Este pobre
tullido entró un soleado mediodía de abril en La Bellota con el paso torcido de
siempre, pero con una expresión que anunciaba que algo grave había pasado. En
el bar estaban en ese momento los de costumbre: el tío Caldú, que discutía
incluso con los manteles; Aurelio, que llevaba un misal del 62 como otros
llevan un arma; Emilio de Pinseque, alias Trisca, que hablaba poco pero veía
claro; y el viejo sargento, que fumaba caliqueños como si cada uno fuera un
acto penitencial.
Sobre la barra,
entre el porrón y un plato de torreznos, alguien había dejado el móvil con un
texto que ya ardía por todo el mundo. El Cojo lo leyó en voz alta, sin adornos:
“El papa León es
débil… Me gusta más su hermano Louis… No quiero un papa que piense que está
bien que Irán tenga un arma nuclear… León debería estar agradecido… Solo lo
pusieron ahí por ser estadounidense… Si no estuviera en la Casa Blanca, Leo no
estaría en el Vaticano… La Iglesia tuvo miedo durante el COVID… Cerraron
templos… El papa debería usar el sentido común y dejar de comportarse como un
político…” Firmado: Donald J. Trump.
Cuando terminó,
el silencio fue tan espeso que ni el humo del oloroso puraco del sargento podía
atravesarlo.
El tío Caldú fue
el primero en romper el silencio.
—Pues mira
—dijo—, que un presidente diga estas cosas del papa es feo. Pero más feo es que
tenga razón en lo del COVID.
Aurelio levantó
la vista del ya vetusto misal, que leía con morbosa fruición.
—Eso es lo que
más escuece. Que desde fuera recuerden lo que dentro queremos olvidar: que la
Iglesia, tan valiente ahora para opinar de todo, entonces bajó la cabeza y
cerró templos sin rechistar.
El sargento, que
había visto más obediencias ciegas que un cuartel, añadió:
—Yo lo viví.
Iglesias cerradas, sacerdotes multados, fieles tratados como delincuentes por
rezar al aire libre, asalto de la
policía a la catedral cuando celebraba el obispo… Y ahora resulta que un
presidente lo recuerda mejor que los obispos.
Yo asentía con
cierto repelús, porque la cosa no era pa menos.
—La memoria es
corta -dije-cuando conviene. Pero hay cosas que no se borran. Y que alguien de
fuera lo diga… eso duele más que cualquier crítica interna.
Trisca, que
hablaba poco pero pensaba mucho, murmuró:
—Ahora sí que
somos valientes. Ahora se habla de política, de fronteras, de economía, de
ecología, de todo. Pero cuando había que defender la misa, se cerró la puerta y
no lo hizo precisamente el gobierno… Cuando ya no hay riesgo, nos venimos
arriba.
El tío Aurelio
añadió:
—Y no solo se
cerró. Se justificó. Se aplaudió. Se bendijo por los mismos obispos, que
tomaron la iniciativa cuando nadie les pedía nada. Y ahora nos extraña que
alguien lo recuerde.
El tío Caldú
golpeó la barra:
—¡Eso es lo que
me fastidia! Que un presidente diga lo
que ningún obispo se atreve a decir: que la Iglesia tuvo miedo. Y que ese miedo
la hizo obedecer más al BOE que al Evangelio de Cristo.
Este Cojo volvió
a mirar el móvil:
—Pero lo más
serio no es lo del COVID —dije—. Lo más serio es esto: “Si yo no estuviera en
la Casa Blanca, Leo no estaría en el Vaticano”.
Nuestro sargento
dejó de fumar un segundo, lo cual era señal de alarma:
—Eso es dinamita.
No por lo que diga del presidente, sino por lo que implica sobre el papa.
Porque si alguien puede insinuar que un pontífice está ahí por cálculo
político, es que la imagen del papado está muy tocada.
El Aurelio
añadió:
—Y eso no lo ha
provocado un presidente. Eso lo ha provocado la propia Iglesia, que lleva años
jugando a la política como si fuera un parlamento… sinodal. Y ahora León dice, en el avión que le llevaba
a África, que ¡no tiene miedo a Trump! Igual a ese no, claro, que es un payaso.
¡A Netanyahu sí que le tiene miedo! A ese que sabe todo de todos… ¡también de
ellos! Y para muestra un botón: Ni Pío XII, ni el rabino Zolli, ni Isabel la
Católica están canonizados simplemente porque a Netanyahu y a su Estado no le
gustan. Cuando los papas se comportan
como políticos, no pueden quejarse de que los traten como tales.
Trisca sentenció:
—Eso no lo decía
nadie desde Napoleón…
Este Cojo se
apoyó cansino en la barra y gruñó:
—Mirad, que un
presidente critique al papa no es nuevo. Ha pasado siempre. Lo inquietante es
que ahora esas críticas encuentran eco porque la Iglesia ha perdido la autoridad
moral.
El señor sargento
asintió.
—Cuando la
Iglesia cierra templos por miedo, cuando calla donde debería hablar y habla
donde no le toca, cuando se mete en política y descuida la fe… entonces
cualquiera se atreve a corregirla.
El tío Caldú,
bastante taciturno, añadió:
—Y lo peor es que
muchos fieles, en silencio, pensamos lo mismo. Que la Iglesia se ha vuelto
frágil. Que se ha vuelto incoherente. Que ha perdido el norte.
Y Caldú pidió
otra ronda.
—Yo no sé de
geopolítica —dijo—. Pero sí sé que un papa no puede ser percibido como un actor
político más. Porque entonces pierde lo único que tiene: autoridad y el
liderazgo moral.
El sargento
añadió:
—Y cuando un
presidente dice que el papa debería “usar el sentido común”… eso es un bofetón.
Pero un bofetón que la Iglesia se ha ganado a pulso.
Trisca concluyó:
—El problema no
es lo que él dice. El problema es que puede decirlo sin que nadie se
escandalice.
Entonces este cojico
se levantó lo más discretamente que pudo, apoyándose en su bastón.
—¿A dónde vas,
maño? —preguntó el viejo sargento.
—A casa
—respondió el Cojo—. A rezar un rosario por el papa León XIV. Que falta le
hace. Y también por la Iglesia, que ha olvidado lo que es ser valiente. Y por
los que creen que pueden nombrar papas desde un despacho.
—¿Y por nosotros?
—preguntó Aurelio.
El Cojo sonrió.
—Por vosotros
también. Que si no rezo yo, veo que parece no rezar nadie.
Salí del bar con
una mueca de tristeza, mientras en la televisión del fondo un tertuliano
gritaba sobre política internacional y otro sobre moral cristiana. Nadie les
escuchaba. En La Bellota, como en la vida, las cosas importantes se deciden
entre un porrón, un caliqueño y una conversación que mezcla fe, memoria y
sentido común.
Porque, al final,
lo que decía este Cojo es la pura verdad:
Cuando un presidente recuerda a la Iglesia lo que la Iglesia quiere
olvidar, el problema no es el presidente. El problema es la Iglesia.
El Cojo de
Calanda


