El padre Custodio Ballester frente a los leones del siglo XXI

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Hay épocas en las que confesar la fe no cuesta la vida, pero cuesta la reputación, la libertad y la paz. Son tiempos en los que no se arroja a los cristianos al circo romano, pero se les sienta en el banquillo de los acusados. El caso del Padre Custodio Ballester es uno de los ejemplos más claros de esta nueva forma de persecución: sofisticada, jurídica, revestida de legalidad y profundamente ideológica.

La Fiscalía de Málaga ha decidido recurrir la sentencia absolutoria dictada por la Audiencia Provincial de Málaga, que exoneró al padre Custodio Ballester, al también sacerdote Jesús Calvo y al director del medio digital, Armando Robles, de un presunto delito de incitación al odio por haber criticado al islam en artículos, mensajes y entrevistas.

No es un detalle menor: la Fiscalía pidió hasta tres años de prisión para cada sacerdote y cuatro para el periodista. No por actos violentos, no por amenazas, no por discriminación real, sino por palabras. Por opiniones. Por ejercer la libertad de expresión en un contexto crecientemente hostil a toda crítica que no se ajusta al pensamiento dominante.

La Audiencia Provincial fue clara y jurídicamente impecable. Reconoció que los acusados ​​no negaban la autoría de los textos, y centró el debate en lo esencial: si esos hechos tenían relevancia penal o estaban amparados por la libertad de expresión. La respuesta del tribunal fue contundente: incluso un discurso que pueda resultar ofensivo o intolerante puede estar protegido por la libertad de expresión, y no todo lo que incomoda o hiere sensibilidades es delictivo.

Esta afirmación no es una extravagancia judicial; es la base misma de un Estado de Derecho. Una sociedad libre no protege solo las opiniones amables, sino también —y sobre todo— las que molestan. Cuando la ley se convierte en un instrumento para castigar ideas, deja de ser justicia para convertirse en censura con toga. Que la Fiscalía recurra esta absolución no es un simple trámite procesal. Es un mensaje inquietante: persistir en la persecución hasta que el acusado se rinda, hasta que hablar salga demasiado caro. Es la lógica del desgaste, no la de la justicia.
 

El padre Custodio Ballester no es un agitador ni un provocador profesional. Es un sacerdote que entiende que su misión no termina en la sacristía. Que el Evangelio no es una espiritualidad inofensiva, sino una verdad que interpela a la sociedad. Y que callar por miedo no es prudencia cristiana, sino renuncia.

Su valentía no consiste en buscar el conflicto, sino en no huir de él cuando la verdad está en juego. En aceptar el precio de la coherencia. En enfrentarse a los “leones” del siglo XXI: no las fieras del circo, sino el poder judicializado, la corrección política convertida en dogma y la criminalización sistemática de la disidencia.
 
Desde una perspectiva social, este caso revela una deriva preocupante: la utilización expansiva del llamado “delito de odio” para blindar ideologías y religiones frente a toda la crítica, mientras se tolera sin pudor el ataque constante al cristianismo.

Se protege al credo, pero se persigue al creyente. Se sacraliza la sensibilidad, pero se relativiza la libertad. Desde el punto de vista moral, la pregunta es inevitable: ¿qué tipo de sociedad castiga a quienes opinan pacíficamente y absuelve a quienes imponen el silencio? Una democracia madura no teme la palabra. La discusión. La rebaja. La contrasta. Solo los regímenes inseguros necesitan amordazar.

La historia de la Iglesia enseña que la persecución no siempre llega con violencia física. A veces llega con expedientes, recursos y titulares. Pero el mandato sigue siendo el mismo: “No tengáis miedo”. El padre Custodio Ballester encarna hoy esa fidelidad sencilla y firme, que no busca el martirio, pero no lo evita si llega por decir la verdad.

Defender su causa no es defender a una persona concreta; es defensor de un principio fundamental: que en España nadie debe ir a prisión por expresar una opinión, y mucho menos por hacerlo desde la fe cristiana.

Los leones han cambiado de rostro, pero no de intención. Y frente a ellos, sigue siendo necesaria la misma virtud de siempre: la valentía. La de quienes no callan. La de quienes confían más en la verdad que en el aplauso. La de quienes saben que una sociedad sin libertad de expresión termina siendo una sociedad sin alma.

Hoy, el padre Custodio Ballester nos recuerda que la Verdad no se negocia, aunque tenga coste. Y que cuando la justicia persigue a quien habla, el silencio nunca es una opción cristiana.
 
*Escrito de Pablo Hertfelder García-Conde en el blog "El Substack de Pablo" publicado el 29 de diciembre de 2025

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