viernes, 2 de febrero de 2018

La Glosa Dominical de Gérminans


SUPERAR EL SUFRIMIENTO CON FE Y ORACIÓN

“Toda la ciudad estaba reunida en la puerta… Jesús se retiró a un lugar desierto y allí oraba” La fiebre es una dolencia que todos conocemos. No obstante las vacunas gripales que muchos se administran, en invierno casi nadie evita tener un resfriado y en consecuencia un poco de fiebre. Y si no es a causa del resfriado será a causa de una pequeña infección; pero la experiencia de la fiebre la sufrimos de vez en cuando. 

La fiebre es una reacción, una señal que el cuerpo nos da cuando somos atacados por un virus o por algún otro peligro para nuestra salud. Sabemos que esta incomodidad lleva a una reacción del cuerpo: desgana, falta de fuerza, en una palabra, un fastidio. Pero sabemos sobre todo que la fiebre es un esfuerzo extra que hace el cuerpo para vencer a la enfermedad. Es un doloroso proceso de curación. He ahí por tanto que la enfermedad se convierte siempre en una prueba no sólo a nivel corporal sino también a nivel de la inteligencia y por tanto también de la fe.



C:\Users\FRANSESC\Desktop\uALTRE JOB.pngLa primera lectura del domingo V “per annum” nos sugiere precisamente eso. Todos conocemos lo sucedido a Job, gran protagonista de la prueba de fe durante el sufrimiento, al término del cual, la experiencia del encuentro autentico con el Señor le hace decir: “pongo la mano en la boca”, es decir “me callo”. La reacción del papa Francisco a una pregunta de una niña filipina fue muy provocativa: la niña le preguntó por qué hay tantos niños víctimas de abusos y por qué hay tan pocas personas dispuestas a ayudarles. El Papa admitió que aquella niña hizo la única pregunta a la cual es imposible responder sino con el estar callado y con la cercanía. 


Lo paradójico es que no basta sólo meditar ante el sufrimiento. Por muy profunda que sea la reflexión realizada, la mejor respuesta a su drama siempre será el silencio orante. 


Vemos en Jesucristo la misma actitud ante el sufrimiento de sus contemporáneos. El inciso del evangelio de la liturgia de este domingo “todos estaban a la puerta” es muy fuerte. Tomando en serio esta brevísima frase -típica del evangelista Marcos- me vienen a la mente las densas colas de enfermos que tantas y quizá demasiadas veces, acuden a los ambulatorios y hospitales con la esperanza de poder obtener de los médicos una solución a su enfermedad. Muchos facultativos encuentran inmediatamente la solución acabando con la fiebre, con el dolor y con cualquier otro síntoma. La experiencia nos dice que no pocas veces esta celeridad de algunos de ellos por ahuyentar el sufrimiento, a la larga resulta fatal. 


El próximo 11 de febrero -festividad de Nuestra Señora de Lourdes- será la Jornada Mundial de los Enfermos. En un mundo que rechaza sin escrúpulos a quienes no están a la altura de la lógica comercial, la realidad de tanto sufrimiento presente en el mundo no puede sino suscitar alguna reflexión -reitero: silenciosa, orante, respetuosa, pero también de fe- sobre aquello que es el gran misterio del sufrimiento: para la naturaleza, es el esfuerzo desesperado por superar un problema… a veces insoluble y de desenlace fatal. Misterio que aunque incomprensible para nosotros, tantas veces se demuestra como el misterio que hace que el sufrimiento se convierta en fecunda posibilidad para el crecimiento humano y para la fe. 


En cualquier caso, conviene recordar a San Juan Crisóstomo: “Nada más dulce que una buena conciencia y una fecunda esperanza”. Si en el sufrimiento hay esperanza (no echemos en olvido la esperanza espiritual), el sufrimiento se carga de valor y de sentido.



C:\Users\FRANSESC\Desktop\imagesS7J33E55.jpgPersonalmente no tengo soluciones para este drama. Como sacerdote encuentro tantos sufrimientos exteriores… pero son muchos más los interiores. Y éstos, más complicados que una enfermedad del cuerpo. Y me doy cuenta de que las palabras más que resolver lo que hacen es arruinar y malograr el interior de las personas. Tratamos de animar a no sucumbir, pero hemos de reconocer que somos impotentes y débiles para enfrentarnos al problema del dolor y del sufrimiento. No sé si es un intento de fuga -que no deberíamos realizar- pero miro al evangelio de este domingo y veo que el Señor fue probado por el sufrimiento de todos. Es cierto que cura a la suegra de Pedro, que cura alguna que otra persona: el evangelio dice muchos, no todos. ¿Cuántos de aquella muchedumbre que estaba a la puerta de la ciudad fueron curados y cuántos no?


Jesús se retira para orar, y justamente cuando le dicen que todos lo buscan, Él se retira a otra parte para predicar.


Seguramente todos encontramos situaciones de sufrimiento. A veces intentamos hacer algo, muchas veces fallamos. Pero siguiendo el ejemplo de Jesús parece que sí, que podemos hacer algo siempre al encontrarnos con el sufrimiento: dejarnos interpelar por el sufrimiento humano y hacer que éste encuentre eco en nuestro corazón y resuene en nuestra oración. No sé si esto puede ser una pista de reflexión: en otro lugar del evangelio, Jesús da una explicación a la existencia del sufrimiento: “No ha pecado ni él ni sus padres, es así para que en él se manifiesten las obras de Dios”. El poder de Dios para resistir el sufrimiento y para alcanzar la curación.


No sé si esto resulta consolador, pero creo que es necesario recordar que la glorificación de Jesucristo aconteció en la cruz, en el sufrimiento. Es aquí donde es necesario tener ojos para ver: los ojos de la fe. ¡Que el Señor nos ayude a enfrentarnos siempre al sufrimiento con fe y oración!



Mn. Francesc M. Espinar Comas

Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet

8 comentarios:

  1. Gracias, Mosén Espinar. Gracias por recordarnos que con fe y oración, en íntima unión con el Señor, el sufrimiento adquiere un sentido y se torna en felicidad. Gracias. ¡Qué bien nos hacen sus glosas semanales!

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  2. En el momento del dolor y la enfermedad hay dos realidades:
    El dolor y el Señor, así cuando más grande es la unión con el Señor el otro término, eso es dolor, desaparece, por el contrario si uno se centra únicamente en el dolor, y en su misma mismidad, el dolor se agudiza y se puede volver rebelión contra el Señor.
    Aprovechar el don del dolor para unirte, con la gracia de Dios, a tu Señor y Salvador, hasta el momento del tránsito.
    Felicidades y que la Pascua se vaya realizando en todos nosotros gracias al dolor, al sufrimiento, a la incomprensión, al aislamiento... para así podernos unirnos con el Señor:
    Dios mío, Dios mío... en tus manos encomiendo mi espíritu...

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  3. Es el eterno e insoluble, para la razón humana, problema del mal. Lo dice usted hermosamente en su glosa de hoy, mosén Francesc. Sea la postura de Francisco, como fue la pregunta de Benedicto XVI en su visita al campo de concentracion nazi: ¿Dónde estaba Dios? Y, por encima de todos, el grito del Señor: ¿Por qué me has abandonado? Sólo los ojos de la fe nos permiten sobrevivir a esa experiencia dolorosa del sufrimiento físico y moral. Aunque obligados a buscar una explicación a la existencia del mal, dentro del misterio de la libertad del hombre, nada más sólido que el asidero de la oración, de la entrega absoluta a imagen del Maestro: En tus manos encomiendo mi espíritu. Gracias.

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  4. Está la Carta Apostólica de San Juan Pablo II "Salvifici doloris", sobre el dolor y el sufrimiento, y aquí pongo el primer numeral:


    1. «"Suplo en mi carne" —dice el apóstol Pablo, indicando el valor salvífico del sufrimiento— "lo que FALTA a las tribulaciones de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia"».

    Estas palabras parecen encontrarse al final del largo camino por el que discurre el sufrimiento presente en la historia del hombre e iluminado por la palabra de Dios.

    Ellas tienen el valor casi de un descubrimiento definitivo que va acompañado de ALEGRÍA; por ello el Apóstol escribe:

    «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros».

    La alegría deriva del DESCUBRIMIENTO del sentido del sufrimiento; tal descubrimiento, aunque participa en él de modo personalísimo Pablo de Tarso que escribe estas palabras, es a la vez válido para los demás.

    El Apóstol comunica el propio descubrimiento y goza por todos aquellos a quienes puede ayudar —como le ayudó a él mismo— a penetrar en el SENTIDO salvífico del sufrimiento.

    ...

    Salvifici doloris está disponible aquí:

    www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/hlthwork/documents/hf_jp-ii_apl_11021984_salvifici-doloris_sp.html

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  5. Gracias, una semana más, al sr Valderas Gallardo, por su comentario dominical. Es un gusto leer Germinans y encontrar esas líneas suyas. En pocas frases sintetiza grandes enseñanzas.

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  6. A pie de calle : se debe entender que es un gozo espiritual el sufrimiento al que debemos decir amén, o si se puede evitar este sufrimiento debe ser evitado ?...¿ se debe aceptar el sufrimiento como un bien?...quiere Dios que suframos?...

    Parece como si se quisiera encumbrar el sufrimiento como un bien celestial y divino querido por Dios.!!

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    1. Bendito sea el sufrimiento.

      Por ejemplo, pienso en aquellos a quienes Germinans dirige sus justísimas críticas y denuncias. Seguro que sufren por ello, pero eso no debe importarnos. Es un sufrimiento merecido y a la vez purificador, y por tanto, querido por Dios.

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    2. Debe importarnos, pues son jerarcas, necesitamos de su conversión.

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