Europa ya no tiene hijos, veo en la tele y constantemente leo en la prensa. ¿Ah, sí? ¿Acaso no nos habíamos dado cuenta? Los asilos de ancianos están desbordados y las guarderías languidecen, las áreas para perros se equipan con fuentes de agua potable y en los parques infantiles se zigzaguea entre jeringas y porros. Leo el artículo, parece que están en aumento las familias dink “dual income, no kids” o sea “cero hijos, dos sueldos, en primer lugar los intereses personales”. Finalmente normalizamos esto, respiro aliviado. Parece que este síndrome de Peter Pan al menos es coherente: a la falta de ganas de hacerse adulto se une la incapacidad de mentir. Ahora ni siquiera intentamos culpar ya a los bajos sueldos, a la inflación, a los fascistas, al patriarcado, al cambio climático, al plástico en los océanos. Ahora el niño de tres años dentro de nosotros admite con franqueza que aún no ha terminado su fase egocéntrica, centrada en sí mismo, que normalmente debería terminar al mismo tiempo que deja los pañales.
Ahí está, el yo prepotente que nunca se ha silenciado y que no puede despegarse del espejo. Además, pensándolo bien, nadie se lo pide.
No me malinterpretéis, no tengo interés en dar juicios morales. Tener hijos no es mérito ni orgullo; la mayor parte del tiempo, seamos sinceros, es un esfuerzo monstruoso que nadie espera cuando decide que ha llegado el momento de procrear.
Mi irritación no nace de la cuestión de los hijos, sino de los “intereses personales”, porque justo aquí, entre estas dos palabras, está el problema. ¿Realmente esta nuestra sociedad agonizante puede hacernos asociar nuestros intereses con la libertad? Pues bien, estamos convencidos de que el fútbol de mesa, el yoga y el aperitivo con los amigos son oxígeno para el alma sin darnos cuenta de que en realidad son nuestro panem et circenses. Nos han hecho creer que estamos mejor cuando tenemos espacio para llenar con una avalancha de cosas vacías, para no llenarlo con lo que realmente importa, que no necesariamente se resume en la familia del anuncio de Turrones el Almendro, pero un esfuerzo cualquiera para salir de nosotros mismos.
“Intereses personales”: dos palabras, un escalofrío que recorre la espalda. Reflexiono mejor sobre la cuestión y me irrito aún más. El problema ni siquiera son los “intereses personales”, que aseguro se pueden cultivar también en familia y quizá compartir con quien se ama, sino ese “en primer lugar”.
Es la mentira, el elefante en la habitación del que nadie se da cuenta: que la felicidad está dentro de nosotros, que se enrolla sobre nosotros, que se proyecta desde nosotros y que vuelve a nosotros. Y sin embargo, con la felicidad y con la libertad no tenemos nada que ver, nada en sentido literal, porque nuestra beatitud comienza cuando nosotros terminamos, cuando nos apartamos. A veces comienza, piensa un poco, cuando nos descuidamos, cuando no nos perdemos en considerarnos a nosotros mismos porque hay otra cosa. Otra cosa que merece ser cuidada, ser escuchada, ser vista. Y cuando volvemos a nosotros mismos, nos damos cuenta de que necesitamos menos espacio del que pensábamos, de que de todo ese yo que ocupamos no sabemos qué hacer, nos sobra.
De hecho, es como darnos cuenta de que tenemos demasiada ropa en el armario y empezar a deshacernos de ella, para poner orden (declutter, como dicen ahora en jerga minimalista). La realidad es que el minimalismo tan de moda debería explicarse que tener menos solo es mejor cuando somos nosotros los que somos menos pesados, porque si la casa vacía sirve para que los gritos de nuestro ego resuenen, entonces sería mejor llenarla para enterrarla dentro.
Yo, yo, yo, al final: con tanto con poco, con fútbol o sin, con hijos o sin. Porque incluso cuando tener descendencia significa proyectarse en el cuerpo de un niño, el problema no solo permanece, sino cien veces más y, desafortunadamente, no es solo un defecto psicológico que corregir, sino también una carencia espiritual que debe ser cubierta.
Parafraseando a Tolstoi en Guerra y Paz, a veces con los hijos, sobre todo con los primeros, se tiene la pretensión de hacer un trabajo extraordinario. Y así aquí estamos de nuevo, nosotros con nuestros hijos extraordinarios porque extraordinario es nuestro método educativo, es decir, nosotros mismos. Aquí están los delfines de Francia que no comen azúcares, no ven dibujos animados y a veces ni siquiera van a la escuela porque nosotros, los padres, sabemos hacer todo mejor, incluso explicar matemáticas. Nosotros podemos hacer cualquier cosa, ser cualquier cosa para nuestros hijos y nuestra familia: maestros, animadores, censores, pero también psicólogos. Todo. Porque el resto del mundo no es como nosotros, digámoslo, el resto del mundo huele a mediocridad y adolece de poca pureza.
Y convencidos de nuestra fantasticidad, criamos a esta bonita familia disfuncional y, hay que decirlo, matriarcal, porque parece que las mujeres aman visceralmente eso de sacrificarse, pero solo para proyectarse en otra cosa.
Así que el yo se esconde en todas partes, que está en todas partes, y cualquiera que tenga la presunción de estar exento de estas cuestiones se equivoca. Vean, el problema no es la familia DINK (Double Income, No Kids - Doble Ingreso, Sin Hijos) no son los intereses personales, el número de hijos o cuántos aperitivos se toman al mes. El problema es que dentro de nosotros tenemos una manzana podridísima alimentada por la sociedad del yo, que solo se vence con el esfuerzo de desaparecer cada día más para encontrarse cada noche un poco más despreciativos.
Que a veces significa ser mediocre y menos eficiente, otras veces significa en cambio esforzarse más y en silencio, otras veces aún significa dejar que las cosas sigan su curso sin tener que controlarlas. Porque en el fondo de nuestra alma hay un pequeño dios que es enemigo del Dios todopoderoso y que se vence con la entrega y con la paciencia, que hacen que la mirada sea más clara y nos hacen darnos cuenta de que a nuestro alrededor hay muchas otras personas y sobre nosotros hay un hermoso cielo azul que no pide más que ser amado.
Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet





