LA CAMPANA QUE NOS RECUERDA EL “NO MATARÁS”

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Parece que en San Remo (obispado de Ventimiglia) tienen un obispo católico que, por lo visto, lleva lo de ser católico sin ningún complejo. Es un poco difícil explicar cómo llegó hasta ahí, pero el caso es que ha conseguido fundir y subir hasta el campanario, una campana cuya razón de ser es recordarles a los fieles de su diócesis todos los días a las 8 de la tarde, cuando ya han atendido a todas las necesidades y premuras del día, que el 5º mandamiento, el que reza “No matarás” se refiere a la prohibición terminante y sin excepciones, de matar a cualquier ser humano. En virtud de ese mandamiento, toda vida humana queda bajo la protección de Dios. Dios ha asumido la responsabilidad de recordarnos que toda vida humana es sagrada, y que matar a un ser humano es un delito y un pecado: contra Dios y contra el hombre.
Y va monseñor Antonio Suetta, el obispo del lugar, y se le ocurre dar la tabarra todos los días con la dichosa campana: para recordarles a todos los habitantes del lugar, tanto católicos como no católicos, que por más que digan las leyes que si es muy pequeño; que si aún no ha hecho la mudanza del vientre de su madre; que si no hay manera de saber cuál es el día a partir del cual, el nuevo ser humano empieza a tener derecho a la vida; que si el pobre está tan contrahecho que cualquier día le da algo y se muere; que si la vida la pilló de extranjis;  que si la madre, que si la tía, que si las mil y una; ahí sigue la campana todas las tardes, erre que erre, cantando con su voz ronca el “no matarás”, “no matarás”, “no matarás”.
Claro que al bueno del Sr. obispo se le ocurrió eso de darles todos los días las campanadas en la conciencia pensando en poner freno al tremendísimo disparate moral, ético, social, demográfico y antropológico del infanticidio más execrable: el aborto provocado. Y para no rehuir el debate que se ha encendido en San Remo y en toda la diócesis sobre el atrevimiento del obispo por la inmisericordia y dureza de corazón de que hace gala, inquietando las conciencias de tanta gente, que de no ser por su testarudez fundamentalista, seguiría gozando plácidamente de su derecho (político, no moral) al aborto; para no rehuir el agrio debate sobre una cuestión que la sociedad consideraba ya zanjada, va y se echa al ruedo usando de capote sus sayos rojos y blandiendo la cruz de Cristo. Este monseñor, este don Antonio no es de este mundo, es una estampa sacada de uno de esos libros antiguos de caballerías.   
Y mientras en San Remo repican esas campanadas que parecen salidas de otro siglo —o quizá de otro mundo—, uno no puede evitar preguntarse qué ha pasado con el resto del episcopado, con esa multitud de pastores que, teniendo voz, púlpito, báculo y mitra, han decidido que lo más prudente es no molestar a nadie. Que lo más pastoral es no levantar la voz. Que lo más evangélico es no incomodar. Que lo más “sinodal” es no contradecir al espíritu del mundo. Y así vamos, como si la Iglesia fuera una ONG sentimental que pide perdón por existir, mientras el mundo se despeña moralmente sin que nadie ose recordarle que hay mandamientos como el ¡No matarás!, que no se votan, que no se reinterpretan, que no se negocian.
Por eso la campana de monseñor Suetta no es sólo un bronce que vibra en el aire de Liguria: es una sonora bofetada a nuestra cobardía colectiva. Es el recordatorio de que, si la Iglesia calla cuando se mata, cuando se destruye la vida más indefensa, cuando se legisla contra la ley natural, entonces no sólo pierde su autoridad: pierde su alma. Y lo peor es que muchos parecen dispuestos a perderla con tal de no aparecer en un titular incómodo o en un debate televisivo donde los traten de retrógrados.
 
Ahí están las declaraciones a la COPE de Joan Enric Vives, arzobispo emérito de Urgel y ex copríncipe de Andorra, pidiendo al Señor la “cuadratura del circulo” que permita al gobierno del Principado, de acuerdo con la Santa Sede, despenalizar el aborto cometido fuera y conservar la penalización para el cometido dentro de sus fronteras. Y si hay que firmar algo, que lo haga el presidente de la República Francesa. Una calculada y políticamente correcta ambigüedad para salvar la conciencia de los que ya no la tienen.
Pero ahí está él, el obispo de Ventimiglia, recordándonos que todavía queda algún pastor que no ha confundido la prudencia con la claudicación, ni la misericordia con la complicidad, ni la caridad con el silencio. Un obispo que no teme que lo llamen fundamentalista porque sabe que el Evangelio no es un catálogo de opiniones, sino una verdad que salva, si no la traicionas. He ahí un obispo que no se esconde detrás de comisiones, documentos interminables o frases ambiguas, sino que sube una campana a la espadaña y la hace sonar cada día, como quien pone una pica en Flandes y grita: “Aquí está la Iglesia. Aquí está la Vida. Aquí está la Verdad”.
Y claro, suenan las protestas. Suenan los artículos indignados. Suenan los políticos ofendidos. Suenan los católicos tibios que se apresuran a aclarar que ellos no son como ese obispo tan poco dialogante. Suenan los “expertos’ en bioética que llevan veinte años diciendo lo mismo sin que nadie los escuche. Suenan los que prefieren una Iglesia muda, inodora, incolora e insípida, que no moleste, que no cuestione, que no recuerde nada que pueda resultar incómodo. Pero por encima de todos ellos, suena la campana. Y seguirá sonando: no matarás, no matarás, ¡no matarás!
Porque esa campana no solo denuncia el aborto. Denuncia nuestra cobardía. Denuncia nuestra renuncia a ser luz del mundo y sal de la tierra. Denuncia nuestra obsesión por caer bien. Denuncia nuestra vergüenza de ser católicos en público. Denuncia nuestra tendencia a escondernos detrás de eufemismos para no decir lo que sabemos que es verdad. Denuncia, en definitiva, que hemos llegado a un punto en el que un obispo que simplemente recuerda el quinto mandamiento, parece un héroe medieval.
Y quizá lo sea. Quizás haga falta un caballero andante para recordarnos que la Iglesia no nació para ser simpática, sino para ser fiel al depositum fidei. Que no fue enviada para aplaudir al mundo, sino para convertirlo. Que no está llamada a adaptarse a la cultura dominante, sino a evangelizarla. Que no puede callar cuando se mata, porque entonces se convierte en cómplice por omisión.
Por eso, aunque muchos se rían de él, aunque lo acusen de exagerado, aunque lo tilden de provocador, aunque intenten silenciarlo, al menos hay un obispo que impide que todos hagamos el ridículo callándonos cuando deberíamos hablar. Al menos hay uno que no se ha dejado domesticar. Al menos hay uno que no ha cambiado el Evangelio por un manual de relaciones públicas. Al menos hay uno que no ha olvidado que la primera obligación de un pastor es defender a sus ovejas, especialmente a las más pequeñas, las que aún no han nacido.
Y quizá, solo quizá, esa campana que suena cada tarde en San Remo, sea el principio de algo. El principio de un despertar. El principio de una reacción. El principio de un episcopado que recuerde que tiene voz para usarla. Que recuerde que tiene autoridad para imponerla con valentía. Que recuerde que tiene una misión sagrada que cumplir. Que recuerde que, si no habla ahora, cuando la vida está en juego, ¿cuándo piensa hablar? Pues, si él sigue mudo, que ponga a la campana a retumbar el “no matarás”.
Mientras tanto, que suene la campana del obispo Suetta. Que siga sonando. Que nos despierte. Que nos avergüence. Que nos recuerde que la Iglesia no puede ser neutral ante el mal. Que nos recuerde que el “no matarás” no es una opinión, sino un mandato divino. Que nos recuerde que aún queda esperanza, porque aún queda al menos un pastor que no se ha rendido.
Y que Dios nos conceda muchos más como él, antes de que el silencio termine por convertirse en nuestra forma habitual de mendigar el plato de lentejas que el poder político concede a los que se le someten.
Custodio Ballester Bielsa, Pbro.
www.sacerdotesporlavida.info

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