Evidentemente,
las palabras tienen su propia fuerza. Una fuerza que con frecuencia se impone
al significado más o menos arbitrario que hayamos decidido darles en este
momento. Es el caso de la palabra “mártir”, cuyo núcleo significativo no es lo
que entendemos hoy, y desde hace siglos, por mártir y martirio, sino el de
“testimonio” de la fe que se profesa. Un testimonio tan recio e inamovible, que
no recula ni ante la muerte. Por eso, el significado que le damos, es una
evidente metonimia en que nombramos la parte (el desenlace de la muerte) por el
todo (la firmeza del testimonio); o el efecto (la muerte) por su causa (la persistencia
en el testimonio de la fe).
La
llamada guerra civil española (la del 36 del siglo XX) estuvo sembrada de
mártires: porque en ella se produjo una feroz persecución religiosa, la de los
católicos por parte de una “opción religiosa” (a fuer de antirreligiosa) rabiosamente
opuesta al catolicismo sólidamente implantado en España. Fue al ateísmo
soviético contra el catolicismo español, que aún conservaba a esas alturas de
la historia, algunos de los caracteres propios de las teocracias. En efecto, la
fe, y sobre todo la moral católica, formaban parte consustancial del
ordenamiento político y del sentimiento social. Los miles de mártires que
produjo ese enfrentamiento entre las dos formas tan opuestas e irreconciliables
de entender España, afrontaron el martirio convencidos de que su inquebrantable
testimonio era vital para su salvación personal y la salvación de la patria.
Me
he permitido esta reflexión “politizada” de los mártires de la persecución
religiosa que desembocó en nuestra guerra civil, porque estamos viendo que en
la actual guerra de Occidente (Israel+Estados Unidos) contra los países del
área de expansión territorial del gran Israel, con Irán como guinda del pastel,
se invoca insistentemente como un alto valor religioso, el martirio de los
musulmanes caídos en esa feroz guerra. Es decir que en la trinchera islámica
son multitud los soldados dispuestos a luchar y a morir en defensa de sus
creencias, de las que forma parte inseparable su visión teocrática tanto de la
gobernación ordinaria, como de la extraordinaria en forma de guerra. Los que
desde la otra trinchera les están atacando son “infieles”, enemigos de Alá y de
su Profeta, dispuestos a exterminar la fe islámica y a todos sus seguidores.
Precisamente
abundando en la clave de martirio que están imprimiendo los musulmanes a esta
guerra, me impactó el comentario de un analista que consideraba muy verosímil
que la muerte del Ayatola Jamenei no fuese resultado de la gran pericia de los
servicios secretos de los atacantes, sino de una decidida voluntad de martirio,
que llevó a este líder religioso a seguir en el lugar en que habían celebrado
las últimas reuniones: sin mirar de despistar a los enemigos, sin ir a
esconderse en los búnqueres más profundos.
Las
razones de esta heroica decisión, decía el comentarista, eran la avanzada edad
del Ayatola, con un cáncer en progresión; y, sobre todo, las tensiones movidas
en torno a su liderazgo y a su sucesión, que confiaba en que quedasen neutralizadas
y sublimadas con su martirio. Y en efecto, según esta tesis, el ayatola no fue
sorprendido por sus enemigos, sino que decidió sacrificarse por su pueblo y por
su religión; de manera que, según esta lectura, el gran planificador del ataque
que acabó con la vida de Jamenei, no fue más que el brazo ejecutor que,
permitiéndolo Alá, les proveyó del mártir que necesitaban para darle a la
guerra un nuevo y más fecundo impulso. Bien, ésta no es más que una lectura
distinta, en clave religiosa, de uno de los episodios (quizá decisivos) de la
guerra de los dos mundos en conflicto.
Ha
de ser verdad eso de que la sangre de los mártires contribuye más a sostener la
fe del pueblo, que todas las estructuras jerárquicas y todas las riquezas y
todo el poder. Y esto es así no sólo en el cristianismo, sino también en el
islamismo. Porque la cuestión de fondo, la realidad profunda es que el auténtico
arsenal suplementario en esta guerra, que está inclinando la balanza de forma
totalmente inesperada en favor de los musulmanes, no son ni los drones ni los
misiles, ni tan siquiera la potencia económica, sino la fe. Una fe tan poderosa
que tiene la audacia de luchar contra el Goliat del momento. Pero luchar
heroicamente, convencidos de que con la muerte recibirán la corona del martirio.
Es la fe inquebrantable, la que hace posible lo que parece imposible, porque no
salen las cuentas. Los presidentes israelí y americano, hicieron unas cuentas
bastante razonables. Pero las cuentas no les salieron, porque no contaron con
la fe inquebrantable de los musulmanes. No tenemos más que ver la pública y
solemne manifestación de fe de los musulmanes, estén donde estén, con la
celebración de su Ramadán. Un impresionante espectáculo (es decir exhibición
desinhibida) de su fe. Nada que ver con la forma más bien acomplejada en que
los católicos llevamos la nuestra. Por no ofenderles a ellos (dicen nuestros
jerarcas y gobernantes) escondemos la cruz (ya desaparecida de Cáritas, la
mayor obra asistencial de la Iglesia católica) y ponemos sordina a nuestras
celebraciones religiosas. ¡Por no ofender al Islam!
¿Y
qué tenemos en el bando contrario? Un bando que, mal que nos pese, es el
cristiano. Las bajísimas reservas de fe, son nuestra mayor debilidad. La única
fe que cultivamos, sobre todo en el llamado primer mundo, es la fe en nosotros
mismos, en nuestra alta capacidad tecnológica y en nuestros recursos. Pero cuando
llega la confrontación entre una fe y otra, nuestra fe no redunda en moral de
combate. ¡Ni en broma! Esa pobrísima fe nos deja moralmente desarmados ante los
desharrapados que tenemos enfrente.
Y
aquí tenemos la otra cara de la moneda: a pesar de que los musulmanes se
dedican con entusiasmo, en algunos países, a proveernos de mártires cristianos,
poco aprecio hacemos de nuestros mártires (en torno a los 4.500 anuales). Un
recuerdo discreto de vez en cuando, unas palabras bien mesuradas, para no estar
hablando siempre de lo mismo (eso suena, ¿no?). Ellos, en cambio, no dejan de
ensalzar a sus mártires y de proclamar la excelencia del martirio. No hace
falta que nos imaginemos lo que harían ellos si las cosas fuesen al revés. En
efecto, no tenemos ni idea de cuánto de lo que se mueve en esta guerra, tiene
como principal motor la venganza (sí, sí, la venganza) por sus mártires. Tienen
claro-clarísimo, que los mártires islámicos no derraman su sangre en balde.
Pues como ocurrió siempre con los mártires cristianos: pero dejando en manos de
Dios la venganza.
Quizá
sea ésta la clave que nos dé cuenta de cómo hemos dejado en España que la
sangre de nuestros mártires del 36 se la tragase una tierra tan árida de fe
(sobre todo en el colectivo más intensamente martirizado), que no hay manera de
ver dónde están los frutos.
Virtelius Temerarius


