Mire, mosén, intentaré dar respuesta lo más breve posible a su “comentario” de la semana pasada a mi CARTA ABIERTA al obispo de Urgel.
Doy por hecho que, por su formación sacerdotal, entiende usted perfectamente que en la acción de la Iglesia hay dos planos bien diferenciados: el de la doctrina y el de las personas. Planos que obviamente sufren roces. Porque la defensa a ultranza y en exclusiva de las personas, no sólo pone en riesgo, sino que finalmente dinamita la doctrina. Eso lo hemos visto claramente en el caso del matrimonio, en el que se ha renunciado a defender el vínculo por dedicarse, ya casi exclusivamente, a defender a las personas en las causas de nulidad. Con lo cual, no sólo la Iglesia, sino también la sociedad a la que lidera (o debería liderar) se queda sin la institución mejor vertebradora de la sociedad.
En el lado opuesto, el que va a la defensa a ultranza de las personas, lo que se consigue es acabar desarticulando la doctrina, desvirtuándola y dejándola sin fuerza; con lo que ello implica de desmantelamiento de las instituciones que se sostienen en ellos, debilitamiento de los principios, y relajación de la moral. Evidentemente, cuando una de estas dos posiciones se sitúa en su zona más extrema, es difícil conseguir articularla con la otra.
Por otra parte, es perfectamente entendible y humano que cada uno pretenda que su forma de entender la doctrina y su aplicación pastoral, es la correcta. Y si al final, la realpolitik nos empuja a entendernos con todo el mundo y con todas las posiciones, nos instalamos en un relativismo altamente peligroso, en el que no caben ni en pintura los principios no negociables de Benedicto XVI: la sacralidad de la vida desde la concepción hasta la muerte, la defensa de la familia formada por hombre y mujer, el derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus convicciones y el bien común. Es decir que, en virtud de ese relativismo, todo es negociable: incluso, todo-todo-todo; porque según esa doctrina, lo importante es salvar a las personas a toda costa. También a costa de la doctrina y de las instituciones, claro está, que parecen no tener otro fin que oprimir y reprimir nuestras inclinaciones.
Pretendo explicar que a los sacerdotes nos corresponde entender (y aceptar) que haya dentro de la Iglesia cristianos (con o sin jurisdicción) más inclinados a defender la doctrina, y cristianos más inclinados a defender a las personas. En el bien entendido de que ninguna de las dos opciones haga al uno o al otro, mejor cristiano o mejor defensor de la Iglesia.
Que la moda del momento sean la escucha, la sinodalidad, el discernimiento, la misericordia preventiva (sin arrepentimiento), el acompañamiento, “EL” concilio (y no todos los concilios, formando todos ellos parte del magisterio de la Iglesia), más las reformas por las reformas, con todos los inventos que complementan esta moda; el hecho de que hoy se lleve todo eso, no nos deja fuera de juego a los que no conseguimos entender esta moda, seguramente la más inquietante en toda la Historia eclesiástica.
Y todas estas novedades que sacuden hoy a la Iglesia, sólo son sostenibles a partir de un requisito ineludible, compañero inseparable de esas doctrinas: El silencio, veas lo que veas y oigas lo que oigas…. Lo que nos toca es callar como un muerto, perínde ac cadáver. O como dicen los curiales en Roma: “Si no quieres que te maten, hazte el muerto”. Por tanto, callar y obedecer al que Dios le ha dado el poder, tanto espiritual como político. Fidelidad exclusiva a la autoridad, dando por cierto que ellos tienen la exclusiva de la fidelidad a la doctrina, de la que son dueños y custodios. Y que por ser quien son, son hasta infalibles.
Y hemos de callar porque, a partir de esos supuestos, del obispo para abajo, nadie tiene derecho a ser fiel a la doctrina, por su cuenta; porque ésa parece una prerrogativa exclusiva de la autoridad. De ahí que, cuando recites el credo, igual no has de creerte ni que crees ni que entiendes lo que crees.
Por eso comprendo, mosén, anónimo portavoz del Copríncipe de Andorra, que le desencaje todos sus esquemas el hecho de que un sacerdote “activista por la vida” tenga el atrevimiento de cuestionar (es decir, hacer preguntas respecto a) la forma en que el obispo copríncipe de Andorra (copríncipe si, pero también obispo, no lo olvidemos) está manejando uno de los principios no negociables de Benedicto XVI (Magisterio de la Iglesia).
Lo único que me atrevería a pedirle, mosén, es que entienda la legitimidad del cuestionamiento que yo he hecho, con todo el respeto, en defensa de la vida (partiendo del supuesto razonable de que esa vida es vida y es humana) desde la concepción hasta la muerte natural; y que no se rasgue las vestiduras por ello.
Entiendo perfectamente, respetable compañero en el presbiterado, la intención del Copríncipe obispo, aunque no la comparta en absoluto, de anteponer la negociabilidad de un principio no negociable, en aras de la realpolitik en que ha sido educado y entrenado por las más altas instancias de la diplomacia eclesial. Entiendo que difícilmente podría ser de otro modo, porque la formación que hemos recibido cada uno nos condiciona severamente.
Pero el hecho de que yo entienda y respete que, por la formación que han recibido usted y su obispo, tal vez no tengan posibilidad alguna de comportarse de otro modo, no significa en absoluto que esté dispuesto a pasarme a su bando doctrinal, el de la doctrina en que seguramente les formaron a ustedes: la misma Iglesia, por cierto, que me formó a mí en los principios no negociables.
Pido, por tanto, igual respeto que el que yo les profeso, porque a pesar de sostener posturas muy diferentes respecto a cuestiones vitales, pertenecemos a la misma Iglesia. Estamos ante un problema serio: no nuestro personal, sino de la Iglesia, que ya ha pasado a lo largo de su historia, por situaciones que guardan mucha semejanza con la actual; pero que, con la ayuda de Dios, ha superado siempre con la fidelidad a su Señor hasta el martirio.
Custodio Ballester Bielsa, Pbro.
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