La
muerte violenta del ayatolá Alí Jamenei —figura politico-religiosa central del
régimen iraní durante décadas— ha sacudido Oriente Medio y ha reconfigurado, de
golpe, el tablero geopolítico. La reacción internacional ha sido inmediata:
condenas, celebraciones, acusaciones cruzadas y un clima de incertidumbre
(acrecentada por el “terrorismo quirúrgico”, que te permite matar con enorme
precisión a quien quieras), que recuerda a los momentos más tensos de la Guerra
Fría. En medio de este torbellino, muchos observadores han dirigido su mirada
hacia Roma, esperando una palabra clara del Papa León XIV. Porque se necesitará
una nueva ética, digo yo, para este novísimo terrorismo quirúrgico.
Pero
esa palabra no ha llegado. El silencio del Pontífice ha sorprendido incluso a
quienes conocen bien la prudencia tradicional de la diplomacia vaticana. No se
trata solo de que el Papa no haya condenado el asesinato —algo que, en sí mismo,
podría interpretarse como cautela diplomática—, sino de que tampoco ha
aprovechado la ocasión para recordar públicamente su respeto por las otras
religiones, justo cuando se ha atrevido a confesar su convicción de que todas
ellas conducen a Dios.
Y
este silencio ha resonado con más fuerza porque, al otro lado del Atlántico (y
a este lado de la fe), el presidente Donald Trump expresó abiertamente su
satisfacción por la muerte del líder iraní. Una reacción que ha generado
inquietud en sectores cristianos que esperaban del Papa una corrección
fraterna, o al menos un recordatorio evangélico.
La
noticia publicada por Infovaticana el 12 de marzo de 2026 relataba un hecho
insólito: un ayatolá iraní había escrito directamente al Papa León XIV
pidiéndole que interviniera para frenar la escalada bélica en Oriente Medio. El
religioso chií, consciente de la autoridad moral del Pontífice en todo el mundo,
apelaba a su capacidad para mediar y para recordar a las potencias implicadas -Occidente
incluido- la imprudencia de cometer agresiones que podrían conducir a una
guerra total. No esperaba el ayatolá, tamaño acto de irresponsabilidad del
líder católico (eso sí, revestido de prudencia).
La
carta, según la información disponible, era respetuosa, casi suplicante.
Reconocía la distancia doctrinal entre el islam chií y el cristianismo, pero
insistía en que la paz es un bien común que trasciende credos. Y pedía
explícitamente que el Papa levantara la voz.
Paradójicamente,
esa voz todavía no se ha escuchado. ¡Qué lejanos quedan aquellos tiempos en que
el papa Juan Pablo II hablaba de tú a tú con los poderosos del mundo y les
reconvenía públicamente!
Y
es que el contraste entre la súplica del ayatolá y el mutismo pontificio ha
alimentado interpretaciones diversas: desde quienes creen que el Papa está
preparando una intervención más amplia, hasta quienes sospechan que la
diplomacia Vaticana teme irritar a un Washington envalentonado en un momento
extremadamente delicado.
La
Escritura ofrece una luz que no depende de coyunturas políticas. Y en este
caso, la cita de Proverbios 24,17-18 resuena con especial fuerza profética:
“No te alegres cuando caiga tu enemigo; que
no se alegre tu corazón cuando él tropiece, no sea que el Señor lo vea, y le
desagrade, y deponga su enojo contra él.”
Este
pasaje, tan directo como incómodo, recuerda que la justicia divina no se
complace en la venganza humana. La caída del enemigo —incluso del injusto,
incluso del violento contra quien Dios está enojado— no debe ser motivo de
celebración, sino de reflexión: todos moriremos un día y seremos juzgados por
el Supremo Hacedor. La muerte de Jamenei no deja de ser la muerte de un
dirigente religioso en quien millones de seres humanos han depositado su
esperanza. En él se sostenía la fe y la esperanza de millones de seres humanos,
de cuyo mal no debemos alegrarnos.
Muchos
cristianos esperaban que León XIV (precisamente uno más de los convencidos de
que todas las religiones llevan a Dios) citara este texto, o alguno de sentido
similar, para recordar a los líderes mundiales —incluido Trump— que la moral
cristiana no se rige por la lógica del enemigo eliminado, sino por la del
enemigo reconciliado. Pero el Papa no lo hizo.
La
reacción del presidente Trump, celebrando abiertamente la muerte del ayatolá,
ha sido interpretada de maneras muy distintas según el prisma político. Pero
desde una perspectiva moral, la cuestión es más sencilla: ¿debe un líder que se
dice cristiano, alegrarse por la muerte de otro líder religioso?
Aquí
es donde muchos esperaban que el Papa actuara como pastor universal, no como
actor diplomático. No se trataba de condenar a un jefe de Estado, sino de
recordar un principio evangélico básico. Y, sin embargo, León XIV optó por el
silencio.
Algunos
analistas eclesiales han señalado que este silencio puede interpretarse como
una forma de evitar tensiones con la Casa Blanca en un momento en que el
Vaticano necesita margen de maniobra para intervenir en Oriente Medio. Otros,
más críticos, consideran que el Papa ha perdido una oportunidad de ejercer un
liderazgo moral claro.
La
historia reciente ofrece ejemplos de Papas que, ante situaciones de violencia
extrema, no dudaron en hablar con claridad. Juan Pablo II, durante la guerra de
Irak, denunció sin ambigüedades la lógica de la fuerza. Benedicto XVI, en su
discurso de Ratisbona, aunque polémico, no temió abordar la relación entre fe y
violencia. Hasta Francisco, en múltiples ocasiones, condenó la pena de muerte y
los asesinatos políticos.
En
este contexto, el silencio de León XIV resulta aún más llamativo.
No
se trata de exigir al Papa una condena política, sino de recordar que la
Iglesia tiene una misión profética que no puede quedar subordinada a la
prudencia diplomática. Cuando se incurre en la obscenidad de celebrar la muerte
públicamente; cuando la violencia se normaliza; cuando la geopolítica se impone
a la ética, la voz del Sucesor de Pedro debería ser un faro de luz en medio de
las sombras de la muerte.
El
asesinato de Jamenei no es un episodio aislado. Es un síntoma de un mundo que
se desliza hacia la lógica del enfrentamiento total. En este contexto, la
autoridad moral del Papa es más necesaria que nunca. Su silencio, por tanto, no
es un detalle: es un mensaje. Un mensaje que muchos no saben cómo interpretar. ¿Es
un silencio estratégico o es un silencio temeroso? ¿Es un silencio que espera el momento
oportuno? ¿O es un callar que revela una
renuncia a ejercer un papel profético?
La
respuesta solo la conoce Dios, y quizá (sólo quizá) León XIV. Pero mientras
tanto, el mundo le observa perplejo.
En
conclusión, la muerte del ayatolá Jamenei ha abierto una grieta más en un
Oriente Medio ya desgarrado. La reacción de Trump ha añadido combustible al
fuego. Y el silencio del Papa ha dejado a muchos cristianos (y a muchos no
cristianos que tenían fe en su “autoridad moral”) huérfanos de una palabra que
esperaban escuchar.
Proverbios
24 sigue ahí, recordando que la alegría ante la caída del enemigo no es compatible
con la fe bíblica. Y quizá precisamente por eso, el silencio de León XIV pesa
más que cualquier declaración.
En
tiempos de confusión, la Iglesia está llamada a hablar con claridad. Y cuando
no lo hace, otros ocupan su lugar.
Gerásimo
Fillat



