Dicen, Santidad, que en uno de esos “aquí te pillo, aquí te mato” que le tienen preparado los periodistas a la salida de Castelgandolfo, le tiraron de la lengua y le hicieron decir algo así como que Su Santidad piensa en una Iglesia que se deje de tanta moral sexual, y se centre más en una moral social.
He de confesar, Santidad, que esas palabras suyas me descolocaron totalmente. Porque, de hecho, me sacaron de la idea que tenía yo de moral desde siempre. Bueno, la de san Agustín que, en sus Confesiones, nos habla del trabajo que le dieron los pecados de la carne, los que se ha propuesto aparcar la Iglesia, con el Sumo Pontífice a la cabeza.
Claro que estamos en una corriente de pensamiento, primero en el mundo (mayo del 68) y a continuación, como acto reflejo, en la Iglesia; una corriente en virtud de la cual, el concepto de moral ha de abandonar su foco puesto en la conducta sexual, para fijarse más en las conductas sociales. Y como si el numerosísimo funcionariado eclesiástico de tiempos del concilio, hubiese estado esperando estas doctrinas liberadoras, un gran número de sacerdotes y monjas abandonó la Iglesia: que de resultas quedó severamente mermada. Y entre los que se quedaron, predominó la doctrina de que la Iglesia tenía que renunciar a su moral sexual para armonizarse mejor con el mundo. Hasta conseguir, y lo consiguió, que ese “Novus ordo” moral tomase posesión de la Cátedra de san Pedro.
Mire, Santidad, eso de aparcar el contrato sexual, que es el átomo (la unidad básica, ya indivisible e irreductible a unidad menor) de toda sociedad, con el noble fin de subirse a estratosféricos contratos sociales, lo hizo ya uno de los padres de la Ilustración, Jean Jacques Rousseau, con su obra “El Contrato Social”. Precisamente él, mostró con su vida el desprecio que le merecía el previo “contrato sexual” y lo pisoteó sin piedad y sin humanidad alguna. Por eso me desazona profundamente que Su Santidad declare querer llevar la moral de la Iglesia por los despeñaderos de la inmoralidad sexual; es decir por el desprecio del sacrosanto contrato sexual (que en la Iglesia tiene el nombre y la forma sacramental de matrimonio); que pretenda abandonar este genial contrato para poner el foco en el Contrato Social, el que lleva hoy el mundo, pero barnizado de Evangelio.
Por cierto, no es necesario un altísimo coeficiente intelectual para comprender que si en la especie humana, al igual que en las demás especies, ha de haber normas morales (es decir ordenamiento de las costumbres =mores), éstas se han de reducir a los dos grandes ámbitos vitales: el de la alimentación y el de la reproducción. Por eso, es evidente que eliminar o rebajar las normas morales respecto a la conducta reproductiva, no deja de ser un disparate de campeonato. Aunque esa idea se le ocurra al mismo papa.
¿Quiere decir Su Santidad, que la humanidad (¡magnífica!) a la que guía la Iglesia, tiene que abandonar las antiguallas esas de la moral sexual, transformándola en profundidad para dedicarse a ese otro constructo de la moral social? ¿No será ésa la solución final en que habrán soñado para poner fin al horrendo problema de la inmoralidad sexual en que se ha enfangado la Iglesia? Muerto el perro, se acabó la rabia. Y no contentos con la abominable praxis sexual a que se han entregado un número excesivo de clérigos (empeñados, dicen, en la reeducación sexual en esas nuevas praxis, de los niños a ellos encomendados); ni contentos tampoco con la permisividad complaciente con que afrontan ese problema los responsables in vigilando, es decir los obispos (incluido el de Roma), se han decidido últimamente por “actualizar” la doctrina de la Iglesia al respecto. Para eso, y no para otra cosa, el papa Francisco puso al frente del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, a un cardenal harto conocido por sus obras del género. ¡Y ahí sigue! Ahí sigue con mando en plaza.
Tenemos, como no podía ser de otro modo, que al Novus ordo (y no importa que lo llamemos Nuevo Desorden, Nueva Arbitrariedad, Nuevo caos) en el campo litúrgico, le está siguiendo un Novus ordo moral: un nuevo desorden, un nuevo caos. Que no será, ni de lejos, la solución del problema moral en que se ha enfangado la Iglesia (pretendiendo con él su absolución general), sino la peor de las opciones.
Es ocioso recordarle a Su Santidad, porque es justo pensar que no lo necesita, que en los 2.000 años de historia de la Iglesia, es difícil encontrarse con sorpresas inesperadas procedentes incluso de la misma Iglesia. No hay más que ver las vicisitudes que ha sufrido la institución del papado, con algunos papas extremadamente indignos. El santo patrón de la orden religiosa a la que pertenece el papa, San Agustín, tuvo muy claro que la Iglesia estaba llamada a ser “la Ciudad de Dios” (permitidme que afine la traducción: no se trata de “ciudad”, de “obra civil” sino de “civilidad”, es decir de obra moral, de construcción moral del pueblo, de comportamiento), frente a “la ciudad del mundo”, que por ocuparse del poder y de la dominación, descuida totalmente la moral (como no se trate exclusivamente de “moral del sometimiento”, obviamente del pueblo, para ejercer el poder con mayor comodidad).
Tendemos a confundir con demasiada facilidad los momentos de inmoralidad sufridos por sociedades de una altísima moralidad, con la moralidad propia de esas sociedades; de manera que asignamos carácter de normalidad a lo que, para esas sociedades, eran tremendas anomalías. Eso nos ha ocurrido con Grecia y con Roma: la fácil inclinación de nuestra sociedad a las aberraciones sexuales, nos ha inducido a leer su historia moral como si en ella hubiese predominado el vicio. Y nada más lejos de la realidad. Tamaña distorsión histórica fue la que acabó con una institución tan bien asentada como las termas romanas. Fue la fuerte tendencia de un número cada vez mayor de usuarios de las termas, a convertirlas en lugares de desahogo sexual, saltándose las normas de la convivencia, lo que finalmente desacreditó esa institución, hasta el extremo de que sólo la frecuentaban los que buscaban sexo ocasional. La consiguiente condena de los baños públicos por inmorales, repercutió en una cultura moral contraria a los baños en Europa, que duró más de mil años. Es que el peso del sexo en las costumbres, no es un capricho moralista, sino una realidad potentísima de la que no podemos evadirnos. Ahí tenemos el ejemplo: por las razones que sea, cada vez son más los documentos “serios” de la Iglesia que se ocupan más de salvaguardar “los sexos”, que de la salvación eterna.
Por eso nos cuesta tanto entender ese empeño del papa León por desvincular la conducta sexual de lo que entendemos por moralidad. Santidad, que la sociedad más elemental, la de dos seres humanos, se construye a través del sexo: al que hasta la Iglesia se empeña en llamarlo “amor”. Y esa sociedad crece y se perfecciona, gracias al fruto del sexo.
Virtelius Temerarius


