El tío Caldú lo dijo el primero:
—Aquí hay gato encerrado. Con lo que hemos ensayado los tambores, y ni humo blanco ni papamóvil. Esto no es normal.
El tío Aurelio, que llevaba desde las nueve con el vaso en la mano “por si venía el Santo Padre”, asentía con gravedad:
—Yo he puesto la silla en la puerta desde las siete. Si llega a venir, me pilla preparado. Pero nada. Ni un guardia suelto. Ni un cura nervioso. Ni un helicóptero. Esto es un desprecio a la tradición y al paisanaje.
El Trisca, siempre enterado de todo, entró en La Bellota con aire de corresponsal de guerra:
—Que me lo ha dicho mi primo de Barcelona: el Papa está en la Sagrada Familia, bendiciendo una torre que parece un cohete. Y allí todos mirando para arriba como si fuera a despegar.
Nuestro benemérito sargento, que había servido en media España y presumía de conocer todos los protocolos, sentenció:
—Pues si no ha venido a Calanda es porque Juanjo no ha hecho bien los papeles. Aquí, si se le invita, se le recibe. Y si no se le invita, se le recibe igual. Pero venir, tenía que venir, maño.
Este pobrecico Cojo, que había estado escuchando en silencio, carraspeó:
—A ver, que yo he leído lo que ha dicho en Barcelona. Que la Sagrada Familia es un signo de unidad y concordia, que Gaudí era un arquitecto de fe, que la cruz ilumina la ciudad… Todo muy bonito, muy de postal.
Pero lo que importa es lo que no ha dicho.
El Trisca levantó una ceja:
—¿Y qué no ha dicho?
—Pues que mientras el pueblo mira a Cristo —respondí—, los obispos miran a los políticos, y el Papa en medio bailando junto a unos políticos corruptos económica y moralmente a los que nadie quiere pisar el juanete. Y así no hay quien se aclare.
El tío Caldú añadió:
—Yo he visto las imágenes. Allí estaban los reyes, los ministros, los de la Generalitat… todos muy formales. Pero cuando el Papa ha dicho eso de que “no se puede creer en Jesús y matar al inocente”, los políticos han puesto cara de “¿y este de qué habla?”.
Porque claro, ellos pagan los abortos y las eutanasias, pero no creen absolutamente en nada más que en su propio benefico. Eso es como predicarle a una piedra.
El sargento, que había seguido la misa por la tele del bar, intervino:
—Eso ha sido un brindis al sol, como decimos los castizos. Una verdad lanzada al aire, que cae donde cae. Pero caer, cae. Y más delante de quienes se creen dueños de la vida y de la muerte… El Papa en medio del fuego cruzado.
El tío Aurelio, que siempre busca la parte humana, suspiró:
—Yo al Papa lo he visto un poco perdido. Entre los obispos que no quieren líos, los políticos que quieren fotos y los fieles que quieren fe… ¿qué va a hacer el hombre?
Y yo, pobre de mí, asentía:
—Eso mismo. El pueblo mirando a Cristo, que es lo que toca. Los obispos mirando a los políticos, que es lo que no toca. Y el Papa en medio, sin saber si hablar claro o no, porque cada palabra suya la usan unos y otros para lo que les conviene.
— “La dona é mobile qual piuma al vento…”, cantaba la Amalia desde la barra mientras rascaba la mugre del paellero.
—¡Qué atrevida eres!, repuse yo… O más bien profética.
El Trisca, que no perdona una, remató:
—Pues si quiere claridad, que venga el Papa León a Calanda. Aquí le damos pal pelo, le decimos las cosas sin rodeos. Y si hace falta, se lo marcamos con el tambor. Y esa es la gran decepción: los bombos preparados para nada.
El tío Caldú señaló hacia la plaza:
—Mira que teníamos los bombos listos. Que si el Papa llega a aparecer por la carretera de Alcañiz, le montamos un recibimiento que no lo olvida en su vida. Pero nada. Se ha quedado en Barcelona, entre luces, drones y discursos mojigatos.
El sargento añadió:
—Y eso que aquí no tenemos drones, pero tenemos devoción. Y eso vale más.
Y este Cojo concluyó:
—Pues sí. Barcelona tendrá torres que brillan, discursos en catalán y castellano, fuegos de artificio que hasta parecen quemar el templo y políticos que aplauden sin saber por qué. Pero Calanda tiene fe, y eso no lo compra ningún ministerio por corrupto que esté.
El Trisca levantó entonces su copa de cazalla matarratas:
—Propongo un brindis, pero a la sombra: por el Papa, que ha dicho una verdad grande como la torre que ha bendecido.
El tío Aurelio añadió:
—Y por Calanda, que sigue esperando que algún día se acuerden de que aquí también sabemos mirar a Cristo.
Nuestro condecorado sargento masculló:
—Y por los obispos, a ver si un día miran menos a los políticos y más al Evangelio.
Y yo, cojeando como el que más, con mi fina ironía habitual, cerré la altisonante tertulia:
—Y si el Papa quiere venir, que venga. ¡Pero que avise! Que los tambores no se afinan solos, como piensan los obispos en su Ínsula Barataria.
El Cojo de Calanda


