El marketing del obispo que desnudó su alma

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La tarde caía sobre Calanda con ese calor asfixiante que aplana las conversaciones estivales. En La Bellota, el ventilador giraba como si rezara una especie de rosario mecánico, pero aún piadoso. Y nuestro refugio, constituido en bastión de la España de siempre, que si deja de ser católica, deja de ser. 
El tío Caldú estaba en su mesa de siempre, contemplando el carajillo como un sacramental. El Aurelio llegaba con el consueto periódico doblado bajo el brazo; y el sargento benemérito, ya sentado, mantenía su porte marcial como si aún estuviera de servicio. El Trisca entraba tarde, con la sonrisa torcida y el paso de quien viene de ver mundo, aunque sólo haya ido a la cooperativa de cereales.
 —Aurelio, deja ese periódico aquí —dijo Caldú sin levantar la vista—. Que ya me han dicho que hoy viene cargado de inmundicias episcopales.
Aurelio desplegó el diario sobre la mesa, como médico que abre una herida para limpiarla.
—Pues sí, Caldú. Mira esto: quinientas personas en pelota picada, pintadas de arriba abajo con la bandera arcoíris, delante de la catedral de Las Palmas. Y el obispo Mazuelos diciendo que es marketing para la ciudad.
El tío Caldú se quedó quieto. Ni parpadeaba. Luego soltó la cucharilla dentro del vaso con un golpe seco:
—Marketing… —repite—. Mira, Aurelio, yo ya he visto muchas cosas en esta vida. Pero un obispo que bendice una provocación delante de su catedral… eso sí que no lo había visto nunca: un pastor que deja a las ovejas solas mientras él posa para la posteridad como un verdadero memo.
El sargento, que había estado escuchando con la paciencia de quien ha visto demasiadas órdenes mal cumplidas, se aclaró la voz:
—En las Reales Ordenanzas de la Guardia Civil siempre nos enseñaron una cosa: “El guardia civil ha de ser político, pero sin bajeza’. Político en el sentido de prudente, de saber tratar con la gente. Pero sin bajeza, sin arrastrarse, sin renunciar a lo que uno es.
Entonces se inclinó sobre el periódico y espetó:
—Lo que veo aquí es justo lo contrario. Un obispo que se hace político, pero de bajeza. Que calla para no molestar. Que para caer bien, sonríe como un bobo cuando le mean en la cara. Y encima va, y dice que llueve. ¿Entendido en lluvias de oro? Va el bobo y acepta como algo “natural” que la catedral sea decorado de una reivindicación ideológicade esas guarrerías que se empeñan en convertir el piadoso padre Martin & cia de Jesús al más puro catolicismo. ¡Y a todo eso lo llama marketing!
—Marketing episcopal neocatólico—ironizó Caldú—. Lo que faltaba por ver.
El Aurelio, más templado, pero no menos firme, entró con el estoque:
—Lo grave no es sólo que lo permita. Es que lo celebra el tal Mazuelos. La catedral convertida en telón de fondo de una bandera humana desnuda… Y él diciendo que no tiene problema, que es como ir a la playa.
—¿A la playa? —interrumpió Caldú—. Ni las playas nudistas apelotonan tanto desnudo. ¡Pero qué comparación es esa! Y al final, la playa es la playa, y hasta en ella conservas el derecho de quejarte si alguien se desnuda fuera del gueto nudista. La catedral es la casa de Dios y la sede del obispo. ¿O es que ahora todo es lo mismo? ¿Todo vale? ¿Todo es marketing?
El Aurelio asintió triste:
—Y encima era la festividad de Santa Ana. La patrona de la ciudad. La catedral celebrando misa dentro… Y fuera, el espectáculo. Los fieles, soliviantados. El obispo pidiendo a la Policía Nacional que les abran un pasillo. Y luego diciendo que no tiene problema con la “intervención artística”.
El sargento apretaba los labios, rojo como un tomate:
—Eso es lo que más me duele: La falta de respeto. Y el silencio del que debía poner el grito en el cielo por defender el templo. 
El Trisca entró como un Miura en ese momento, como si hubiera estado esperando el instante exacto para meter el pitón:
—¿Qué pasa, maños? ¿Ya estáis hablando del obispo influencer? Que yo lo he visto en la tele y parecía el concejal de turismo: “Todo lo que sea marketing es bueno”. Marketing… ¡Si Santa Ana levantara la cabeza, le daba un síncope! 
El tío Caldú le lanzó una mirada que podría partir una piedra:
—Trisca… no me provoques. Que esto no es cosa de chistes. Es una provocación en toda regla. Y el obispo de Las Palmas tan tranquilo, diciendo que no tiene problema. Claro que no tiene problema: el problema lo tenemos los demás, que por estar bajo la autoridad religiosa y moral de ese memo, hemos de recurrir a la autoridad civil para poder entrar en la iglesia.
El Trisca se sentó, se sirvió un vinito peleón y bajó un tanto el tono:
—Yo sólo digo una cosa: cuando un obispo empieza a hablar como un político, malo. Y cuando empieza a hablar como un político de pacotilla, como los de ahora, peor.
El Aurelio, que había estado rumiando algo, dejó el diario y miró al sargento.
Y el sargento sentenció como si fuera a dictar una orden:
—Un obispo que no protesta ante una provocación así… Un obispo que equipara la catedral a una playa… hipernudista. Un obispo que se preocupa más por la foto que por la fe… Ese obispo ha dejado de ser obispo, ha tirado al cieno la mitra, el báculo y el anillo.
Hizo entonces una pausa larga para tomar aire: 
—Y cuando el pastor renuncia, las ovejas quedan a merced de cualquiera. Y cualquiera hace lo que quiere: se desnuda, se pinta, se fotografía, se reivindica… y todo eso delante del templo, con el beneplácito del que debía custodiarlo.
 El tío Caldú se levantó despacio, como quien va a pronunciar un veredicto:
—Yo lo digo como lo siento: Mazuelos se ha hecho político de atar, del tipo que la ordenanza no quiere: de bajeza. Ha renunciado a proclamar la doctrina católica. Ha permitido sin protesta una provocación ante la catedral. Ha convertido el templo en decorado y ha aplaudido la performance gay con las dos orejas. Y ha llamado a eso marketing. ¿Qué le pasa a ese pobre hombre?
Se volvió hacia el Aurelio y le dijo:
—Y eso, Aurelio, eso sí que no es marketing: es una vergüenza. Una desvergüenza que pesa más que todos esos cuerpos pintados juntos. ¿No se da cuenta, ese pobre hombre, que esos 500 cuerpos a las puertas de la catedral, lo que hacen es exhibir su episcopal y desvergonzada desnudez? ¿Es que no lo ve?  
Un espeso silencio caía sobre La Bellota. Y, poco a poco, fuimos saliendo taciturnos.
Sólo se oía el ventilador, girando tristemente sobre nuestras cabezas, como si se quejase y rezase por todos.
El Cojo de Calanda 

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