Al culto del hombre que se ha hecho a sí mismo Dios, la Iglesia opone el culto del Dios hecho hombre.
A la ausencia de Dios en el mundo, la Iglesia opone la presencia Real en el altar.
A la banalidad y esterilidad del mal, la Iglesia opone la maravillosa Cruz que da vida.
A la maquinaria sacrificial del liberalismo, la Iglesia opone el único y liberador Sacrificio del Calvario.
Al imperio del Príncipe de este mundo, la Iglesia opone el Reino de los cielos que irrumpe.
A los inútiles lamentos y a los sueños humanísticos, la Iglesia opone sus poderosos Sacramentos de vida y muerte.
A la hueca monotonía del materialismo, la Iglesia opone la adoración y vigilancia de ejércitos de ángeles, cada uno de su propia especie, con su voz propia de alabanza.
Al nihilismo centrado en sí mismo, la Iglesia opone los únicos seres humanos que son plenamente verdaderos, los santos.
A la adoración de la voluntad libre, la Iglesia opone el servicio de la caridad.
A la obsesión con la actividad, la Iglesia opone el inescrutable poder del descanso a los pies de Cristo.
A la comunicación instantánea, la Iglesia opone la comunión intemporal.
A la búsqueda de la novedad y la irrelevancia, la Iglesia opone su perpetua novedad y esencial justicia.
A las sofocantes autolimitaciones del arte moderno, la Iglesia opone la grandeza y la creatividad de las artes que alimenta en su seno.

Al ruido del mundo moderno, la Iglesia opone la silenciosa pequeña voz de Dios.
A la cacofonía del sonido amplificado, la Iglesia opone el imperturbable sonido de su oración.
A los enervantes clichés de la música mundana, la Iglesia opone la elevadora pureza de su canto llano.
A la inundación de palabras vacías y de imágenes inconstantes, la Iglesia opone una Palabra de infinita densidad y un conjunto de símbolos estables.
A los sofocantes placeres de una carne que termina en gusanos, la Iglesia opone el vuelo de la contemplación y la gloria de la resurrección.
Al mortal tedio de la vida sin Dios, la Iglesia opone el perderse en Cristo y el encontrarse en Él.
A la ideología del Progreso y la insensata modernización, la Iglesia opone la inagotable fructificación de la Tradición inmemorial.
Si existiese un grupo de personas que se autodenominara Iglesia pero no se opusiera al mundo en todas esas formas, sabríamos que no es ni puede ser la inmaculada Esposa de Cristo, permanentemente unida a Él, imitadora de Él, fiel a Él: no se puede ser el Cuerpo Místico fundado y sostenido por Jesucristo, su Cabeza y Maestro. Esto puede ayudar a darnos cuenta de que la Iglesia es más pequeña, más como un resto, que lo que estábamos antes acostumbrados a pensar.
Y puede también motivarnos a darnos cuenta de la vida religiosa tradicional, en la que todas las características de la verdadera Iglesia, se concentran y cristalizan, encarnadas y exaltadas.
Mn. Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet






