viernes, 11 de septiembre de 2020

La Glosa Dominical de Gérminans

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SE PUEDE CAMBIAR EL ROSTRO DE LA HISTORIA

El perdón de las ofensas y el amor hacia los enemigos constituyen una de las características más visibles y más innovadoras de la moral evangélica. Pero como a menudo ocurre, cuanto mayor es la exigencia, cuanto más alta es la meta indicada, tanto más mezquina y pobre aparece su realización en la vida práctica. ¿Cuánto ha influido la doctrina evangélica del perdón de las ofensas en la vida y el comportamiento práctico de los cristianos? 

Es necesario decir que muchos cristianos a lo largo de la historia de la Iglesia se han tomado en serio la palabra del Señor: la hagiografía cristiana está plagada de ejemplos de amor y de gestos heroicos de perdón y reconciliación. Si hoy se habla, y siempre más a menudo, de paz y de desarme, de solución práctica de las controversias internacionales, incluso de cooperación recíproca y de ayuda a los pueblos en vías de desarrollo, es debido a que muchos cristianos han contribuido a la difusión y maduración de estos ideales del cristianismo.

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El evangelio ha tenido una capital importancia en la educación de los pueblos de Occidente. Sólo un ciego es incapaz de ver que muchas ideas y estímulos positivos llevados adelante por los sistemas que incluso combaten al cristianismo, han nacido de una cultura de matriz cristiana y fuertemente marcada por el espíritu evangélico. Desde el no a la pena de muerte (por considerar la vida sagrada, intocable y fuera de las manos del hombre), hasta los movimientos de acogida de los inmigrantes y refugiados, pagados a menudo a costa de privaciones de la población que paga sus impuestos, pasando por todas las organizaciones de solidaridad: todo esto proviene del cristianismo.

Pero la historia de los pueblos, también de pueblos cristianos, está llena de testimonios negativos: enfrentamientos, guerras, destrucción, injusticias, venganzas, guerras de religión, conquistas coloniales y hoy en día el imperialismo económico, la explotación del tercer mundo, la industria de la guerra y de la muerte. Y todo por mantener esos diferenciales astronómicos entre los países ricos y los países pobres. Asfixiando su comercio para luego, en el mejor de los casos, devolverles una ínfima parte de lo defraudado en hipócritas campañas de solidaridad.

La responsabilidad de los cristianos frente al Evangelio y a los hermanos aún no iluminados por la luz de la fe es enorme. Los “antitestimonios” desmienten en el plano de los hechos todo esfuerzo de evangelización y comprometen la credibilidad misma del Evangelio.

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La iniciativa de la reconciliación viene de Dios; y la Iglesia y los cristianos deben ser operadores de la paz en el mundo, de fraternidad en todos los sectores y a todos los niveles: desde el internacional hasta las pequeñas relaciones de vecindad y de trabajo, entre esposos, entre los hijos, en la relación entre empresarios y trabajadores, entre pobres y ricos. No hay relación humana, por pequeña que sea, que no pueda encontrar una mejora a través de la reconciliación y el perdón. Sólo con el amor es posible formar una comunidad humana.

De hecho, fue el Evangelio de Cristo el que produjo un vuelco copernicano en el mundo cuando todo él era romano. Toda la estructura de poder de Roma estaba en última instancia al servicio del sistema de dominación vigente: los fuertes eran los dominadores, y los débiles los dominados. Y para que eso funcionase, para que los señores pudieran seguir siendo señores, y los esclavos, esclavos; se necesitaba un sistema de ferocidad que dejaba chiquitos a los nazis. Las galeras y las minas, la crucifixión y el empalamiento eran piezas indispensables para el funcionamiento del sistema. Sólo así, los esclavos seguían siendo esclavos “voluntariamente”, sin que surgiera de vez en cuando un Espartaco.

Pues a partir del 313, Edicto de Milán, Constantino el Grande, empujado por su madre santa Helena, aún más grande, las cosas cambian radicalmente. El precepto principal será el amor: “Dios es amor". El último crucificado, el Redentor. Por amor al hombre. Claro que cambió el rostro de la historia. Y aún sigue notándose ese cambio, a pesar de la basura que se han esforzado en lanzar tantos contra el Evangelio y contra la Iglesia. Es aún muchísimo el amor residual que queda en la estructura cultural, política y jurídica del occidente otrora cristiano. La huella de Cristo, del amor de Cristo es todavía muy profunda.

Imaginaos el estallido de luz que sería la vuelta de nuestra ya decrépita civilización al Evangelio del Amor.

Mn. Francesc M. Espinar Comas

Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet

11 comentarios:

  1. La razón griega, el derecho romano y la religión cristiana conformaron la cultura occidental. Hoy está en quiebra. Santo Tomás, en su tratado de la ley, al hablar de la ley divina divina, afirmaba que ésta derivaba de la ley eterna según aparecía históricamente en la humanidad, especialmente a través de la revelación, como cuando se manifiesta a través de los Diez mandamientos. Dividía la ley divina en ley Antigua (Antiguo Testamento) y Ley nueva (Nuevo Testamento). Cuando santo Tomás habla de la Ley Antigua se refiere a los 10 Mandamientos, cuando habla de la Ley Nueva se refiere a las enseñanzas de Jesús. Hemos eliminado la ley divina de nuestra legislación. Su último apuñalamiento, la ley de la eutanasia, presentada por socialistas, arrimadistas, comunistas y separatistas. Y luego algún obispo seguirá hablando de equidustancias o de la bondad de determinados grupos. "Cualquier cosa que hiciérais a estos pequeños a mí me lo hacéis".

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    1. La cultura occidental (razón griega, derecho romano, religión católica) y Santo Tomás están en quiebra porque nosotros hemos permitido que estén en quiebra.

      Llevamos desde los años 45-50 un ataque continuo contra cada uno de los elementos de la civilización cristiana (el arte es sólo un aspecto), empezando por eliminando la autodisciplina y la responsabilidad personal.

      A pesar de que los objetivos declarados en la ilustración, el Progreso y la modernidad, los resultados cantan por si mismos.

      Al final, no sólo esto ha corrompido a la sociedad: esto ha corrompido a la Iglesia.

      Esto no ha sido una casualidad.

      Ahora nos toca parar y pensar cuál es nuestro objetivo como personas, como católicos y como miembros responsables de la sociedad.

      ¿Queremos lo que vemos?

      ¡Ojo, que esto no es un asunto de gustos o caprichos!

      De aquí depende nuestra salvación eterna, nuestra libertad como persona y nuestra cohesión como pueblo.

      Lo peor es ver como nuestros líderes nos han vendido.

      De los políticos, era de esperar: tienen un interés personal muy grande en su carrera política y en vivir de la política.

      Pero ¿los sacerdotes y obispos?

      Ni el Concilio ni la Constitución eran para esto.

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  2. Mosén, qué glosa más certera.

    Pero deje que le diga que en esta web, demasiado a menudo, se practica todo lo contrario a lo que usted dice sobre el Amor.

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    1. Una cosa es amar al prójimo y otra muy diferente es amar, por ejemplo, a alguien que día si día también se te mee en la cara.
      Yo la verdad, por aquí no paso y no creo que Dios se lo permita!

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    2. Anónimo decías 22:56

      Intente no ir por ahí con gente que le mee en la cara (???)

      Y, no se, no vaya por callejones sin iluminar las noches sin luna...

      ¡Qué gente más rara con la que usted trata!

      Enfin, que más vale prevenir que llorar.

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  3. Viendo esa foto de la ciudad bombardeada y de la familia discutiendo a gritos nos recuerda que seguir las normas de la Madre Iglesia sirven para que vivamos mejor.

    No solamente los demás, sino nosotros mismos y nuestra familia primero, que somos quienes sufrimos las consecuencias.

    Sin contar con la de personas que literalmente se les arreglaría la vida simplemente viviendola de un modo más ordenado -cristiano- ("como Dios manda")

    No entiendo entonces por qué, desde hace 200 años hay gente que en nombre de la "libertad" (?), la "igualdad" (?) y la "fraternidad" (?) y con el egoísmo personal del "progreso" como tema se empeñan en destruir esto y que vivamos PEOR; con el egoísmo, la soberbia y la envidia como tema.

    Parece que vamos para atrás, como los cangrejos = una auténtica CONTRACIVILIZACION.

    Nada que celebrar.

    Antes vivíamos mejor. Por nuestra culpa.

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  4. Unas precisiones:

    1. La pena de muerte es lícita si es materia grave, causa daño grave, hay una culpa grave y hay circunstancias graves. La doctrina bimilenaria de la Iglesia así lo ha considerado, como una doble verdad: de derecho natural y de fe, lo que dijo Francisco en el Catecismo sobre la pena de muerte es sólo una recomendación y opinión de Francisco, un deseo, pero no es vinculante ni conlleva sanción alguna si se acepta la pena de muerte:

    El 3 de julio de 2004 se publicó la carta que el cardenal Joseph Ratzinger, como prefecto de la CDFe, había dirigido a los obispos norteamericanos sobre el controvertido tema de negar o no la Comunión a los políticos católicos pro-aborto: Dignidad para recibir la Sagrada Comunión. Principios generales. Y en el nº 3 decía:

    «No todos los asuntos morales tienen el mismo peso moral que el aborto y la eutanasia. Por ejemplo, si un católico discrepara con el Santo Padre sobre la aplicación de la pena de muerte o en la decisión de hacer la guerra, éste no sería considerado por esta razón indigno de presentarse a recibir la Sagrada Comunión. Aunque la Iglesia exhorta a las autoridades civiles a buscar la paz, y no la guerra, y a ejercer discreción y misericordia al castigar a criminales, aún sería lícito tomar las armas para repeler a un agresor o recurrir a la pena capital. Puede haber una legítima diversidad de opinión entre católicos respecto de ir a la guerra y aplicar la pena de muerte, pero no, sin embargo, respecto del aborto y la eutanasia».


    De hecho, la doctrina tradicional bimilenaria de la Iglesia, acepta la vulneración de la vida contenida en el V Mandamiento si hay causas justificadas:

    - Pena de muerte
    - Guerra justa
    - Legítima defensa y estado de necesidad
    - Tiranicidio


    De otro lado, he oído expresiones de altos clérigos de que la pandemia es una respuesta natural al cambio climático, es decir, que lo que ellos llaman ahora como la Madre Tierra, parece que dicen que ésta tiene el "derecho" a matar justificadamente, incluso a inocentes porque responde así, de manera natural, a una "injusta agresión" contra ella, mediante la contaminación, la desforestación, el cambio climático y la extinción de especies, y que sólo nos "salvará" de esta matanza el conocimiento y aplicación de una conversión ecológica y comunión con la "Madre Tierra", la cual, por lo que parece, tiene derecho a seguir matando inocentes (niños, enfermos, ancianos, familias). En fin...

    Así pues, dicho: prima la doctrina bimilenaria de la Iglesia, y el numeral del Catecismo de Francisco considerando inadmisible a la pena de muerte, es sólo una recomendación desiderativa, un consejo, del Papa, sin ser en absoluto una proposición compulsiva y coercitiva.

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  5. Sobre el perdón:

    1. El perdón debe de ser siempre espiritual

    2. El perdón no puede ser jurídico y moral.

    En efecto, si se ha cometido un crimen o delito, penal, civil, laboral, administrativo o eclesiástico, éste ha de ser penado.

    En los casos de los crímenes graves, es lícito no perdonar ni un año de cárcel o inhabilitación, ni un céntimo de indemnización y multa.

    En el caso de malos tratos, es lícito separarse por siempre del agresor.

    El sin perdón jurídico y moral es lícito.

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    1. El sin perdón puede ser lícito, según Ud. Pero no es cristiano.

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    2. 9:57

      El perdón debe de ser siempre espiritual, pero no jurídico ni moral, es decir, que un asesino debe de ir sí o sí a la cárcel, y si una persona abusa, el abusado tiene derecho a rechazar su presencia, contacto y comunicación por siempre.

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  6. Imaginaos el estallido de luz que sería la vuelta de nuestra ya decrépita civilización al Evangelio del Amor.

    ...

    Estaría bien, pero hoy estamos en una situación análoga a la gran apostasía, una prueba que hemos de pasar.

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