Magníficat ánima mea Hóminem, et exultavit spíritus meus in Hómine salutiari meo
Engrandece mi alma al Hombre, y exultó mi espíritu en el hombre, mi salvador
He de confesar que ya el título ¡tan atrevido! de esta encíclica, me echó para atrás. ¿Una encíclica del nuevo papa, dedicada a la exaltación del hombre? ¿Y declarando en el subtítulo que su objeto es tratar sobre la custodia o salvaguarda del “hombre” (versión alemana) o de la “persona humana” (versión española) en el tiempo de la Inteligencia Artificial? ¡Como para fiarse por las buenas! Y encima, es la primera de León XIV. ¡Con la carga intencional y hasta programática que puede llevar consigo! La verdad es que no encaja que la primera y más urgente preocupación de este papa sea salvar al mundo (y no sólo a los católicos) de los peligros de la Inteligencia Artificial. ¿Y eso estando la Iglesia hecha unos zorros? ¡Con el trabajo hercúleo de limpiar la Iglesia por dentro! Infinitamente más urgente y más arduo que el de limpiar las montañas de estiércol acumulado en los establos de Augías. No, claro, limpiar establos no da gloria.
Pues sí, he de confesar que entré en esta encíclica con total desconfianza. Ese principio me daba muy mala espina. Me hacía temer que “la Iglesia” (su estructura de poder) se mudaba oficial y solemnemente del teocentrismo (variedad cristocéntrica) que la había caracterizado a lo largo de su dilatada historia, al más provocador antropocentrismo. La primera gran preocupación de la Iglesia de León XIV, el hombre. No, claro, no el Dios hecho hombre (eso está ya muy visto), ni el hombre nuevo cantado por Nietzsche, (vade retro!), sino el hombre-máquina que se está gestando en el mundo. El que toca hoy es el hombre del futuro, formado por un yo (y como mucho un tú) que no alcanzarán a salirse de su individualidad, por más que se multiplique: que para eso están las máquinas. Cada tú y cada yo con su individual discernimiento, eficazmente auxiliado por la Inteligencia Artificial. Sin más metafísica (esencialidad) de fondo, que la que nace de los ceros y los unos.
En efecto, lo que con mayor resplandor luce en la Magnífica humánitas (¡vaya título!) es el escandaloso complejo de la Iglesia ante el mundo. En realidad, su rendición incondicional al mundo. Y a las demás religiones, a las que trata en plano de igualdad. La primera, en la frente: no se atreve ya a usar el latín. Se conforma con un título chapucero para encontrarse luego a cada paso con tropiezos severos: como que de la cívitas latina a la ciudad en romance, hay un abismo. Así es muy difícil entendernos. Eso da pie con todo derecho a la relatividad de la doctrina (máxima novedad de la Magnífica humánitas): la relatividad del hombre, de Dios y de la Iglesia haciendo cuerpo y ganando peso. Y, por supuesto, ¡faltaría más!, la relatividad de la verdad. Obviamente, a partir de ahí, cada uno entenderá la encíclica en su lengua, con los matices propios de la misma, y con la filosofía subyacente. Nada dogmático, claro está. Son tiempos de Inteligencia Artificial. ¡Es lo que hay!
Y tal como empieza, así termina: “Encomiendo este deseo a la Madre de Cristo, a la mujer del Magníficat, para que acompañe nuestros pasos en el presente que cambia, y custodie en cada uno de nosotros la confianza en el Evangelio, de modo que podamos testimoniar la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios.” Con un par de extrañas singularidades. Sí, ciertamente remata la encíclica con los parágrafos 243, 244 y 245 dedicados a la Virgen María, para decir de ella que es la “Madre de Cristo” (no es nada inocente esa rebaja desde el altísimo título de “Madre de Dios”), sin más atributos, como no sea el de “la mujer del Magníficat” en vez de la “Mujer Magnífica” coronando la “Magnífica Humanidad. Sí, claro, claro, claro: Magníficat ánima mea Hóminem: Engrandece mi alma al hombre. Tampoco era cuestión de magnificar en exceso a “la mujer del Magníficat”, no fuera a hacerle sombra a la “Magnífica Humanidad”, que es la gran protagonista de la encíclica. Y, por cierto, en latín humánitas no es, ni nunca lo ha sido, el conjunto de los seres humanos, sino el conjunto de las características que distinguen al homo, al ser humano, tras pasar por el adjetivo humanus. Eso fue así para Cicerón y para Séneca. Pero, ¡pobres!, el latín no era lo suyo.
No nos engañemos, que ya tenemos cubierto el cupo de engaños. Magnifica el alma de la encíclica al hombre, y se alegró su espíritu en el hombre que es su salvación. El inicio de la encíclica, espléndido: “La magnífica humanidad que Dios ha creado, se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel (no se referirá Su Santidad a la altísima torre de la Sagrada Familia que viene a bendecir, ¿no?) o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos.” (esa ciudad no es la Iglesia, que en esta misma encíclica se echa a un lado autodescartándose). Es que la Iglesia que ha de gobernar León XIV está peor que la Jerusalén de la cautividad, mucho peor. No le basta un Nehemías para reconstruir sus murallas, porque no las quiere. La distinguirían y separarían del mundo. Y hoy, no es lo que toca.
Por si no estuviese claro el título, viene el subtítulo a clarificar su sentido: Sobre la custodia (Bewahrung, safeguarding, protection, salvaguarda) de la persona humana (en versión española) des Menschen =del hombre (en versión alemana) en el tiempo de la inteligencia artificial. En el título y en el subtítulo, está claro que tanto el sujeto como el objeto de la encíclica, es el hombre. Y ya de entrada, la humanidad es magnífica, pese a su tremendo tropiezo en el pecado original, nombrado de pasada y sin detenerse en sus calamitosas consecuencias, capaces de arruinar tamaña magnificencia humana.
¿Edificar la ciudad (¡claro, en latín hubiese dicho “cívitas”, que ni de lejos es lo mismo que ciudad) donde Dios y la humanidad habiten juntos? ¿Pero de verdad lo último que ha parido el Vaticano de la Fiducia Suplicante, son los materiales más adecuados para edificar la ciudad en que Dios y la humanidad habiten juntos? ¡Pero si el Vaticano ha expulsado a Dios de la “Casa de Dios”, de la liturgia, del dogma y hasta de la moral!
No es mi intención, en esta primera aproximación a la encíclica, entrar en su extenso contenido. Me he limitado a expresar el impacto que me ha causado su extraño título, que se confirma rigurosamente en el final. Buscaré ocasión de zambullirme en ella.
Virtelius Temerarius


