Allá por los años 60 y en adelante (la Constitución aún se estaba cocinando), se produjo el bum del desarrollo industrial de España, uno de cuyos principales ejes fue Barcelona, que experimentó un crecimiento realmente monstruoso. Parte de esa monstruosidad se desarrolló en los barrios (suburbios) que se construyeron al norte y al sur de la ciudad. En el sur, en la tremenda excrecencia de Hospitalet (donde, engordando su humilde nombre, se ubicó uno de los grandes hospitales de Barcelona), creció de la auténtica nada urbanística el suburbio del gran suburbio, denominado Bellvitge.
En 1968 se instaló en el nuevo barrio, con todo por hacer, una comunidad de jesuitas (la misma Compañía que contaba con las asentadísimas comunidades de la calle Caspe y de Sarriá, regentando sendos colegios en los que se formaban las clases altas de Barcelona. Con esos antecedentes, lo de Bellvitge se veía como una audaz aventura populista, que sonaba a Teología de la Liberación más que a la consuetudinaria actividad jesuítica de dirección y formación de élites. El caso es que crearon ahí el colegio Juan XXIII, su magna obra social, que abandonan definitivamente como colegio jesuita.
Algo parecido fue lo de la escuela profesional del Clot, barrio obrero de Barcelona, que tienen previsto abandonar también el próximo año, mientras se mantienen (y no por mucho tiempo) los bastiones de Caspe y Sarriá, perdida ya su condición de colegios católicos, pero conservando el imponente patrimonio. Es que la comunidad jesuita de Bellvitge no da para más; y al dejar el barrio, abandonan también la parroquia de la Mare de Déu de Bellvitge. Es que, en 60 años de vida que tiene el barrio, los jesuitas que llegaron de jóvenes, han tenido tiempo de envejecer… ¡y sin relevo, sin relevo!
Nos guste o no nos guste, al final somos biología, y nuestra vida (bíos) está sometida, obviamente, a las leyes de la biología: entre las cuales, la reproducción (resultado de la fertilidad o la fecundidad) es absolutamente insoslayable. De ahí que la esterilidad sea el peor azote para la vida. Incluida la vida religiosa, claro está. Si la vida no es fértil (ferre es llevar: si no lleva vida, se extingue). Y eso vale también, evidentemente, para la vida religiosa: si no es capaz de reproducirse como vida religiosa, si no es capaz de atraer a continuadores de esa misión, tiene los días contados. Sin descendencia, desaparece la herencia. Si no eres capaz de descender hasta tus descendientes para entregarles tu herencia porque no tienes nada que transmitirles (porque dilapidaste tu fe), tu especie se extingue.
Ése es el triste espectáculo que nos ofrece hoy la vida religiosa, tan fértil durante tantos siglos. Los monasterios de todo género (empezando por los contemplativos) han dejado su impronta en nuestra arquitectura. Es sorprendente la densidad de iglesias y conventos que han llegado a juntarse en nuestros pueblos y ciudades. Se han vaciado los pueblos de España, volcándose en las grandes ciudades. Pero sus iglesias y conventos, allí se quedaron.
Y efectivamente, éste de la fecundidad (su contrario, la esterilidad) es un criterio que me suena a infalible, respecto a la vitalidad de las instituciones religiosas. Una señal clara del acierto o desacierto global de su gestión, y de sus perspectivas de futuro, es que esas instituciones cuenten o no, con relevos suficientes para continuar su obra. Si no los hay, es razonable preguntarse por la fertilidad o la esterilidad de esa obra. (Recuerdo, a este propósito, la reflexión de Rousseau en su Contrato Social (libro III, cap. IX): ¿Cuál es el fin de toda asociación política? La conservación y prosperidad de sus miembros. Su número y su población. No vayáis, pues, a otra parte a buscar este signo tan discutido. En igualdad de condiciones, el gobierno bajo el cual, sin medios extraños, sin naturalizaciones, sin colonias, los ciudadanos pueblan y se multiplican más, es infaliblemente el mejor. Aquel bajo el cual un pueblo disminuye y decae, es el peor. ¡Calculadores, ha llegado vuestro turno: contad, medid, comparad! Efectivamente, los números cantan. Y lo que vale para la política, vale también para la religión. La FSSPX ordena cada año más sacerdotes que toda la Iglesia alemana, ¡tan rica! Algo pasa.
Locales de los jesuitas en el barrio de Bellvitge
Estamos contemplando la muerte total de instituciones religiosas que han sostenido a la Iglesia, a la sociedad y a la nación (utilizo expresamente el término “nación” porque se refiere a algo tan biológico como el “nacer”). En efecto, estamos asistiendo al chorreo de cierres de casas religiosas (comunidades) de los jesuitas. Aquí cerca de nosotros, la última defunción jesuítica (¡ay, las palabras!: defunctus es el que ya no funciona, el que ha dejado de fúngere, es decir el que ha dejado de cumplir su función); la última, digo, es la de Bellvitge. Y, efectivamente, primero está el dejar de cumplir tu función: tras lo cual es ya inevitable la muerte definitiva. Y eso no ha ocurrido sólo en el Juan XXIII de Bellvitge, sino en la práctica totalidad de los colegios religiosos.
Se puede decir que los jesuitas fueron quizás el motor más potente que contribuyó a levantar el barrio, construido desde cero para acoger a los que vinieron a la conurbación de Barcelona atraídos por el enorme auge industrial de la segunda mitad del pasado siglo. En efecto, su institución más potente en el barrio, la que más contribuyó a darle consistencia, fue el Colegio Juan XXIII que, desde la educación preescolar hasta la secundaria en las dos ramas de bachillerato y profesional, acoge a más de 1.600 alumnos. Los jesuitas están en Bellvitge desde 1968, la época de máximo apogeo de la Compañía de Jesús, con 36.000 miembros. Y ahora, 50 años más tarde, estamos en menos de la mitad, y bajando: envejeciendo y muriendo. Por imperativo biológico.
A la vista está la esterilidad de la Iglesia imbricada con el mundo, en cualquiera de las áreas en que se ha producido esta imbricación: justicia social, implicación política, asistencia de cualquier género, enseñanza, cultura… porque todas esas áreas han pasado progresivamente al ámbito laico, siendo ocupadas finalmente por la política.
Lo “social” (¡tan propio de la Iglesia!) ha acabado convirtiéndose en “socialista”, en toda la amplitud del término, es decir incluyendo lo cumunista: con lo que ha sido muy difícil mantener separados en la Iglesia lo social y lo socialista. En la Teología de la Liberación se dieron los más graves tropiezos. Y claro, los jesuitas, entregados de lleno desde su fundación a la acción social, han sufrido el desgaste de algo tan arriesgado (con el difícil deslindamiento de ámbitos). Claro que se han quemado… a lo bonzo.
Han conseguido construir sociedad y dignificarla: sin los jesuitas, Bellvitge no sería lo que es. Y su acción ha sido altamente meritoria: desde la perspectiva social, claro que sí, y desde la política. Pero no desde la perspectiva católica. Al poner estas comunidades jesuitas el acento en la obra social, incluso en la enseñanza, en vez de ponerla en la cristianización de la sociedad que les encomendaron, consiguieron “civilizarla” hasta niveles encomiables, como es el caso de Bellvitge; pero a costa de “acompañar” su descristianización, igual que hoy la Iglesia (con especial incidencia de los jesuitas, con el P. Martin a la cabeza), “acompaña” otras realidades que van en dirección contraria a la fe católica.
Hoy se van de Bellvitge y del Clot: resultado inevitable de la esterilidad religiosa. Y en un mañana nada lejano, se irán del mismísimo corazón de Barcelona (Caspe y Sarriá), quedándoles tan sólo el colosal patrimonio inmobiliario. La biología es inexorable.
Virtelius Temerarius



¿No llevarían los jesuitas el germen de su destrucción desde su mismo nacimiento? Casi nada lo de constituirse en la guardia pretoriana del papa (cuarto voto). Hasta que se hicieron con el mando supremo. Lo normal, lo típico. La guardia pretoriana se hace con el poder supremo del imperio. Y ahora, a ver cómo se salva la Iglesia del tremendo roto que le hizo el papa jesuita.
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