bien la oreja y tomar apuntes de todo lo que escuchaba y su significado, ya estaba hablando en dialecto. Cosa insólita para la población, pues tenían una baja autoestima de su forma de hablar, considerada por las instancias públicas algo de “pastores y gente iletrada”. Cuando en cambio su dialecto es considerado hoy por los filólogos más prestigiosos, una de las formas más arcaizantes y hermosas de la lengua napolitana. “Un español que habla como nosotros”, comentaban asombrados a menudo. Pero dejo ahora estas cuestiones tan particulares que sin duda merecerán todo un capítulo aparte en la publicación de mis memorias que bajo el titulo “Un cura de herradura” estoy ya confeccionando. Por si acaso tengo un traspié y el Señor me llama a su presencia.
Y sin comerlo ni beberlo, pasaron así cuatro años. Hasta que en septiembre del 92 regresé a Barcelona, no sin una fiesta de despedida sonada y por todo lo alto. No se preocupen mis lectores por la volatilidad de la memoria, pues el recuerdo de las mejores vivencias y anécdotas, tanto divertidas como tristes de aquellos inicios de ministerio, lo conservo nítido y presente como si fuese ayer y quedarán plasmados en mi autobiografía. 

Y así llegamos a este mes de julio. Yo había hecho saber a don Francesco Ferro, el actual párroco y a don Gianluigi Petti, amigo sacerdote hoy párroco en Venafro, que lo fue de Ceppagna durante algún tiempo después de mi traslado, mi intención de visitar la parroquia y encontrarme con algunos feligreses de los que conservaba un muy grato recuerdo. 

Siendo así, el jueves 18 de julio me acerqué al pueblo, conduciendo mi vehículo lentamente, tratando de reconocer los rincones de una población recorrida a pie infinidad de veces, fuese de visita, bendiciendo las casas en Pascua o en el levantamiento del cadáver en un funeral.  Mi intención era ésta: celebrar misa votiva de la Virgen del Rosario en el muy querido templo que fue meta de mis primeros desvelos sacerdotales y saludar a quien me reconociese o yo reconociese. Un jueves laborable a las 12 del mediodía. Una pancarta en la carretera de acceso al núcleo habitado ya no hacía  presagiar nada medianamente discreto. “Bentornato don Franco Espinar”.
Abrazos y saludos también a la salida del templo después de la celebración.
Al acercarme a la plaza principal, un gentío llenaba los laterales de la carretera, y tanto la plaza como la iglesia estaban llenas a rebosar de antiguos feligreses que desde mi descenso del vehículo no pararon de abrazarme y besarme, emocionados tanto ellos como yo, del reencuentro después de tantísimos años. 

Lo que me resultó muy curioso es que, junto a los conocidos había personas jóvenes que por la edad no coincidieron aquellos años conmigo. Sólo habían oído hablar de mí. ¡Grandes obras hace el Señor! 

C:\Users\usuario\Desktop\IMG-20190718-WA0004.jpgConcelebraron conmigo el actual párroco, don Francesco Ferro, el factótum del recibimiento, acompañado de mi muy querido amigo don Gianluigi Petti. Unas emocionadas palabras de Lina Iannacone, apenas una adolescente en aquellos años, fueron el pórtico de una celebración acompañada del coro parroquial que tanto interpretó el Himno a la Virgen del Rosario como canto de entrada y como despedida. Es un himno que yo compuse en aquellos años, a partir de una adaptación del himno rosariero de la homónima cofradía de Villarreal de los Infantes en Castellón. Detalle que fue el de los más emotivos del reencuentro. 

Acababa la celebración, la feligresía organizó un aperitivo en el mismo bar en que hacía 31 años yo les invitaba a un vaso de vino al llegar al pueblo. Como si cerrasen una antigua deuda. Unos pasos improvisados de la  Saltarella, la danza típica que ayudé a recuperar del olvido, fueron el colofón. Un acordeón diatónico típico (organetto duebotte) nos acompañó.

Huelga decir que para cualquier persona, más si cabe para un sacerdote, un homenaje de gratitud a la par tan simple como salido del corazón, de las buenas gentes de la que fue su primera feligresía, contribuye a sostenerle humanamente en su ministerio y en las duras pruebas que nunca faltan en su apostolado. Un agradecimiento al Señor y a su Santísima Madre, a los sacerdotes amigos de Isernia y a todo el pueblo fiel de Ceppagna, siempre tan querido y recordado por mí. 


Mn. Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet
(que lo fue de Ceppagna y Vallecupa)

9 comentarios:

  1. Como dice el sacerdote del vídeo, qué hermosos recordare insieme aquellos años felices, para usted y para sus feligreses. Por cierto, ¿se pagó la reconstrucción del templo? Es una maldad, carissimo Don Franco

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  2. Goyo
    Mn. Francesc, quiero felicitarlo por el recibimiento que le hicieron en la población de Cepagna. Demuestra su buen hacer como sacerdote y el aprecio que le tenían, y le siguen teniendo, después de treinta y un años de su regreso a Barcelona. También quiero elogiar a esos feligreses que convivieron los cuatro años con Vd. Hoy día, desgraciadamente, se ha perdido bastante el aprecio hacia los sacerdotes que se entregan en cuerpo y alma al servicio de su misión. Y ciertamente aún hay bastantes que siguen sintiendo la llamada de Dios Padre que les encomienda pastorear su rebaño. Que María Auxiliadora le siga ayudando en su misión y en ser un ejemplo a seguir.

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    1. Felicidades, Mn. Francesc, ha gozado de un privilegio, el vivir con alegría el inicio del sacerdocio. Es una gracia.

      Pero preparémonos para la mayor crisis de la Iglesia por culpa de las desacertadas decisiones de este Papado, entre ellas, los desafortunados sínodos de Amazonas y Alemania. Poquísimos años quedan ya...

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  3. Usted lo que es, mosén Francesc, es un cacho pan. Déjeme decirle eso mientras releo su declaración de principios y reflexiono sobre ellos.

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    1. Un gran Sacerdote de CRISTO es usted Mossèn Francesc.Germinante,como DIOS MANDA. No como otros, Mitrad@s inclusive.SIGA ASÍ!!!

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  4. Le felicito, Mn. Espinar, por tener historias tan bonitas por explicar.
    Un merecido homenaje a un cura como los de antes.

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  5. Grande. Grande. Grande. Dios le siga bendiciendo y suscite pastores como usted. Solo Dios basta.

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  6. DIGNUS EST OPERARIUS MERCEDE SUA

    Como dice el Evangelio, el operario es digno de su retribución. Aunque ésta sea sólo moral. ¡Pero qué gran retribución! Me he emocionado al leer su relato, mossén. La gentees buena, y usted dio con ella. Porque también usted es buena gente.

    Me emociona y me enternece su candidez de cura novato. Su primera parroquia, su primer ministerio sacerdotal como el primer amor. Es ciertamente hermoso que pueda hacerse esta comparación. Y esta entrega, esta dedicación tan auténtica, la gente no la olvida aunque hayan pasado 30 años y aunque muchos se hayan alejado de la fe, que en esto, Italia se parece mucho a España.

    Me alegro enormemente de que haya recibido esta bellísima retribución, al margen de las que Dios le ha dado y sin duda seguirá dándole.

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