LA LEY DEL CHANTAJE GAY

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Silere non possum, no puedo callarme. Éste es el nombre de la web que ha desatado el escándalo Agostini, el ceremoniero del papa despedido fulminantemente por sólo tres palabras captadas confusamente por un micrófono abierto, cuyo autor se sospecha que fue el ceremoniero fulminado. Son tres palabras que ponen el dedo en la pestosa llaga de la ocupación del poder vaticano por el lobby rosa. En cualquier caso, no podemos callarnos, silere non póssumus, ante la única reacción inmediata del Vaticano (suponer que el autor de esa reacción es el mismo papa, es demasiado suponer) que se produce en el entorno del gran tema que tiene a la Iglesia arrastrada por el cieno.
Es que el simple hecho de que la mera insinuación sobre la presencia de esa tendencia sexual en el Vaticano haya desencadenado esa reacción tan inmediata y tan fulminante, justamente ese hecho es la prueba irrefutable (sí, sí, digo irrefutable) de que, en efecto, esa tendencia sexual está firmemente instalada en la estructura de poder del Vaticano. Y eso es tremendamente preocupante. 
Eso explica sin ningún género de dudas que la prefectura del Dicasterio de la Doctrina de la Fe esté en manos del cardenal Fernández. Eso explica que, mientras un cardenal que, en el más tenue de los casos, es acérrimo partidario de la sexualidad cuestionada por el comentario atribuido a mons. Agostini; mientras ese cardenal se mantiene en su cargo tras siete meses del nuevo pontificado, mientras no hay prisa para limpiar esa vergonzosa lacra de la Iglesia, se haya sido implacable y fulminante para castigar al que se supone (no ha habido tiempo de aclarar nada) que ha proferido una frase despectiva respecto al poder del lobby rosa en el Vaticano. La comparación de los tiempos en uno y otro caso, nos da una medida clamorosamente cierta de la situación. Aquí no son los argumentos, sino los tiempos, los que aportan certezas. No sospechas, sino certezas. Meses (de momento, casi ocho, ¡y lo que queda!) para uno, y horas para otro. 
 
Claro que queda pendiente discernir si esta decisión (incluida su celeridad como dato absolutamente clave) la ha tomado el aparato de poder del Vaticano sin contar con la voluntad del papa, o si éste ha estado de acuerdo con la decisión tomada por el órgano al que compitiera adoptarla; y en este caso, quedaría precisar si el papel del papa ha sido pasivo-burocrático, o si ha tenido él mismo alguna iniciativa en esa decisión.
Si la cierta es la primera hipótesis, el cuadro que nos ofrece vuelve a ser muy parecido al que tuvimos ya en tiempos de Benedicto XVI. Se le hizo prácticamente imposible la gobernación de la Iglesia a causa de que la estructura de poder del Vaticano estaba en manos de sus “enemigos”. Si es ésta la situación de León XIV (que tampoco mejoraría si considerásemos al Tucho como amigo suyo), muy mal síntoma. Con el agravante de que el poder enemigo de Benedicto XVI, durante el pontificado de Francisco ha tenido la oportunidad de crecer exponencialmente. 
El caso cierto es que el titular más frecuente, porque si fuese cualquier otro, dejaría al papa en muy mal lugar, es: “León XIV fulmina a su ceremoniero más afín a la misa tradicional por un comentario en un micrófono abierto” (así el de Infovaticana), con el añadido relativo a la misa tradicional, metiendo en el mismo saco los dos temas más candentes de la Iglesia (veremos, tras el Consistorio, en qué quedan la sinodalidad y el gobierno colegiado de la Iglesia). Lo sustancial es que León XIV es responsable último de todo ello, como lo ha sido de las cosas que le ha firmado a su cardenal Tucho. Queda en las sombras de la duda, si no es además el responsable primero.
En efecto, queda pendiente de aclarar si la iniciativa de esa expulsión partió del mismo pontífice, o fue tramada por la presión irresistible de los órganos de poder de los grupos LGTBQ tan sólidamente instalados en la estructura vaticana, es decir en la Iglesia. Mal si la iniciativa partió del papa, y peor aún si partió del lobby que se sintió ofendido por las palabras atribuidas al ceremoniero misericordiado. El primer caso daría lugar a una acusación mejor o peor fundada de mal gobierno. En el segundo caso, tendríamos que pensar más bien en desgobierno. Nada nuevo, por otra parte, que eso ya lo sufrió antes Benedicto XVI, siendo empujado finalmente a la abdicación. 
No, ni con esas, estamos en los peores momentos de la Iglesia. “La Sodoma romana”, llamaba Lutero a la curia papal. “Los cardenales y toda la gentuza de la curia -escribía Lutero atizando el odio contra ellos- son hombres por delante y mujeres por atrás, porque toda la Iglesia del Papado es una Iglesia de putas y hermafroditas” la cita es del libro “Lepanto”, de Marcelo Gullo, pág.181). Es obvio que ese problema que sin duda existía, lo exageró Lutero, igual que corremos nosotros el riesgo de exagerar el aludido supuestamente por monseñor Agostini, el ceremoniero papal castigado por ello con suma severidad.
Pero el problema existe, y es gravísimo, porque además de su abominable naturaleza, tan opuesta a la moral cristiana, se ha atrincherado en la acrópolis de la Iglesia, donde reside el poder de convertir la inmoralidad instalada en ella, en la novísima moral católica. Éste es el mayor peligro que corre hoy la Iglesia, que ni sospechó el malvado Lutero, al que hemos visto vomitar todo su veneno contra la inmoralidad que vemos instalada hoy en el Vaticano. Una inmoralidad que están empeñados en moralizar hoy sus compatriotas obispos católicos. Hoy a eso se le llama “blanquear” la inmundicia.
Y el papa León, atrapado en la trampa que le tendieron a Benedicto XVI. En un tiempo en que la inercia de toda la Iglesia era esforzarse en no remover basuras por evitar que el olor de éstas sustituyese al olor del incienso, los enemigos de la Iglesia (los mismos del lobby) podían acusar a cualquier obispo, de que no había perseguido con suficiente energía y determinación, los abusos de su diócesis. Eso lo hicieron precisamente con Benedicto XVI, igual que pudieron hacerlo con el 99,9% de los obispos; y eso mismo le tiene reservado el lobby (instalado con tremendo poder en el Vaticano) a León XIV si no se comporta como a ellos les conviene.
Y, ¡vaya por Dios!, resulta que todos los dosieres que se han ido recopilando relativos al comportamiento de los obispos en la persecución de los abusos, están en el Dicasterio de la Doctrina de la Fe. Pero resulta, además, que se podría decir sin excesivo riesgo de error, que ese Dicasterio está directa o indirectamente en manos del lobby que persigue (¡menuda contradicción!) a los que habiendo sido en otro tiempo poco resolutivos ante las denuncias por sus fechorías, no están dispuestos a someterse hoy a sus dictados.
Y entretanto, el pobre Agostini, víctima del lobby como aviso a navegantes. Y apuntan al papa, claro está, que lo necesitan al menos como cómplice silencioso. Y a pesar de todo, aun parece eso lo menos malo. Silere non póssumus, no podemos callarnos.  
Virtelius Temerarius        

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