LA VERDAD SIN ANESTESIA

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En La Bellota de Calanda, la partida de guiñote estaba que ardía. Tío Caldú, con el caliqueño medio apagado en la comisura de los labios y el vaso de vino tinto ya por la mitad, repartía las cartas como si estuviera echando a los demonios de una procesión. A su derecha, Aurelio, el de siempre, con las mangas remangadas y el bigote lleno de migas de pan con chorizo, y enfrente el de Pinseque, que venía de Zaragoza, pero se había hecho de aquí porque en Calanda se come mejor y se habla claro.
 
Anda, Caldú, tira ya, que me tienes en ascuas —gruñó Aurelio mientras se rascaba la tripa.
    
El tío Caldú soltó un bufido que parecía un tractor viejo.
 
—Que tiro, que tiro… Pero antes dime tú, Aurelio, ¿has leído lo que se cuece en Barcelona? Porque yo, con estos ojos que Dios me ha dao, que no sé si son bendición o castigo, veo que la cosa está más podrida que un melocotón en agosto. El lobby rosa se ha metido en las iglesias como la polilla en la lana de la abuela. Y no me digáis que exagero, cojines. Allí cerquita de la Plaza España, en las parroquias a donde van los currantes del barrio, los curas parecen más preocupados por llevar la sotana con remilgado estilo, que por dar catequesis. Allí, en la Curia, se tolera de todo. De todo. Ya me entendéis. Y nadie dice ni mu.
 

El de Pinseque soltó una carcajada seca y tiró un as de oros que dejó la mesa en silencio un segundo.
 
—Calla, calla, Caldú, que yo también lo he oído. Y no sólo en Sants. En el Ensanche, en esas parroquias, las que están en pleno barrio de los señoritos y los pisos caros, pasa tres cuartos de lo mismo. Allí el clero parece que va de fiesta continua: perfume, pantalones de piquillo y ¡hasta leggins! El estilo rosa se lleva con una sonrisa y un “pobrecitos, son así”. ¡Así! Como si fuera una gripe que se cura con paracetamol y un padrenuestro. Pero que no se te ocurra que un cura se líe con una moza de verdad, de las que tienen lo que hay que tener, ¡la madre que los parió! Entonces sí que saltan los obispos como chinches. Entonces viene la dureza, el traslado fulminante, el escándalo público y el “esto no puede ser”. ¿Por qué? Porque una mujer es un problema “grave”, “escandaloso”, “contra natura sacerdotalis”. Una mujer exige y hasta ¡se puede quedar embarazada! Pero un cura arrimándose en la sacristía a un mocetón… eso es “acompañamiento”, “diálogo” y “misión pastoral”. Y si además es ya mayor de edad, pelillos a la mar. ¡Menudos caraduras!
 
Aurelio recogió la baza con un rey de bastos y miró a los otros dos con esa cara de quien ha visto mundo y no le gusta lo que ve.
 
—Mirad, yo no soy de ir a Barcelona ni aunque me paguen el AVE, pero tengo un primo que es sacristán en una iglesia de por allí y me cuenta cosas que ni en el cine. Hay algún cura joven que parece sacado de un anuncio de colonia, con el pelo engominado y la voz aflautada, organiza “encuentros de jóvenes”, que más parecen bailes de disfraces que misa. Y el obispo, calladito. En el Ensanche, la cosa es más fina, más “intelectual”. Allí el lobby rosa va de sotana bordada y discurso sinodal. “La Iglesia tiene que ser inclusiva”, dicen. Inclusiva de narices, sí. Inclusiva hasta que una monja se queda preñada o un cura se fuga con una feligresa. Entonces sí que hay carta pastoral, investigación y “medidas drásticas”. Pero si es entre ellos… silencio de radio. Silencio bendito y hasta protección jurídica y material. Como si el demonio hubiera pactado con el Vaticano y les hubiera dicho: “Vosotros tapadme esto y yo os dejo en paz con lo otro”.
 
 
Tío Caldú apuró su vaso de cazalla de un trago y dio un manotazo en la mesa que hizo bailar los naipes.
 
—Pues eso es lo que me revienta, maño. Porque yo soy de la vieja guardia. Ya me entendéis: De cuando si un cura era cura y sarasa, si quería serlo, se lo callaba y punto. Y lo escondía bien escondido. Y se iba donde no le conocieran. Ahora, el lobby rosa se ha infiltrado como el agua en las grietas de las rocas para acabar reventándolas. En Barcelona, en la curia, en las parroquias… y el papa ese que teníamos, con sus “todos, todos, todos”, les daba alas. Hasta el Vaticano huele desde hace tiempo a Aqua di Parma… Y mientras, las buenas familias de siempre, las que van a misa de verdad, las que crían hijos como Dios manda, se quedan con la cara larga y el rosario en la mano. ¿Y qué hacen los obispos? Nada de nada. O peor: mirar para otro lado y decir que “es un tema complejo”. ¡Complejo, mis narices! Es traición. Traición a la fe y a la caridad, que ha de llamar siempre a la conversión del pecador. Traición a la Iglesia de siempre, a la que fundó Cristo, no a la que inventan en los sínodos de pacotilla.
 
El de Pinseque repartió otra mano y sonrió con malicia.
 
—Total, que mientras en Calanda seguimos jugando al guiñote y diciendo las cosas por su nombre, en Barcelona parte del clero parece participar de un continuo desfile del Orgullo Gay con incienso. En Sants y en el Ensanche, ya se sabe. Y si viene una mujer por medio… ¡zas! Al paredón. Pero si es el lobby rosa… “hermanos, dialoguemos”. Pues dialogad vosotros, que yo me quedo aquí, en La Bellota, con mis cartas y mi vino, que al menos aquí no me engañan.
 
Tío Caldú asintió, tiró un tres de copas y remató:
 
—Y que conste que no digo nombres. Ni falta que hace. Los que saben, saben. Y los que no… que sigan leyendo Germinans Germinabit, que allí siguen germinando, maño, aunque los quieran podar.
 
El tío Rebullida, que fue sargento del puesto de la Guardia Civil, terció en el incendio:
 
-A ciertos obispos (y no me refiero al de Madrid, que es otro culebrón) siempre les han gustado los bujarrones guapines. Acostumbran a ser finos, educados, extremadamente serviles y en los seminarios triunfan. Parece que en las altas esferas eclesiásticas odian a los tipos viriles… Hasta nuestro paisano, Federico, el de Orihuela del Tremedal, dijo en esradio, ya hace tiempo, que hay un cardenal en España que vive con su novio. Y nadie todavía ni le ha denunciado ni le ha desmentido. No al cardenal, que parece tener baraka para hacer lo que le sale de las narices, ¡sino a Federico!
 
La partida siguió en silencio. El humo de los cigarrillos pendía sobre nuestras cabezas, hasta el punto de subir al techo. Y en el bar La Bellota de Calanda, como siempre, se dijo la verdad sin anestesia. Porque en Aragón, y sobre todo en Calanda, todavía queda quien no se ha tragado el cuento del lobby rosa ni de la “tolerancia” selectiva. Porque aquí todavía somos como nuestros padres. ¡Y que Dios los tenga en su gloria! Amén.
 
El Cojo de Calanda

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