Me permito recordarle, Excelentísimo y Reverendísimo Señor D. Josep-Lluís Serrano Pentinat, obispo de Urgel y Copríncipe del Principado de Andorra, con todo el respeto y consideración que le debe un fiel (y más un sacerdote) a un obispo; me permito recordarle que Su Excelencia Reverendísima tiene en las manos un auténtico tesoro, cual es el único Estado en que la moral la dictan las leyes de la Iglesia, sostenida sobre la Ley de Dios, y no en las leyes del Estado. El único Estado en que el bien y el mal no se votan en el parlamento.
La de los Estados que se rigen por la Ley de Dios es una especie a punto de extinguirse, que merece el máximo empeño y la máxima diligencia por parte del obispo encargado de custodiar esa preciosa joya. Es la última que le queda a la Iglesia católica en lo que fue durante siglos la “cristiandad”; y que está sufriendo, bajo su dignísimo mandato episcopal y su altísimo coprincipado, el mayor riesgo de su historia.
Toda Europa se construyó sobre estados cristianos, que formaron entre todos ellos “la cristiandad”. Característica común de todos ellos era la fidelidad hasta la muerte, a la fe cristiana y a la moral cristiana. En esa época, gloriosa tanto para Europa como para la Iglesia, era inconcebible que las instituciones políticas dictasen las normas morales por las que tenían que regirse los ciudadanos. Ésa era prerrogativa de la Iglesia. Pero desde la Ilustración y la subsiguiente Revolución francesa, los Estados europeos no sólo se han puesto por delante de la ley de Dios, sino que incluso han abdicado de la fe cristiana, y se han atrevido a legislar contra la ley de Dios y a perseguir a la Iglesia con saña. Hoy, en todos los Estados, la moral depende de la voluntad de los partidos políticos. El bien y el mal se votan…
El resultado es que en todo el panorama europeo sólo queda un Estado, sólo uno, que al menos nominalmente permanece fiel a la moral cristiana: la que impregnó el alma de Europa. Y es normal que así sea, porque es un obispo el máximo responsable de ese Estado. Se trata del Principado de Andorra, del que Su Excelencia Reverendísima, en su calidad de obispo de la diócesis de Urgel, es Copríncipe, Jefe del Estado por tanto. El hecho de que su principado y jefatura del Estado los comparta con el Presidente de la República Francesa, no le convierte en menos príncipe y en menos Jefe del Estado, y por tanto en menos responsable.
Y he aquí que se encuentra hoy, Su Excelencia Reverendísima, en una grave encrucijada: se trata de la legalización del aborto, que se intenta imponer en Andorra con una especie de formato de “sí, pero no”. No sabemos si por suerte o no, la más alta jefatura de la Iglesia (de hecho, el Estado Vaticano, último Estado cristiano, junto con el Principado de Andorra). está tomando parte activa en las negociaciones al respecto. Son tremendas las presiones que sufre la Santa Sede para que homologue el Principado a los demás Estados de Europa en cuanto a la legalización del aborto y su normalización como conducta moral aceptable, respetable y defendible.
Me gustaría convencerle de que, siendo Su Excelencia Reverendísima Jefe del Estado de Andorra en su calidad de Copríncipe, sería una tremenda derrota no sólo personal, sino para toda la Iglesia, que bajo su principado se aprobase una ley que va, como las del resto de Europa, dirigida a “normalizar moralmente” el aborto. Un aborto cada vez más extremo que, en numerosos casos, tiene la forma de un auténtico infanticidio formalmente protegido por la ley en cada vez en más Estados. Es decir que, al haberse ensanchado tanto la ley del aborto actualmente, al entrar en él el Principado de Andorra, entraría también en lo que tiene hoy el aborto de infanticidio.
De ahí que, legislar hoy para normalizar moralmente el aborto, despenalizando un “crimen abominable” (Gaudium et spes, 51), es legislar también para normalizar moralmente el infanticidio a él aparejado. Y entiende cualquier cristiano que el Obispo-Copríncipe ni puede bendecir alegremente semejante legislación, por atenuada que parezca, ni tampoco puede callar y mirar para otro lado si ve que alguien con poder semejante al suyo, pretende llevar al Principado por esos pedregales de inmoralidad.
Es la pedagogía de las leyes: en los Estado modernos, demasiado a menudo lo que es legal no es moralmente aceptable. En la cristiandad (que está a punto de extinguirse definitivamente si pierde esta última pieza), todas las leyes, para ser justas, tenían que ser morales. Por eso me permito rogarle a Su Excelencia Reverendísima, que se oponga a una ley tan inmoral como la del aborto, que contribuiría a relajar la moral de sus fieles y súbditos.
Soy plenamente consciente de lo difícil que es su situación, porque le obliga a ir contra una corriente muy poderosa, contra una auténtica vorágine que ha arrastrado a todos los Estados. Incluso la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha asumido un fuerte liderazgo en el desarme moral de los Estados a los que representa.
Más aún, hasta el Estado Vaticano ha optado por alinearse también en esto con los demás Estados, y parece estar dispuesto a ceder por homologar al Principado de Andorra con los demás Estados en cuanto al fraudulento “Derecho al aborto”, decidida como está la ONU, a incluirlo entre los “Derechos Humanos”. Con la obligación, a partir de ahí, de promocionar este derecho desde la escuela, y de financiarlo con caudales públicos.
Sería una bendición, un generosísimo regalo del cielo, que su Excelencia Reverendísima, el obispo de Urgel, tuviese el valor de intentar al menos, hacer entender a las autoridades vaticanas que sería una grave derrota rendir la plaza del Principado de Andorra, la última que se mantiene en pie, a las fuerzas del mal que están arrastrando a la antigua cristiandad a un abismo de indignidad que la historia nunca nos perdonará.
Afectísimo en Cristo, besa su anillo episcopal,
Custodio Ballester Bielsa, Pbro.
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