Parece que sí, que el calor de este verano ha sido inusual, y que razones ha habido para que se nos derritiera el cerebro. Encima, hemos tenido el extraordinario eclipse total en bastantes lugares, que nos creó la esperanza de ver cómo se hacía de noche casi a pleno día durante un minuto y no sé cuántos segundos (he de confesar que me lo perdí: ni me encontraba en el mejor lugar, ni me ocupé de las gafas especiales): delante tenía la tele, y detrás la ventana abierta. Para el próximo, miraré de tener la ventana delante, y la tele donde me quede.
Para colmo, se me estropeó el ordenador (no conseguía arrancar) y, en pleno agosto, no es tiempo de andar a buscar un técnico, porque está todo cerrado. Así que tuve que tirar de reservas, de elucubraciones con las que llevo ya muchísimo tiempo, años, y que no hay manera de finiquitarlas. De momento, tuve que apañarme con el bolígrafo, en tanto localizaba un ordenador de emergencia. Ahí siguen las viejas elucubraciones, sin poder darles carpetazo. Así que, adelante con ellas.
La primera, es que me sorprende sobremanera que hoy esté tan universalmente aceptada la opción más endeble respecto al que en lenguaje laico se llama el origen del Universo, y en terminología religiosa llamamos “la Creación”. Aún recuerdo cómo en mi infancia, saliendo de una clase normal de catecismo (calculo que andaría yo por los 7 años), todos los niños andábamos cantando espontáneamente por el patio a voz en grito “no hay reloj sin relojero, ni mundo sin Creador”.
No sé si esta sentencia tan certera tiene autor conocido, o forma parte de la sabiduría popular, como los refranes. El caso es que es de cajón, la imposibilidad de que algún día pueda encontrarme un reloj que no haya construido un relojero, es decir que se haya hecho solo. Es evidente que eso no puede suceder, por más millones de planetas que recorra; o que en algún otro planeta que no sea el planeta Tierra, y justo en Barcelona, pueda tropezarme con otra Sagrada Familia que se haya hecho sola, a base de dejar que el tiempo la vaya haciendo, sin planos ni nada, a base de que los miles y millones de años vayan tallando y puliendo sillares y acoplándolos adecuadamente, hasta dar con una réplica exacta de la gran obra de Gaudí (pero sin Gaudí y sin nadie que le eche una mano).
Es evidente también que por más millones y millones de planetas que recorra en busca del más previsible de los prodigios, (según el pensamiento predominante desde la Ilustración), no conseguiré encontrarme con un ordenador totalmente construido, y con unos programas que funcionen a la perfección. Eso sí, sin informáticos, ingenieros y un ejército de personal intermedio aportando su ingenio y su trabajo para construirlo. Estoy absolutamente seguro de que todo esto no me lo voy a encontrar así como así, sin que lo haya hecho nadie, surgido todo como simple fruto del tiempo. Y sin embargo, así es como estamos obligados a pensar hoy día.
Aclaro que he elegido tres ejemplos de creación espontánea (el reloj, la Sagrada Familia y el ordenador con sus programas) por el simple procedimiento de dejar que el tiempo haga a base de ensayo-error, tres realizaciones que en cuestión de complejidad quedan muy lejos de la Tabla Periódica y de la biología elemental, por decir algo. El silogismo es muy simple: si el Universo, él solito, por su cuenta y riesgo, ha sido capaz de crear sin la ayuda de ninguna mente creadora y diseñadora toda la realidad física que nos envuelve y nos sostiene, ¿cómo no va a ser capaz de crear por el mismo procedimiento, un reloj, una réplica de la Sagrada Familia o un modestísimo ordenador? Eso no cuadra.
Por eso me solivianta que los creyentes (los que optamos por la Creación) andemos por ahí acomplejados intentando compaginar explicaciones tan opuestas. Hemos optado por el creacionismo y ya está. ¿Acaso los “evolucionistas” cuentan con mayores seguridades que las nuestras? Nadie ha podido asistir ni a la Creación ni a la Evolución, nadie. Tanto la una como la otra son posiciones de FE. Tanta fe requiere el evolucionismo, como el creacionismo. Así que cada uno se apunta a la “religión” que le conviene (ahí juegan un gran papel la tradición y la herencia cultural). Pero nada de superioridad lógico-racional de la una sobre la otra. La “Ciencia”, la sacratísima ciencia que todo lo explica y lo justifica en el otro bando, no deja de ser un código más de creencias. ¿Recordáis cuando esa misma ciencia aseguraba que bastaba darle al Universo las 27 letras del abecedario español y darle tiempo, eso sí, tiempo, para encontrarnos cualquier día con el Quijote en todo su esplendor? Pues resulta que cuando han contado con ordenadores capaces de calcularlo, han descubierto que al planeta Tierra, en sus “calculados” 4.500 millones de años de existencia, le habría faltado tiempo para montar el célebre “To be or not to be”: montarlo, no inventarlo; porque lo de Hamlet es una historia demasiado compleja. Pero claro, si lo dice la ciencia, y mientras lo diga la ciencia, eso no se puede poner en duda.
Y ya, para rematar las elucubraciones veraniegas, tenemos el dilema aún más peliagudo de la Redención. Es que, en el mismo paquete del evolucionismo, nos vino Rousseau con su Emilio, prototipo de una humanidad totalmente inocente y buena si no la hubiese estropeado la civilización: siendo parte esencial de ésta, la religión, más exactamente, el catolicismo.
Es que nuestra religión, desde el Antiguo Testamento, nos ofrece la imagen del hombre caído por culpa del pecado original, y de la absoluta necesidad de ser rescatado del pozo de maldad en que había caído. Y es curioso que siendo tan evidente la maldad humana (tan evidente como que no hay reloj sin relojero), la Ilustración consiguió componernos una humanidad inocente, inclinada sólo al bien por su propia naturaleza. Y a pesar de que los hechos desmentían tal inocencia, esas doctrinas prosperaron hasta el día de hoy, en que se cree que si no fuese por la maldad colectiva (y si es colectiva ¿no es humana o qué?) no habría delincuentes; por lo que el delincuente no ha de ser castigado sino más bien comprendido y, en todo caso, “acompañado” y, si puede ser, desagraviado.
Y eso a pesar del terrible pecado de la dominación de los débiles por los fuertes, con su cimiento en la dominación de la mujer por el hombre (¡y se creen que lo han resuelto!), de la comercialización del sexo (es decir de la mujer; con la moderna ampliación del mercado añadiendo los niños). Pues bien, con tantísimas calamidades a la vista (y hay que añadir la explotación mediante el trabajo y el expolio fiscal, tan excesivo, que no tiene otro final previsible que la guerra).
Pues bueno, desde la Ilustración es que no, que el ser humano es bueno y puro por naturaleza; y que eso del pecado original y el hombre necesitado de redención, es un cuento inventado por la religión con el objetivo de tener dominado al hombre (¡y a la mujer!) mediante una moral represiva que asfixia los instintos humanos después de criminizarlos. Y es evidente que al que acepta esas premisas, le sobra cualquier esfuerzo de redención. Evidente, también, que muchos de este bando, el de “los buenos”, se han creído eso de la abusiva y despiadada represión de los instintos (naturalmente buenos, ¿eh que sí?) y se han tirado al monte.
En fin, deben de ser los calores de este verano tan severo, los que me han traído a hurgar en los cimientos de nuestra fe. Y a poner el dedo en la llaga de la fe de los de enfrente, que lamentablemente tiene seducidos a muchos de la parte de acá.
Virtelius Temerarius



¡¡¡Vaya con el mosén Virtelius, ahora se mete en Ciencia-versus-religión, bravo!!!. Paso a recordar que el Génesis describe la Creación en 6 días y su grandioso milagro. Después de cada dia dice "y fue una tarde y una mañana y luego el dia siguiente". Queda claro que Génesis no lo escribió un tonto meapilas, lo escribió Moisés el que sale vivo en el Tabor junto a Jesucristo. Luego los meapilas de Roma silencian este Génesis para contentar a la Diosa Ciencia. Lo de "una tarde y una mañana y el día siguiente" se escribió para aclarar los 6 días literales, sino no tienen sentido estas palabras latiguillo. ¡¡¡¡Meapilas de Roma, convertíos a Genesis y sus días!!!.
ResponderEliminarEn la historia de la evolución la metáfora del relojero hunde sus raíces en William Paley. Dio mucho juego, a favor y en contra del diseño divino. De hecho es el centro de ataque de El Gen egoísta, de Richard Dawkins, un empedernido enemigo de la Iglesia, de la fe, y que lo que son las cosas, fui responsable de su traducción al español por Editorial Labor a mediados del decenios de los setenta del siglo pasado. Era entonces un texto rompedor en teoría genética y evolución. Y me pareció que planteaba cuestiones muy interesantes para el desarrollo de la disciplina, como así ocurrió.
ResponderEliminarVino luego una disputa sumamente interesante sobre el ajuste fino, y en la que me sentí obligado a participar. Se trata en definitiva de una actualización de las pruebas tomistas de la existencia de Dios.
El judaísmo no considera que todos los descendientes de Adán y Eva nazcan cargando con la culpa d´pecado original. El islam tampoco acepta el citado supuesto pecado. Considera que Adán cometió un pecado, luego se arrepintió y Dios lo perdonó.
ResponderEliminarUnas personas tienden al mal y otras tienden al bien, y son responsables de sus propias decisiones y acciones. Nadie hereda los pecados de sus padres ni de sus tatarabuelos. No hay nada que borrar o lavar.
Pues sí, la verdad es que el pensamiento religioso (que es creacionista) ha incorporado con absoluta naturalidad el evolucionismo. Y, ya de puestos, la bondad del hombre, al que le bastan en todo caso las distintas políticas redentoras que se han ido inventando. Pero no la intervención de Dios.
ResponderEliminarNuestro don Silverio lo tiene claro. ¡Y parece que es el único!
Sr. Temerius, nos trae usted un artículo pentapolista que seguro que tendrá comentarios del Sr. Garrell. Nos cita usted a los Rousseaus de turno, bestias pardas farisaicas que predicaban la bondad e inocencia mientras ellos eran unos depravados. Somos hijos bobalicones de esa época, solo unos pocos luchan por no ser enguillidos por el Leviathan nihilista
ResponderEliminarTotalmente cierto todo su comentario, Sr. Temerarius.
ResponderEliminarEso de que todo el mundo e gueno, no se lo creen ni ellos.
A los de las diferentes aceras de enfrente actuales, claro.
Totalmente de acuerdo con lo dicho, y también con lo que en breve responderá Don Silverio al respecto. Toda una delicadeza por parte del autor no haber mencionado ni el Diluvio ni la Pentápolis para que sea él quien lo haga primero.
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