BREVÍSIMA ENCÍCLICA SOBRE LA DIGNIDAD HUMANA en el VETUS ORDO

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 Deus qui humanae substantiae Dignitatem mirabiliter condidisti et mirabilius refortmasti, da nobis per huius aquae et vini mysterium, eius divinitatis esse consortes, qui humanitatis nostrae fieri dignatus est particeps, Jesus Christus Filius Tuus Dóminus Nóster. Qui tecum vivit et regnat in unitate Spíritus Sancti Deus, per ómnia saécula saeculórum. Amen.

Al leer la encíclica sobre la Dignidad humana, no puedo evitar que me resuenen estas palabras del ofertorio del Vetus ordo, que aluden explícitamente a la dignidad humana: Deus qui humanae substantiae dignitatem mirabíliter condidisti et mirabilius reformasti. “Dios que admirablemente fundaste la dignidad de la sustancia humana y más admirablemente la reformaste…”! Y cuando acabo de leer completa la oración, me pregunto: ¿Acaso no está bien claro aquí lo esencial sobre la dignidad humana? ¿Para qué necesitábamos, pues, una encíclica con ese título? ¿No sería, acaso, para justificar la eliminación de esta otra clarísima “encíclica” sobre la dignidad humana en la “Nueva” misa? En tres líneas dice lo esencial. Porque esa eliminación (de hecho, de una sola línea, para evitar la alusión al pecado original y a la consiguiente Redención) le da un tremendo revolcón a la doctrina milenaria de la Iglesia. Es eso, ¿no? Los últimos documentos salidos del Dicasterio para la defensa de la Fe (¡y cómo va creciendo el montón!) se están dedicando a fondo a ese trabajo.

Y es evidentísimo que la teología que resplandece en esta invocación del ofertorio del Vetus ordo (que al pasar al Novus ordo se dejó por el camino la parte más conflictiva de la teología sobre la dignidad humana); es evidente, digo, que no coincide con la teología que subyace en los dos últimos documentos evacuados por el Dicasterio para la doctrina de la Fe: la encíclica Magnífica humánitas y la Declaración Dignitas infinita en que se sustentó ésta. En efecto, en estos dos documentos conectados, no aparecen por ningún lugar los dos polares de la Dignidad humana y de la Magnífica Humanidad, que son la Creación del hombre y su Redención (necesaria a causa del pecado original). Lo que nos queda en esos documentos y en el Novus ordo es una humanidad que ha dejado como anécdotas irrelevantes su creación por Dios (Deus qui mirabíliter condidisti) y su restauración por Jesucristo (et mirabilius reformasti). Esos documentos tratan de una humanidad sin su cimiento en Dios y su Redención en Jesucristo. 

Pues bien, cada vez que oigo entre las oraciones silenciosas del ofertorio de la misa en latín, la invocación “Deus qui humanae substantiae dignitatem mirabíliter condidisti et mirabilus reformasti…, que tengo memorizada desde cuando éste era el rito único de la misa; cada vez que oigo esta invocación del sacerdote, veo ahí una lección de teología mucho más clara y transparente que los chorros de tinta que ha empleado el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, en adoctrinarnos sobre los descubrimientos de la novísima teología dedicada a celebrar la “infinita dignidad” humana y su magnificencia: a la que rinde culto la Nueva Iglesia.  

 
Para dejar bien cerrada esta argumentación, intento traducir esa invocación, a ver si consigo hacerlo sin torcer para nada su sentido. “Dios que admirablemente fundaste (recuerdo, respecto al “condidisti” el “ab urbe cóndita” del calendario romano) la dignidad de la sustancia humana (la sustancia en oposición a accidente/s, es decir la “esencia”, la “naturaleza”), y más admirablemente (mirabilius) reformaste…
 
Hasta aquí, queda claro que Dios tuvo que “reformar” (¿volver a formar?) la naturaleza humana creada (condidisti) por Él mismo; pero que se había corrompido (por el pecado original). Dios interviene primero en la Creación, y luego en la Redención del hombre (denominado en la encíclica en cuestión, “humanidad” por no incurrir en incorrección de género). La humana substantia es, finalmente, lo que llamamos la esencia del hombre, es decir el hombre (cuya substantia es la humánitas, es decir el conjunto de caracteres distintivos del hombre; no el conjunto de los seres humanos). 

Y continúa la oración: da nobis per huius aquae et vini mysterium, eius divinitatis esse consortes, qui humanitatis nostrae fieri dignatus est particeps, Jesus Christus Filius Tuus Dóminus Nóster. Danos, por el misterio de esta agua y vino, ser consortes (gozar conjuntamente la suerte) de la divinidad de aquel que se dignó hacerse partícipe de nuestra humanidad, Jesús Cristo Hijo Tuyo, Señor Nuestro.  

¿Y cómo ha quedado esa Dignidad de la Humana Sustancia, admirablemente creada por Dios y más admirablemente redimida? ¿Cómo ha quedado en el Novus ordo? ¡Pues vaya con las casualidades! Casualmente ha desaparecido. Era un texto enredoso, que dejaba muy en el aire eso de la dignidad de la humanidad sin matices; así que los benefactores del acercamiento de la liturgia a su comprensión y aceptación por el pueblo de Dios, decidieron que era imprescindible eliminar esa muy discreta y velada alusión al pecado original, que hizo que la naturaleza humana, admirablemente creada y dotada de dignidad por Dios, necesitase ser reparada mediante la Redención. 
 

De modo que, una vez expurgado y pasado a las lenguas vernáculas, el texto quedó como sigue: “El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”. Esto es lo que ha quedado en el Novus ordo, del Deus qui humanae substantiae dignitatem mirabíliter condidisti et mirabilius reformasti, da nobis per huius aquae et vini mysterium eius divinitatis esse consortes qui humanitatis nostrae fieri dignatus est particeps, Iesus Christus Filius Tuus Dóminus Noster, qui tecum vivit et regnat in unitate Spíritus Sancti Deus per ómnia saécula saeculórum. Amen.

Ese texto en lengua vernácula va precedido por la invocación: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad (no queda claro si lo que recibimos es el pan o el trabajo) y ahora te presentamos. Él sea para nosotros, pan de vida”. A lo que el pueblo responde: “Bendito seas por siempre, Señor”. Y en cuanto a “Él”, parece que se refiere sólo al “pan”.

Y a continuación viene el texto de “El agua unida al vino, sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”.  Totalmente simplificado (y rebajado) el elaboradísimo texto latino.

Además de la eliminación de la alusión a la Redención (eliminando así la indirecta al pecado original), el texto del Novus ordo pasa del “concédenos ser partícipes de la divinidad de quien ha querido compartir nuestra condición humana”, al “signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”. Pasamos, en efecto, de la invocación (da nobis, danos) al Dios que quiso compartir nuestra condición humana, a la expresión del deseo (sea) de que “el agua unida al vino sea”; y no directamente nuestra participación, sino “signo de”, “signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”. Muy evidentes las rebajas. 

No sé si los textos históricos consolidados (¿cómo calificarlos?) de la misa, tienen valor magisterial, dogmático, encíclico o algo parecido. Pero es una lástima comprobar que se ha hecho jirones una túnica tan bien tejida, y que en la operación de ajustarla a la “nueva” teología, muchos de esos jirones se han perdido por el camino.

Virtelius Temerarius   

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