La Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal, presidida por el obispo de Solsona, Francisco Conesa, publicó el pasado 3 de marzo una nota doctrinal titulada Cor ad cor loquitur, dedicada al papel de las emociones en el acto de fe. El documento se manifiesta en términos severos, casi clínicos, al describir al creyente emotivista como un sujeto fragmentado, desorientado y entregado a una fe superficial, dependiente de sensaciones pasajeras.
Al leerlo, me brotó una primera conclusión: se acaban de cargar el Rocío. Porque si hay una expresión de fe atravesada por la emoción, es esa. Más aún: la imagen de los almonteños saltando la reja condensa una intensidad religiosa difícilmente compatible con el corsé racionalista que parece exigir la nota episcopal.
El documento, eso sí, juega a no dar nombres. Los exégetas han tenido que interpretar a quién va dirigida. Es verdad que, al inicio, se refiere a “signos que indican un renacer de la fe cristiana, especialmente entre los jóvenes de la llamada generación Z, aquellos nativos digitales nacidos entre mediados de los 90 y la primera década del año 2000”. Esa única alusión y otra referida al “surgimiento de diversas iniciativas de primer anuncio” han bastado para que todas las miradas apunten a los mismos: Hakuna, Emaús, Effetá y Bartimeo, aunque solo los dos últimos sean de primer anuncio. Curiosamente, ninguno de los cuatro aparece citado en los 39 puntos del texto.
El cardenal Omella en la celebración de los 10 años de Effetá en la Sagrada Familia
La diana, en cualquier caso, es evidente: los jóvenes. Y en especial los jóvenes desequilibrados por el emotivismo religioso, que podrán pertenecer a hermandades de Semana Santa, a Cursillos de Cristiandad, a comunidades neo-catecumenales, a Taizé o a grupos kumbayás, aunque estos últimos estén en vías de extinción.
La paradoja de la tesis de Conesa resulta difícil de soslayar: en un contexto de secularización acelerada, cuando la Iglesia lleva décadas perdiendo relevancia social y capacidad de convocatoria, uno de los pocos espacios donde se ha remontado la caída -la religiosidad juvenil- pasa a ser objeto de sospecha. Como si hubiera que hacerla pasar por una simple moda y no una tendencia.
Pero sucede que los jóvenes se mueven. Y lo hacen hacia lugares distintos a los de sus padres -no digo a los de sus abuelos (que en esa franja de edad se hallarían los obispos)-, donde buscan señas de identidad y refugio. Normalmente, por convicción y, quizá, por curiosidad y ganas de reconocerse en algo propio. Aún más: la fe antes se heredaba por familia, territorio y costumbre. Ahora ya no es exactamente así. Fruto de ese indiscutible cambio se explica que, por ejemplo, en Francia se haya experimentado un incremento del 45 % en el bautismo de adultos.
No podemos dejar la religión católica como una pieza de museo. Para conectar con la juventud precisa de autenticidad y comunidad. La fe ha de ser para ellos un sentido que crea su propia comunidad. Y si han escogido el camino que más les atrae, y este está teñido de un “emotivismo” que también ha estado presente en otras fórmulas, no debemos ahora anatematizarlos. ¿Los queremos alejar, cuando la querencia ya es una realidad?
Luego habrá gustos para todos. Particularmente las adoraciones eucarísticas paralitúrgicas no me parecen apropiadas. Pero tampoco son los desmanes más graves que suceden en nuestros templos. Aparte, hay un sinfín de adoraciones eucarísticas según cánones que congregan a un gran número de jóvenes. Tampoco las misas kikas se ajustan al rigor litúrgico y han sido celebradas por papas y obispos. No digamos las de la Renovación Carismática.
Con los problemas de calado que afronta la Iglesia en España -pérdida de fieles, irrelevancia pública, carencia de vocaciones- que, en ese contexto, una de las prioridades de la jerarquía sea advertir contra “el emotivismo religioso juvenil” dice más del problema que de la solución.
Y todo ello, además, desde una cómoda ambigüedad: se insinúa, se desliza, se advierte… pero no se actúa. Porque, en el fondo, saben que no pueden prescindir de esos mismos grupos a los que ahora miran con recelo.
Oriol Trillas



https://www.conferenciaepiscopal.es/nota-doctrinal-papel-emociones-fe/
ResponderEliminarhttps://www.elnacional.cat/ca/opinio/kumbaias-emotivisme-espiritual-vicenc-pedret_1613121_102.html
ResponderEliminar"No podemos dejar la religión católica como una pieza de museo."
ResponderEliminarNo piensan así los jóvenes que se sienten atraídos por la Misa tradicional en latín y por otras tradiciones de la Iglesia.
ResponderEliminarHakuna, Emaús, Effetá y Bartimeo
Estos cuatro términos se refieren a
movimientos y retiros espirituales católicos que han ganado gran popularidad recientemente, especialmente entre jóvenes y adultos que buscan una vivencia de la fe más testimonial y emocional.
Aunque comparten el objetivo de facilitar un encuentro personal con Dios a través de retiros de fin de semana, cada uno tiene su propio enfoque y público:
Emaús: Son retiros testimoniales de un fin de semana dirigidos principalmente a adultos (hombres y mujeres por separado). Se basan en el pasaje bíblico del camino a Emaús y buscan que los "caminantes" descubran el amor de Dios en sus vidas cotidianas.
Effetá: Es la versión para jóvenes (normalmente entre 18 y 30 años) del camino de Emaús. El nombre significa "ábrete" y el retiro está organizado por jóvenes para otros jóvenes, enfocándose en retomar la unión con la Iglesia desde lo sencillo.
Hakuna: Más que un solo retiro, es un movimiento o asociación de fieles impulsado por el sacerdote José Pedro Manglano. Es muy conocido por su música, sus "Horas Santas" (adoraciones eucarísticas) y su fuerte presencia en redes sociales como TikTok e Instagram.
Bartimeo: Son retiros dirigidos a adolescentes o jóvenes (en edades más tempranas que Effetá, a menudo vinculados a la etapa escolar o universitaria). Se inspiran en el ciego Bartimeo para invitar a los participantes a "abrir los ojos" y reconocer a Jesús en su camino.
Características comunes de estos retiros
Secreto: El contenido de las actividades se mantiene en secreto para que cada participante viva la experiencia con sorpresa y asombro.
Testimoniales: Se basan en experiencias de vida contadas por personas laicas más que en charlas teóricas o doctrinales.
Primer Anuncio: Están diseñados como un "primer encuentro" o reencuentro con la fe para personas que se han alejado de la Iglesia o que buscan profundizar en ella.