A media tarde, cuando el sol cae de
lado sobre la plaza y el aire huele a jamón recién cortado y la conversación fluye sin prisas, el bar La
Bellota vuelve a ser lo que siempre ha sido: el parlamento natural de Calanda.
Allí, entre vasos de vino del Bajo Aragón, potentes cazallas y el suave susurro
de las cartas del guiñote, se dicen más verdades que en muchas ruedas de prensa
episcopales.
Aquella tarde estábamos los de
siempre: el tío Caldú, que juega como si tuviera línea directa con San
Pancracio; Aurelio el maestro, que no perdona una falta de ortografía ni aunque
venga del BOE; y el tío Manolo de Pinseque, que habla poco pero, cuando abre la
boca, deja caer sentencias que harían temblar a un notario. Yo, el pobre cojico,
hacía de cronista involuntario, como quien toma notas para que no se pierda la
memoria de lo que se habla en los bares, que es donde se cocina la verdad
popular más intensa.
Aurelio fue el primero en sacar el
tema, agitando El País como si fuera un mantón de jota:
—¿Habéis visto esto? —dijo
señalando el titular—. “La Iglesia acepta el arbitraje del Estado para
indemnizar a las víctimas”. ¡Quién lo iba a decir!
El tío Caldú soltó una carcajada
que hizo temblar las fichas.
—¡Maño! Después de décadas diciendo
que ellos solos se bastaban, ahora resulta que el Defensor del Pueblo les tiene
que poner orden. Como cuando llamas al maestro porque los críos no se aclaran
en el recreo.
Y no le faltaba razón. Según la
noticia, la Iglesia española acepta que sea el Estado quien arbitre las
indemnizaciones a las víctimas de abusos, ¡incluso en los casos prescritos
judicialmente! Un gesto que algunos venden como transparencia y otros como
rendición. Y los de más allá,
como la muestra más patente de la total inanidad de la Iglesia: ha de ser el
gobierno el que lleve del ronzal a nuestros obispos. La media europea ronda los 35.000 euros por víctima,
pero aquí lo que ya no se discute es que la ronda la paga la Iglesia, pero la
indemnización la decidirá el Defensor del Pueblo. 72 millones se calculan para
cerca de 1000 presuntas victimas. Pero no serán los obispos, no, los que
pagarán. Seremos nosotros, los de misa de 12. Ellos fueron los que encubrían y
cambiaban de parroquia a esos pervertidos. ¡Cornudos por negligentes y ahora apaleados
por tontorrones!
El tío Manolo, que llevaba toda la
tarde callado, soltó una de las suyas:
—Cuando uno no quiere arreglar la
casa, al final viene el Ayuntamiento y te la declara en ruina. Lo que llama la
atención es que lo riguroso que es el Gobierno con la Iglesia en estos casos,
no se lo aplica a sí mismo en los suyos: colegios, institutos, clubes
deportivos y los centros de menores tutelados, donde hasta se han dado casos de
prostitución por parte de los mismos funcionarios. Ahí todo se ha tapado.
Indemnización, ninguna. El caso de Noelia, violada en un centro de tutela del Estado,
minusválida por un intento de suicido, y que ahora pide el matarile eutanásico por
depresión, es todo un ejemplo de cómo las gastan los amigos del Defensor del Pueblo cuando no les conviene asumir ninguna responsabilidad.
minusválida por un intento de suicido, y que ahora pide el matarile eutanásico por
depresión, es todo un ejemplo de cómo las gastan los amigos del Defensor del Pueblo cuando no les conviene asumir ninguna responsabilidad.
La Bellota hizo un respetuoso
silencio. Porque en Calanda, cuando habla el tío Manolo, hasta las moscas se
posan con cuidado.
Fue entonces cuando Caldú, que
tiene más información que un archivo diocesano y más parientes en Cataluña que
un patriarca bíblico, dejó caer el tema que nos traía a todos mosca desde hacía
tiempo:
—¿Y qué me decís del cura del
Guinardó en Barcelona, ese denunciado por un menor? Suspendido a divinis, sí… pero lleva más de dos
años viviendo tan ricamente en la casa parroquial. Y ahora el obispado le busca
piso y le paga la mudanza. ¡La mudanza!
Aurelio golpeó la mesa.
—¡Eso es lo que no entiendo! ¿No
dicen que están comprometidos con las víctimas? Pues a este señor lo tratan
mejor que a las víctimas y que a muchos sacerdotes que no han hecho nada tan malo.
Y
ahí entré yo, porque uno ya ha visto demasiadas cosas:
—D.
Juan José no puede controlarlo todo, eso es verdad. Pero la curia… ¡ay, la
curia! Esa sí que sabe proteger a los suyos. A algunos, claro. A los que
conviene. A los que tienen padrinos. A los que saben demasiado. A los que, por
lo que sea, no interesa dejar caer.
El
tío Manolo asintió despacio:
—En
la Iglesia, como en los pueblos, hay castas, élites y clanes tribales. Y hay
sotanas de primera y sotanas de saldo.
Nadie
se atrevió a contradecirlo. El silencio era realmente espeso.
Aurelio, que siempre lleva los datos como si
fuera un registrador de la propiedad, añadió:
—Y
mientras tanto, ¿qué pasa con el otro sacerdote? El de la parroquia que
demolieron para hacer una universidad. Ese sí que lo pagó caro. Se resistió,
supongo que mal el pobre, peor aconsejado quizás, defendió su templo y se
atrincheró con el Santísimo Sacramento expuesto solemnemente, y ¡zas! Varios
meses suspendido. Y ahora sin nombramiento oficial, viviendo en un piso de
alquiler. ¡Claro!, su caso era de mucha más gravedad… al menos para la curia.
El
tío Caldú levantó las cejas.
—¿Más
gravedad? ¡Natural! Porque ese sí que molestaba. Ese sí que hacía ruido. Ese sí
que podía poner en evidencia decisiones que venían de arriba. Y a esos, amigo
mío, no se les protege: se les aparta.
Y
este pobre Cojo añadió:
—Es
curioso: al acusado de abusos, piso gratis y mudanza pagada. Al que defiende,
mal que bien, su parroquia, suspensión y destierro. Si esto no es un doble
rasero, un agravio comparativo, que venga el Defensor del Pueblo y lo vea.
El
tío Manolo, que ya había terminado su coñac asaltaparapetos, concluyó la
tertulia con una frase que debería estar grabada en mármol:
—La
Iglesia puede aceptar el arbitraje del Estado para quedar bien, pero mientras
la curia siga protegiendo a unos y castigando a otros por inconfesables motivos,
no habrá justicia. Ni divina ni humana.
Y
ahí quedó la cosa. Porque en La Bellota no se arregla realmente el mundo pero,
al menos, se dice lo que muchos callan.
Y
mientras recogíamos silenciosamente la baraja del guiñote, pensé que quizá
algún día estas tertulias sirvan para algo más que para pasar la tarde. Quizá
sirvan para recordar que la verdad no siempre está en los comunicados
oficiales, sino en lo que se comenta aquí, entre amigos, donde tus paisanos,
Juanjo, hablan sin miedo: porque no sienten la amenaza de las sotanas
amoratadas.
Y
que, al final, la justicia —la de verdad— no necesita arbitrajes, sino
valentía. Como la de estos buenos calandinos.
El
Cojo de Calanda


