ME LO TEMÍA: EL PAPA BENDECIRÁ LA TORRE DE BABEL

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Sí, claro, está eso de que las metáforas las carga el diablo. Me he enterado de que en el reciente desfile de las Fuerzas Armadas del reino de España, se frustró la ceremonia del izado de la bandera, que anduvo arrastrada por los suelos por no sé qué ridículo fallo mecánico, dejando el asunto realmente feo. ¿España por los suelos? ¿Nos dice esta infortunada imagen que tal como están las cosas, no hay manera de levantar a España? Si la bandera de España y sus avatares son la metáfora del devenir de la Nación, mal fario para esta “o mia patria, si bella e perduta”

Y, ¡vaya por Dios!, la semana pasada nos traía a colación nuestro Santo Padre León XIV, en la encíclica Magnífica humánitas, nada menos que el episodio bíblico de la Torre de Babel, ofreciéndonos como la cara opuesta de ese pasaje, la reconstrucción de las murallas de Jerusalén bajo el reinado y el liderazgo de Nehemías. Todo eso, a cuenta de la Inteligencia Artificial, que es de lo que va la encíclica. ¡Vaya metáforas!

Y resulta que un par de semanas después de esta evocación de la Torre de Babel, en la que se desató la confusión de las lenguas, viene a Barcelona a bendecir la llamada Torre de Jesucristo, de la Sagrada Familia, y se encuentra con que así de gratuitamente, la han convertido en una auténtica Torre de Babel. Una torre que se diría construida para liar y confundir las lenguas. En efecto, los que simultanean el amor a la “lengua propia de Cataluña” con el odio a la lengua propia de España, han puesto el grito en el cielo, por encima de la supuesta cruz que la corona, por las lenguas en que ha decidido la Santa Sede que bendecirá el papa esa torre. El conflicto ha saltado al difundir el Vaticano el misal que se seguirá en la misa y en la ceremonia de bendición, con precisión absoluta de la lengua en que se desarrollará cada momento de esa liturgia.

Porque, evidente de toda evidentísima evidencia, ni el viaje del papa a España (y sobre todo a Cataluña) es un viaje misionero o de evangelización, sino eminentemente político (y quien no lo vea ni lo entienda así, es porque ha decidido que en según qué cosas, ver y entender es muy perjudicial); ni la bendición de la torre más alta de la Sagrada Familia es un acto de neta significación religiosa; sino que sus constructores y los promotores de su “santificación” han tenido que discutir agriamente entre ellos, por ver en qué lengua sería más justo bendecirla. Y ahí andan a la greña la lengua propia de Cataluña contra la lengua propia de España, por ver en cuál de las dos pronunciará el papa más palabras. Conflicto tremendamente serio que ha enturbiado las aguas con que ha de ser bendecida. Y a todo eso, la lengua propia de la Iglesia ha quedado totalmente fuera de juego, visto el enorme poder de las dos lenguas en liza.
 

Como muy acertadamente reflexionaba un articulista, mal pensamiento tuvo la Iglesia al decidir que podía y debía prescindir de su lengua propia, el latín, que le permitía hablar con una sola lengua para todo el mundo. Y va y se le ocurre montar esa Babel cuando la tecnología del momento (los misales bilingües) superaban totalmente el inconveniente de la lengua litúrgica, cuyo valor y significación era intuido y sentido por la inmensa mayoría de los fieles: a los que, con los misales bilingües, se les dio la oportunidad de escuchar la lengua litúrgica entendiéndola en la propia lengua. De donde es fácil deducir que la adopción de las lenguas vernáculas en la liturgia, no tuvo motivaciones pastorales (puesto que estaba ya resuelto el problema pastoral), sino que fue un capítulo más del desmantelamiento de lo sagrado en la Iglesia. Más de medio siglo de lenguas vernáculas y desacralización de la liturgia, nos permiten ver con absoluta claridad, los profundos errores que inspiraron esas medidas dizque “pastorales”.

Pero lo más grave es que no para ahí la tremenda Babel en que se ha metido la Iglesia. Sobre la confusión de lenguas, edificada a partir de la renuncia “pastoral” a su lengua propia, se ha construido la confusión de doctrinas (también por motivos eminentemente “pastorales”); y ya, para rematar y completar la Babel eclesiástica, hemos llegado a la confusión de ritos y adoraciones: frente a la penosa decadencia del respeto y adoración a la Eucaristía (comunión a todo el mundo, sin ninguna clase de requisitos ni respeto), nos enfrentamos a la inclusión en la misa, de extrañas liturgias indigenistas. De nuevo es la “pastoral” lo que justifica tales desvaríos. Y por si algo le faltase a la Torre de Babel de la Nueva Iglesia de Cristo, con su altísima torre y todo, aparece el inmenso portón de la sinodalidad, abierto de par en par para dejar pasar la más tremenda confusión de doctrinas y de principios morales que han visto los siglos. ¿Y Nehemías el restaurador? Ni está ni se le espera en la programación más inmediata de la Iglesia. ¡Vaya metáfora!

Y claro, volviendo a la primitiva Babel, la de la confusión de lenguas, resulta que en el momento de la más alta tecnología traductora, cuando ya es posible escuchar en nuestra propia lengua lo que nos digan en cualquiera de las lenguas que se hablan en el mundo; cuando la tecnología ha llevado a la máxima perfección los dones de Pentecostés, en cuya virtud, “partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, y Capadocia, del Ponto y de Asia, frigios y pánfilos, egipcios, libios y cireneos, romanos y judíos, prosélitos, cretenses y árabes”, escuchaban a los apóstoles hablar en sus propias lenguas de las maravillas de Dios; pues resulta que justo en este momento en que la Inteligencia Artificial es capaz de hacernos escuchar lo que sea, cada uno en su idioma, vienen estos iluminados y se traen al papa de Roma para que bendiga esta Torre de Babel tremendamente confundida entre dos lenguas, tras dejar fuera de combate a la lengua madre, que además es (era) la lengua de la Iglesia.


Esta es obra de eclesiásticos de todo pelaje, seducidos por políticos de todo género y condición, empeñados en lidiar por que el papa bendiga en una u otra lengua la gran Torre de Babel que edificaron para elevar a lo más alto esa magnífica humanidad, tan pagada de sí misma, sobre la que nos adoctrina el papa en su encíclica.

Y resulta que ni rezando el Padrenuestro rezamos lo mismo: las traducciones de cada Conferencia Episcopal son una auténtica Babel. ¡Con lo bello, inteligible y universal que es el Paternóster! Pues no, en la gran ceremonia no se cantará el Paternóster, sino el “Pare Nostre”, con el galimatías ése que no está claro si habla de culpas o de deudas.

En fin, que no está en su mejor momento la Iglesia que ha decidido celebrar su más alta torre, coronada con una cruz que según el estilo que se lleva, exhibe un volumen que la excede: con más brazos de la cuenta, restándole autenticidad. Es que la Iglesia de hoy prefiere verdades poco definidas, que no les cierren el paso a las verdades propias de la Babel en que ha plantado su tienda.

Virtelius Temerarius  

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