El 19 de julio de
1943, aviones estadounidenses bombardearon Roma por primera vez durante la
Segunda Guerra Mundial. Más de tres mil personas perdieron la vida en el ataque
que devastó el barrio de San Lorenzo y la estación de Tiburtina. Lo que sucedió
después quedó grabado en la historia como uno de los gestos más emblemáticos
del papado moderno: apenas a las 17:20 de esa tarde, cuando las bombas aún no
habían dejado de caer, Pío XII salió del Vaticano como una flecha, despreciando
cualquier preocupación por su seguridad. El Santo Padre caminó entre las ruinas
con los brazos abiertos, consolando a su pueblo, manchando su sotana blanca con
la sangre de los heridos. Aquel gesto no fue mera propaganda ni teatro piadoso.
Fue el ejercicio de una autoridad moral que el mundo entero —incluidas las
potencias beligerantes— reconocía y respetaba.
Ochenta y tres años después, en abril de 2026,
contemplamos un panorama radicalmente distinto. El actual pontífice León XIV, sucesor de Francisco, emite declaraciones que apenas
trascienden los muros vaticanos. Sus llamamientos a la paz se pierden en el
ruido mediático como murmullo insignificante. Y cuando Donald Trump, de regreso
a la Casa Blanca, ignora olímpicamente las súplicas papales sobre el fin de las
hostilidades en Irán o en Gaza, nadie se sorprende. El contraste es brutal y
merece un análisis sereno.
Eugenio Pacelli,
Pío XII, heredó el papado en uno de los momentos más oscuros de la historia
europea: los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial. Sin ejércitos, sin
territorios significativos tras los Pactos de Letrán, sin más armas que su
palabra y su prestigio, logró lo que parecía imposible: que Roma fuera
declarada "ciudad abierta" y que los bombardeos aliados cesaran sobre
la Ciudad Eterna. Su autoridad no descansaba en divisiones militares —como
irónicamente preguntara Stalin sobre el Papa— sino en algo mucho más poderoso:
el reconocimiento universal de su legitimidad moral. Cuando Pío XII apareció
entre las ruinas de San Lorenzo, no fue un gesto calculado de relaciones
públicas. Fue la manifestación visible de una realidad invisible: el Papa
hablaba desde una autoridad que trascendía lo político. Roosevelt, Churchill,
incluso Hitler, sabían que ignorar completamente al Pontífice tenía un coste.
No porque temieran excomuniones medievales, sino porque millones de católicos
—y no pocos no católicos— consideraban que la voz del Papa representaba algo
más elevado que los intereses nacionales o las ideologías en pugna. Pío XII
permaneció hora y media entre los escombros, bendiciendo, consolando,
preguntando por las víctimas.
L'Osservatore
Romano registró sus palabras de consuelo ante "el indescriptible
sufrimiento de tantas familias trágicamente privadas de sus seres
queridos". No eran palabras huecas. Eran el ejercicio de un ministerio que
el mundo reconocía: el de ser padre común, voz de la conciencia, defensor de
los inocentes e indefensos. Y ese reconocimiento se tradujo en hechos
concretos: Roma fue respetada, en la medida de lo posible, por los
contendientes.
Avancemos ahora hasta
nuestros días. León XIV ha multiplicado los llamamientos a la paz en Ucrania,
en Tierra Santa, en África e Irán. Todo ello, sin duda, forma parte de la
doctrina social de la Iglesia. Pero hay un problema: nadie le hace caso. Y
cuando digo nadie, me refiero a quienes detentan el poder real. El caso más
flagrante es Donald Trump.
Durante su
segundo mandato, el presidente estadounidense ha ignorado sistemáticamente las
peticiones vaticanas. Cuando León XIV pidió clemencia para los inmigrantes
irregulares, Trump endureció las deportaciones. Cuando el Papa suplicó
moderación en las tensiones comerciales, Trump impuso nuevos aranceles. Cuando
el Vaticano intentó mediar en conflictos internacionales, Washington ni
siquiera respondió a las llamadas. Y lo más humillante: Trump ha
"chuleado" públicamente al Papa, tratándolo como un actor político
más, uno bastante irrelevante por cierto. ¿Qué ha cambiado? No es sólo que
Trump sea Trump. Es que la autoridad pontificia se ha erosionado hasta niveles
alarmantes. Y las causas son múltiples.
Por un lado, la
politización del papado. Cuando el Papa se pronuncia constantemente sobre
cuestiones políticas contingentes —desde modelos económicos, cambios climáticos
y hasta políticas migratorias concretas— deja de ser percibido como voz
profética y pasa a ser visto como un actor político más. Y en ese terreno, el
Vaticano juega con desventaja: no tiene fuerza militar ni presupuestos
billonarios. Por otro, la pérdida de coherencia interna. Pío XII hablaba con
una Iglesia unida detrás. Hoy, León XIV habla mientras amplios sectores del
catolicismo —desde obispos hasta laicos— cuestionan abiertamente su magisterio
y hasta su persona. Cuando el propio rebaño desconfía de su pastor, ¿por qué
habría de hacerlo el mundo?
También está la
crisis de credibilidad moral. Los escándalos de abusos, potenciados y
amplificados por los enemigos de la Iglesia, las corruptelas financieras
vaticanas, las ambigüedades doctrinales, la Pachamama y la sinodalidad, han
minado la autoridad moral de la institución.
Pío XII podía
hablar desde la altura moral porque, con todos sus defectos y controversias
históricas, representaba una Iglesia que el mundo percibía como doctrinalmente
seria y moralmente sana. ¿Puede decirse lo mismo
hoy?
Ciertamente vivimos en una época que rechaza
instintivamente toda autoridad trascendente. La voz del Papa todavía competía
en 1943 con la de Hitler, Stalin, y Roosevelt. Hoy compite con millones de
influencers, algoritmos y burbujas informativas. El ruido ha ahogado la palabra.
¿Es posible recuperar la autoridad perdida?
La pregunta que
nos queda es dolorosa pero necesaria: ¿puede el papado recuperar la autoridad moral
que Pío XII ejerció aquel 19 de julio de 1943? La respuesta no es sencilla. No
se trata de nostalgia por un pasado idealizado. Pío XII tuvo sus propias
controversias, y la Iglesia de entonces no era ningún paraíso. Pero había algo
que funcionaba: cuando el Papa hablaba, el mundo escuchaba. No siempre
obedecía, pero escuchaba. Hoy ni siquiera eso.
Recuperar esa
autoridad exigiría, en primer lugar, recuperar la coherencia: que el Papa hable
menos de política contingente y más de verdades eternas. Que cuando hable de
paz, lo haga desde la doctrina de la Iglesia,
exigiendo siempre respeto hacia el liderazgo religioso, y la vida de los civiles inocentes; no
desde el mero pacifismo ideológico. Que cuando denuncie injusticias, lo haga
con la misma firmeza hacia todos los bandos.
Exigiría también recuperar la unidad: que la
Iglesia se presente ante el mundo como cuerpo cohesionado en la inmutable
Verdad del Evangelio, no como una federación de facciones en guerra permanente.
Exigiría recuperar el sincero anhelo de la santidad: que el Vaticano sea
percibido como lugar de virtud heroica, no de intrigas palaciegas y chanchullos
financieros. Y exigiría, finalmente, aceptar que la autoridad moral no se
impone ni se reclama: se reconoce.
Pío XII no tuvo que exigir que le escucharan.
Le escucharon porque representaba algo que el mundo, incluso en guerra,
reconocía como superior.
Mientras Donald
Trump chulea al Papa y el mundo sigue su camino, indiferente a las súplicas
vaticanas, vale la pena recordar aquella imagen de 1943: un Papa con los brazos
abiertos entre las ruinas, la multitud dolorida rodeándole, la sotana manchada con
la sangre de muertos y heridos, ejerciendo una autoridad que no necesitaba ojivas
nucleares para hacerse respetar: “Que el buen Dios – exclamó - transforme un
dolor tan grande en una fuerza espiritual y moral igualmente grande”. Y bendijo
a los presentes, a sus familias, a toda la ciudad de Roma… Y los americanos “liberadores” no volvieron a
bombardear; y Roma fue declarada “ciudad abierta”. ¿Seguro que en el ámbito de responsabilidad moral del
papado, no ha habido durante el pontificado de León XIV bombardeos más graves
que el del barrio romano de San Lorenzo en 1943, durante el papado de Pío XII?
Ese es el papado
que el mundo necesita. Y ese es, precisamente, el que hemos perdido.
Gerásimo
Fillat


