La Glosa Dominica de Gérminans: ¿TENEMOS ACEITE EN NUSTRAS LÁMPARAS?

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El Evangelio de hoy presenta una famosa parábola sobre diez vírgenes invitadas a un banquete de bodas, símbolo del Reino de los Cielos o de la vida eterna. A través de esta parábola, Jesús revela la condición para entrar en el Reino de los Cielos. Las diez vírgenes eran damas de honor encargadas de recibir al novio y acompañarlo a la ceremonia nupcial; dado que tales celebraciones solían tener lugar por la noche, las jóvenes llevaban lámparas.


Aunque se trata de una imagen hermosa, Jesús la utiliza para enseñar una verdad que nos desafía. De las diez vírgenes, cinco logran entrar al banquete porque, a la llegada del novio, cuentan con el aceite necesario para encender sus lámparas. Las otras cinco, en cambio, se quedan fuera porque —por su insensatez— no llevaron aceite. ¿Qué representa este «aceite», esencial para ser admitido en el banquete de bodas? San Agustín (cf. Sermones 93, 4) y otros autores antiguos lo interpretan como un símbolo del amor: algo que no se puede comprar, sino que se recibe como un don, se guarda en lo profundo del corazón y se manifiesta a través de las propias acciones. La verdadera sabiduría consiste en aprovechar nuestra vida mortal para realizar actos de misericordia, pues, una vez llegada la muerte, esto ya no será posible. Cuando despertemos para el juicio final, este se basará en el amor que hayamos practicado durante nuestra vida terrenal (cf. Mt 25, 31-46). Este amor es un don de Cristo, infundido en nosotros por el Espíritu Santo. Quienes creen en Dios —que es Amor— llevan consigo una esperanza invencible, una lámpara que les permite atravesar la noche más allá de la muerte y llegar al gran banquete de la vida.


¿Qué desea enseñarnos Jesús, entonces, a través de esta parábola? Nos recuerda que debemos permanecer preparados para nuestro encuentro con Él. En muchas ocasiones, a lo largo del Evangelio, Jesús nos exhorta a «velar», y lo hace de nuevo al final de este relato al decir: «Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora». Sin embargo, mediante esta parábola, nos muestra que «velar» no significa simplemente mantenerse despierto, sino estar preparados. En efecto, todas las vírgenes se quedan dormidas antes de que llegue el esposo; pero, al despertar, algunas están preparadas, mientras que otras no. Este es, pues, el sentido de ser sabios y prudentes: es una invitación a no esperar hasta el último instante de nuestra vida para cooperar con la gracia de Dios, sino a empezar a hacerlo ya mismo.


Que la Virgen María nos ayude a hacer que nuestra fe sea cada vez más activa a través de la caridad, para que nuestras lámparas brillen con intensidad, tanto aquí, en nuestro camino terrenal, como para siempre en el banquete de bodas en el Paraíso. Pidamos también a María, *Sedes Sapientiae* (Sede de la Sabiduría), que nos enseñe la verdadera sabiduría: aquella que se hizo carne en Jesús. Él es el Camino que conduce de esta vida hacia Dios, hacia la eternidad. Él nos ha revelado el rostro del Padre y, al hacerlo, nos ha regalado una esperanza llena de amor. Por esta razón, la Iglesia se dirige a la Madre del Señor con estas palabras: «Vida, dulzura y esperanza nuestra» (*Vita, dulcedo, et spes nostra*). ¡Aprendamos de ella a vivir y a morir en la esperanza que no defrauda! ¡Amén!

Mn Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet

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1 comentario

  1. Ser buenos amantes del prójimo y buenos creadores del "lío" contra los bonistas, faltaría más. Y lo que en realidad falta es la predicación del Diluvio, ¡¡¡olé!!.

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