Es muy lamentable constatar que mientras vivimos en un mundo en el que hay un gran número de colectivos que aman identificarse (en realidad, lo hacen con orgullo) sobre su pertenencia o su tendencia, está prácticamente ausente la exhibición de la pertenencia a la Iglesia católica. O en el mejor de los casos, es llevada con suma discreción. Llevar una cruz al cuello, y mucho menos un escapulario, es algo muy poco común. Y mucho menos común, santiguarse al salir de casa o al pasar ante una iglesia. Pero eso va con la modernidad. En la generación de nuestros abuelos, éstas eran cosas muy comunes.
Nos enfrentaremos pronto a un fenómeno singular: la visita del papa a Barcelona, Madrid, y Canarias. Ciertamente hay un público (muy exiguo en cuanto a porcentaje de la población total, dicen que mayoritariamente católica) con grandes deseos de recibir al papa y estar con él. Hay también un público católico, mucho más minoritario, que no quiere verlo ni en pintura. Y finalmente, unos sujetos totalmente agnósticos (y entre ellos, algunos decididamente anticatólicos), que no quieren perder la oportunidad de ser vistos junto a un gran líder, de los que cortan el bacalao: por lo que puedan sacar de provechoso para ellos. Muchos de ellos, dispuestos a invertir cantidades de dinero en la creación de esa imagen de eclecticismo religioso, que tan elegantemente se lleva hoy: hasta el papa luce este estilo. De hecho, los últimos papas. Y como hay mercado para esto, la Iglesia ha puesto a la venta la mayor o menor cercanía al papa. Con la seguridad absoluta de que, de esa cercanía al papa, a nadie se le ocurrirá deducir que se trata de una señal de pertenencia a la Iglesia.
Tan cierto es esto, que los organizadores de aquí (dicen que, en realidad, es del Vaticano de donde salen las órdenes) han montado una especie de subasta de la cercanía al papa con la respectiva foto, de manera que es finalmente quien más paga, quien más cerca quedará del papa. Y es ya público y notorio que serán las autoridades civiles (conocidas por su agnosticismo unas, y por su visceral anticatolicismo otras), serán las autoridades civiles, digo, las que gozarán de la mayor cercanía al papa. Sin experimentar el menor temor de que a alguien se le ocurra interpretar esa cercanía como prueba de adhesión o fidelidad a lo que religiosamente representa el papa.
Mientras se lleva con orgullo la pertenencia a tal o cual club de fútbol (se exhibe incluso en camisetas, gorras, bufandas, y más: algo así está previsto montar para la visita del papa), se oculta vergonzantemente la pertenencia a la Iglesia y la correspondiente práctica religiosa. Incluso en un acontecimiento tan sonado como éste. Y ya no digamos cómo, los del orgullo por antonomasia, predican lo suyo y lo enaltecen todo lo que pueden, haciendo gala de pertinacia y hasta de impertinencia. Predican, nada menos, desde Alemania al mismísimo Vaticano (grupo de estudio 9), que la homosexualidad es un don de Dios a los cristianos que la viven con amor; un don que Dios se ha dignado conceder hasta a la misma Iglesia. Es decir, que también la Iglesia se ha de incorporar gozosa al Orgullo (como ya hizo en el reciente Jubileo, exhibiendo ese Orgullo nada menos que en la basílica de San Pedro, la sede del obispo-jefe de los católicos.
Ni siquiera se considera importante ese espíritu de pertenencia, en el colectivo líder de los consagrados y las consagradas, es decir en el clero (alto y bajo) y en las órdenes religiosas tanto masculinas como femeninas. Desde que se promulgó el inicio de la decadencia del catolicismo (dicen que fue en el Vaticano II; pero eso fue el derrumbe, que las grietas venían de mucho antes), toda esa élite católica decidió que lo prudente era arrumbar los signos externos que señalaban a estas personas como líderes gozosos de la Iglesia de Jesucristo. Llevaban con orgullo sus respectivos uniformas corporativos (que hoy apenas se ven ya). Incómodos signos de pertenencia. Hoy el orgullo se emplea en otras creencias y praxis.
Bueno, y ya lo que nos faltaba, la obsesión de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, por afirmar su pertenencia a la Iglesia católica, ante la amenaza del Prefecto Guardián de la Fe, de expulsarlos de la Iglesia mediante la excomunión, por empeñarse en ordenar obispos sin la anuencia del papa: como en China, donde ese requisito no es necesario.
El momento es difícil para la Iglesia (por dentro); no en cambio, para montar cualquier exhibición. Todo el mundo da por descontado que ni todos los que estén en los actos públicos del papa serán católicos, del mismo modo que no todos los que flanquean las procesiones del orgullo gay son adictos de ese colectivo. Un espectáculo, al fin y al cabo,
Sé de bastantes católicos auténticos que no van a aparecer, los días de la visita, por donde pase el papa. Es que, por más que se esté haciendo en la Santa Sede (en la curia vaticana) por negar que la Iglesia está profundamente dividida en cuestiones vitales de todo tipo (doctrinales, pastorales, litúrgicas, organizativas), lo único que falta son los decretos que oficialicen esas divisiones (en lenguaje eclesiástico, “cismas”) promovidas por la misma Santa Sede: como en el caso de la fiducia suplicante para abrirles los brazos a los promotores de los más audaces géneros de matrimonio y a su exigencia de que la Iglesia los bendiga a todos-todos-todos, igual que bendice a los matrimonios de toda la vida; y con igual solemnidad.
Pues sí, la división que hay a este respecto en la Iglesia es profundísima, marcadísima e indisimulable. Los que están a favor de esa diversificación del matrimonio, conscientes de que los vientos les han soplado a favor gracias al anterior pontífice, sin que el actual haya considerado oportuno dar un volantazo y cambiar el rumbo, se volcarán para estar tan junto a él, que sienta su presencia y su apoyo. Es bastante posible que, si se vieron las banderas arcoíris en el Vaticano, se vean también en la Sagrada Familia o en algún otro acto público, porque les consta que por convicción o por cálculo, el papa (la curia) no les hace ascos a esas exhibiciones de catolicismo arcoíris. Por eso, los de la cofradía se arrimarán al papa con sus símbolos tanto como puedan.
Pero enfrente tendremos los que no están dispuestos a hacer transacciones ni consensos de ningún tipo con respecto a esos temas. Y de éstos, hay muchos que procurarán estar lejos de esas contaminaciones. En efecto, a partir de ahí, la Iglesia ha dejado de ser UNA. Y encima, en una cuestión que es cualquier cosa menos SANTA.
Y claro, si el papa (este papa) se presenta como el signo visible de “esa” unidad, es lo más esperable que quienes no se sienten adecuadamente representados por el papa León en esta y en otras cuestiones, no sientan el menor deseo de hacerle sentir su respaldo y su adhesión. Porque no hay tal. Y ya sólo faltaba que un órgano innegablemente vaticano como es el grupo de trabajo nº 9 del Sínodo de la Sinodalidad, haya escrito en un documento con membrete vaticano que la homosexualidad es un don de Dios. Y el papa, paseando por el mundo su profunda santidad.
Así es muy difícil que todos los católicos se sientan igualmente representados por el papa León. Y más difícil aún, que se sientan identificados con la Iglesia que él presenta como una, santa y católica, desde su condición de Sumo Pontífice de la misma. Nos guste o no, él representa la imagen real de la Iglesia católica, la que tenemos a la vista. Y la exhibe por el mundo. Los de la Fiducia suplicante también son su Iglesia.
Virtelius Temerarius



