No tenemos remedio. La verdad es que, por más que nos empeñemos en disimularlo, se nos sale por todos los poros el desprecio que sentimos por las flaquezas humanas y por la debilidad. Por eso, a la hora de insultar, elegimos alguna de estas flaquezas. Cretino e imbécil han sido diagnósticos clínicos, antes de convertirse en insultos. Y, mal que nos pese, las palabras no sólo tienen el peso y el significado que queramos darles, sino el que les corresponde por su propia carga semántica, acumulada desde la formación de la palabra (etimología) y a través de todos sus usos a lo largo de su historia.
Y bueno, para cerrar las vacaciones estivales con un divertimento léxico, me place traer a colación uno de los insultos más frecuentes e interesantes (de hecho, todos los insultos y los tacos son interesantísimos: auténtico psicoanálisis de los colectivos que los usan). Se trata de “imbécil”, cuyo valor de uso no ofrece dudas; pero que tiene su propia carga significativa, al margen de (o acumulada a) la que queramos imprimirle.
Convencido desde casi siempre, de la relación semántica entre “báculo” y su dicen que diminutivo “bacilo”, para cuando cumplí los 75 años, les pedí a mis hijos como regalo de tan señalado aniversario, uno de esos báculos que confieren dignidad a quienes lo llevan con prestancia. Y sí, claro, me lo regalaron: bien elegante. No me atreví, todavía no me atrevo, al báculo episcopal. Aunque les tengo dicho que en cuanto localicen uno de buen llevar y de buen exhibir sin ofender, me lo compren, que me encantará usarlo.
La explicación que les di fue que aunque en ese momento estuviese en plenas facultades motrices, me sentía con derecho a exhibir la dignidad de la edad en la que había entrado (la edad imbécil). Y entre esos derechos, coloqué el de la irresponsabilidad. A partir de esa edad, descargué todas mis responsabilidades en mis hijos (mis otros báculos): porque suelen ir juntas la debilidad física y la debilidad mental. Digamos que la mente de cada uno se mueve de forma parecida a como se mueven sus miembros: ni todos los miembros presentan con la edad igual grado de atrofia, ni todas las facultades mentales se deterioran por igual. Y sin embargo es razonable deducir que a la torpeza física (más o menos generalizada), le corresponde igual torpeza mental: no necesariamente generalizada.
En fin, que desde los 75 años defiendo celosamente mi derecho a la imbecilidad. No me ofende, y además la exhibo satisfecho con mi báculo laico (mi madre, que murió con 98 años, siempre se negó a llevar bastón, porque lo consideraba una humillación). Acepto, dada mi edad, mi condición objetiva de imbécil (in-báculo, im.becillis), igual que me sedujo siempre mi condición de estúpido (capaz de sentir estupor). Y por varias razones considero que deberían llevar con garbo su condición de imbéciles los que por su oficio lucen báculo, y no ofenderse en exceso si les honran con ese “insulto”. No ofende quien quiere, sino quien puede.
¿Y qué es exactamente esa imbecilidad y ese derecho? Pues oiga, del mismo modo que no es razonable esperar que a mi edad me pegue largas caminatas (al menos, no tan largas ni tan duras como las que solía en mi juventud) o me haga de vez en cuando alguna carrerilla, del mismo modo considero que no es razonable que se me cargue con responsabilidades que llevaba holgadamente en la juventud; pero que la edad ya no me las consiente. Me confirma en esa opinión el haber visto los estremecedores grados de imbecilidad del anterior presidente de los Estados Unidos, y los ya preocupantes del actual (es evidente que sufre de graves problemas circulatorios, aparte de los mentales). Y me consuela comprobar que esos personajes cuentan con una cantidad ilimitada de báculos. Ellos ostentan sólo la dignidad y la autoridad. Son los que figuran y los que firman. Y a su alrededor tienen infinidad de báculos que no les dejarán caer.
Es que, claro, báculus, una palabra tan diminutiva como homúnculus (hombrecillo) o fórmula (diminutivo de forma), tiene aún otro diminutivo: bacillus (de ahí, bacilo). Y si a bacillus le añades el prefijo in/im, con su doble significado de “sin” o “con”, te da el compuesto im-becillis (primitivamente imbecillus-a-um) que tanto puede significar “con báculo”, como “sin báculo”. Ambas interpretaciones válidas, porque tan débil es el que lleva báculo porque lo necesita, como el que, necesitándolo, no lo lleva. Por cierto, el primo del bacilo latino es el bacterio griego. En efecto, baktérion significa igualmente báculo, porque esa era la forma de las primeras bacterias descubiertas.
Sed ita est, iudices, ut si gladium parvo puero aut si imbecillo seni aut débili déderis… Pero es, jueces, como si dieras una espada a un niño pequeño o a un anciano inválido y débil. Ahí tenemos a Cicerón ofreciendo “débil” como sinónimo (de hecho, traducción) de imbécil.
Y César, en la Guerra de las Galias, dice: Nolite… nec stultitia ac temeritate vestra aut animi imbecillitate, omnem Galliam prosternere et perpetuae servituti addicere: No se os ocurra, ni por vuestra estulticia y temeridad o por vuestra imbecilidad (debilidad) de ánimo, prosternar a toda la Galia y condenarla a perpetua esclavitud.
Scribonius Largus, un médico romano del siglo I de nuestra era, nos dejó en su tratado de compositiones medicamentorum, una frase en que se transparenta bien el significado de “imbecillis”: dantur ad stómachum imbecillem habentis et sánguinem reicientis, ex aquae frigidae cyathis duobus… se dan a los que tienen el estómago imbécil (delicado, descompuesto, debilitado) y que echan sangre, en dos vasos de agua fría…
Y ya pasando a las lenguas romances, la referencia más antigua es la que encontramos en el italiano florentino en el siglo XIII, con evidente valor moral: le frodi e l’ìnganni dimostrano l’uomo essere imbecille e de poco animo: los fraudes y los engaños demuestran que el hombre es imbécil y de poco ánimo. Está claro que aquí se refiere a la debilidad de espíritu.
Conviene observar que los imbéciles (de hecho, los que llevaban bastón) siempre fueron venerables. Se lo tenían bien ganado. Por eso, “imbécil” no era un insulto. Pero desde que, venciendo a la muerte mediante el procedimiento de entregarnos a la enfermedad atados de pies y manos, hemos logrado convertir la vejez en un derecho universal, pero tremendamente castigado por los achaques; desde que hemos alcanzado tamaña victoria, la imbecilidad, tan universal ya, ha perdido el aura que siempre la coronó.
El salto de ahí al valor con que finalmente se ha fijado en nuestras lenguas el término “imbécil”, es imperceptible. Y obviamente, a nadie se le ocurre aplicárselo a los que por su oficio y dignidad llevan báculo. El báculo, junto con la mitra bicorne con ínfulas, no pretende ser símbolo de debilidad, sino todo lo contrario: de autoridad y poder. Aunque su enorme extensión acompañada de una estremecedora debilidad, tan ajena a lo que simbolizan, da pie a volver al significado original de la palabra y a sospechar que para ser elegido y consagrado obispo, es condición indispensable dar muestras evidentes de docilidad y falta de carácter; y contar con la seguridad de que todo el que sea investido de esa dignidad lucirá su báculo como símbolo de debilidad. ¿Oficio imbécil? Pues por vía meramente descriptiva, y visto el tremendo lío que le han ocasionado los obispos a la Iglesia por su conducta ante los abusos, corremos el riesgo de llegar a semejante conclusión. Y aun la de imbéciles es la acusación más suave que se les puede hacer.
Mientras la imbecilidad fue condición de pocos, fue una virtud. Al crecer el número de sus beneficiarios, se convirtió en vicio digno de vituperio.
Virtelius Temerarius