jueves, 17 de enero de 2019

Pornología, pornopatía, pornomanía

Sí, se trata de proponer la ampliación del léxico al respecto, porque  resulta que somos víctimas, según se dice, de una tremenda plaga, que es la pornografía. Más tremenda si se trata de pornografía infantil. Efectivamente, se trata de un problema tan espeluznante, que no cabe en la sola palabra pornografía: se le queda pequeña; y los moralistas, venga a denunciar y maldecir la pornografía. Pero no es eso, no, es muchísimo más.

Lo realmente venenoso y corrosivo no son las imágenes (que a eso se refiere el término) sino el discurso en que éstas se sustentan. Un discurso que ni va en las imágenes ni es fácil percibirlo con claridad en ellas.
 
Empiezo por explicar que porné es una palabra griega que significa prostituta  (en latín, prostituere significa exhibir para vender, poner a la venta). Porné deriva del verbo pérnemi, que significa en primera instancia enviar para ser vendido como esclavo, y en general vender o ser vendido, convertir en objeto de mercado. Es decir que tanto en latín como en griego, el término está centrado en la utilización de la mujer como esclava sexual. La historia es la que es; y a este respecto, es tremendamente cruel. Y cuando nos preguntamos qué hay por debajo de algo que nuestra cultura está empeñada en vender como uno de los grandes estandartes de la libertad, pues resulta que no, que en realidad está vendiendo esclavitud. ¿Esclavitud de quién? ¡De quién va a ser! Esclavitud de la mujer. ¿Esclavitud laboral? No, no, no, esclavitud sexual. La más antigua esclavización de la mujer. Ya ves, somos una sociedad víctima de pornopatía grave.

Pero está claro que la palabra pornografía sólo habla de imágenes (el diccionario griego hasta recoge el término pornográfos,  que se refiere al que escribe sobre prostitución), y donde está el problema no es en las imágenes, que también, sino en el discurso, es decir en la “pornología”: el conjunto de teorías y doctrinas en vigor para promocionar no el ejercicio público de la prostitución, sino la idea de que el modelo normal de realización sexual es el que se ofrece en la pornografía, de manera que esa “normalidad”  inducida genera en el hombre la expectativa de que la mujer que busque como compañera tiene que ajustarse a ese modelo. El modelo de actividad sexual, el único. Y por el nombre y la realidad, resulta que es el modelo propio de la prostituta. Ésa es la pornología que subyace a la pornografía. Y eso deja a la mujer por los suelos. La distorsiona al límite.

Y por supuesto al diccionario griego ni se le ocurre recoger el término de pornopatía, tan propio de nuestro tiempo. Hoy no hay delincuencia ni maldad, hay enfermedades. El hombre es bueno por naturaleza según la antropología progresista. Y haga lo que haga siguiendo a su naturaleza, hará muy bien hecho. Si algo resulta perjudicial para otro o para otros, ya está preparado el diagnóstico y el veredicto. Es una patología, de la que no es responsable “el enfermo”, sino la sociedad: y por tanto se ha de hacer cargo de su rehabilitación, incluidos los delitos que cometa durante las pruebas de rehabilitación en libertad. Es la sociedad la que ha de cargar con el muerto: ésa es la filosofía imperante. En fin, que el que se entrega con pasión irrefrenable a la pornografía es sólo un pobre enfermo al que hemos de curar de la enfermedad inducida que le hemos provocado. Y si su enfermedad le empuja a tratar a las mujeres que quedan a su alcance como materia prima de la pornografía, pues ¡qué raro que no sea capaz de contener la hiperexcitación sexual! ¡Qué raro que eso tenga consecuencias en su comportamiento!

Y obviamente esa misma enfermedad en grado sumo ha de llamarse pornomanía. Eso sí que lo contemplaron los griegos, pero en vez de ocuparse de la “enfermedad”, para la que no tenían nombre, se ocuparon del enfermo, al que llamaron pornomanés: el que va loco por las prostitutas.  Claro, no es eso. Nosotros llamaríamos pornomaníaco al que se ha viciado a ver pornografía. Aunque en realidad, lo que hace esta palabra es calificar al que no es capaz de ver el sexo más que en el peculiar formato prostitutivo que tan bien ha identificado en la pornografía.

Es cierto que mejor denominada estaría la pornografía si se la denominase sexografía. Pero como se trata al fin y al cabo de sexo porno, pues bien se le está el nombre. En la exploración del campo léxico, me ha llamado la atención el término pornodidáscalos”, el maestro de pornología. Gran tema, porque en eso estamos hoy, en la enseñanza de toda clase de pornologías (a veces ilustradas con pornografía y hasta con prácticas en más de un caso, afortunadamente denunciado) en la misma escuela. Ése es el más grave problema que hoy sufrimos respecto al sexo. Ha habido un gran esfuerzo por convertirlo en un fin en sí mismo, y por desarrollar toda una serie de “géneros” (la lista ha subido por encima de 100 en los países más “creativos”), entendiendo por géneros sexuales, las múltiples formas de practicar el sexo. Auténticos tratados de pornología que utilizan como fundamento de nuevos derechos diferenciales, es decir de privilegios.

Naturalmente, la clave de toda esta ingeniería es la promoción no sólo de la mujer como porné, sino incluso del hombre como pornós, como prostituto. Al servicio de este fin están las toneladas de pornografía, un negocio inmensamente próspero (espeluznante la pornografía infantil, que tiene un mercado floreciente); y también al servicio de la nueva pornología está la escuela. Escuela de pornología.

Y para no olvidarnos del origen de una palabra y una praxis tan arraigadas, recordemos que estamos en el campo semántico del mercado del sexo. Objeto clásico del mercadeo del sexo ha sido siempre la mujer, a la que se han añadido los niños. Los que compran, siempre son los mismos: los hombres. Se trata de una fórmula de dominación sexual del hombre sobre la mujer (¡y ahora sobre los niños!), que es por cierto la más antigua de la humanidad. La prostitución la instituyó en Roma el amo de los esclavos para premiar con los servicios de las prostitutas la diligencia de los esclavos en el trabajo. De paso se aseguró de que tan bien servidos sexualmente, acabasen amando la esclavitud.

¿No será el designio oculto de los actuales gobernantes, que a fuerza de hiperexcitación sexual, los súbditos acaben amando la esclavitud? Por eso todos los partidos políticos compiten entre sí, sobre todo en las campañas electorales, por ver quién ofrece más sexo a los votantes. Por eso y no por otra cosa, el sexo (hoy han focalizado el debate en la violencia de género -¿cuál de los tropecientos?) se ha convertido en el campo de batalla en que se dirimen las elecciones. Hasta que llegamos a la náusea. 

Cesáreo Marítimo     

8 comentarios:

  1. Sus documentadas aportaciones, don Cesáreo, recuerdan ese estilo de pensamiento que busca la arqueología del saber en la arqueología de las palabras. En ese arte sobresalió Gadamer, maestro de Emilió Lledó que elevó al cenit del discurso su análisis filosófico, en particular de Platón. Barcelona se lo perdió, cuando no hizo nada para retenerlo. Pese al apellido ese pensador es sevillano. (Uno ha conocido Cerdá de Sevilla también, Roig de Murcia, Puig de Valladolid, en menos cuantía cieramente que los García o Martínez del Principado. ¿De qué pueblo eran, Novell?).
    Pero volvamos a su magnífica glosa, Cesáreo Marítimo. Su dominio de las lenguas clásicas y sus reflexiones sobre etimologías le permiten disertar sobre la realidad de nuestro hoy inmediato, sobre las limitaciones de determinadas proclamas políticas y sobre las aberraciones de ciertas posturas. Otro catedrático de Barcelona, este natural de Ripoll, José María Alsina, escribió artículos magistrales de erudición histórica, en particular a propósito de la medicina hipocrática. Lo mismo que Rodríguez Adrados o el maestro de éste, el latinista Antonio Tovar. Del propio Laín se presenta a menudo la fotografía de su etapa docente en la Central con un término griego en la pizarra que da a entender la explicación de un proceso patológico.
    Si las homilías de mosén Francesc están preñadas de sentido bíblico, litúrgico y teológico, sus lecciones filológicas rezuman saber clásico y sensibilidad y conocimiento de la actualidad inmediata. Muchas gracias.

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    1. Nuestra época es un claro regreso arcaico hacia la pornografía pagana, según de lo que se deduce una vez leídos los libros sobre esta materia. Lo único nuevo es el soporte, lo digital. Nada más.

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    2. Don José María, ¡qué alegría que le nombren a uno auténticos sabios que tuvo la oportunidad de conocer! Emilio Lledó (no recuerdo si profesor de filosofía general o de estética) era un prodigio, una fascinación. Y Alsina, profesor de griego (no sé si nos referimos al mismo) era un diccionario andante. ¡Qué dominio de las palabras! Quiero pensar que también hoy pueblan nuestras universidades profesores tan cautivadores. Te hacían amar el saber.

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    3. Emilio Lledó era catedrático de historia de la filosofía, aunque él se reservó la parte antigua y dejó el resto a adjuntos: Acero, medieval; Valls, moderna, y Muñoz contemporánea. Acero se especializó en filosofía del lenguaje y se marchó a Granada. Ramón Valls y Jacobo Muñoz han fallecido.Lo mismo que Alsina. Eran otros tiempos, cierto. Lledó y Alsina eran, además, muy generosos con los alumnos. Lledó vive todavía. Acude los jueves a las sesiones de la Real Academia, de la que es miembro. A ambos les debo mucho.

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  2. Totalmente de acuerdo con el Sr. Valderas Gallardo.

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  3. Ahora merced a internet, el “visionado” tan fácilmente accesible de vídeos porno se ha convertido en epidémico. Los consumidores compulsivos de porno necesitan “ver” vídeos con imágenes cada vez más agresivas de sexo, pero su deseo sexual no aumenta. La persona asidua al placer se convierte en esclava de él.

    Ante esta postración la persona necesitaría dirigirse a Dios que fue quien creo la sexualidad para así poder entenderla. Una de las mejores fuentes de información es la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II. Interesa a todos, porque todos tenemos un cuerpo: sacerdotes, religiosos, matrimonios y célibes.

    Decía s Juan Pablo II que se debe poseer uno mismo, para poder darnos a los demás; es decir rescatar la virtud de la castidad, cada uno en el estado de vida que esté.

    El obispo católico Munilla habla de las heridas previas, en EVANGELIZAR EN LA CRISIS AFECTIVA:
    vídeo
    https://youtu.be/Z5pshORw0lo
    pdf
    http://www.alianzajm.org/IMG/pdf/La-evangelizacion-de-los-jovenes-ante-la-emergencia-afectiva-_J-I--Munilla_.pdf

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  4. Actualmente estamos peor que en tiempos del emperador Calígula, Nerón, los habitantes de la Pentápolis ,etc.......... Paciencia !!!

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  5. Excelente reflexión, expuesta con pulcritud y elegancia, Cesáreo. Aprovecho para saludarte y decirte que espero que estés bien porque hace tiempo que no hablo contigo.

    Desconozco el término correcto y necesitaré hacer un híbrido de lo que a mí me preocupa del mundo actual, etamos porno-desplazados [siendo "desplazados= xxxxxx"]. Y lo peor es que no nos damos cuenta. El uso habitual de la pornografía de hoy es el vídeo por internet, en donde las escenas son resultado de un rodaje y aparte de los contenidos, todo tiene truco: La toma de planos para conseguir efectos visuales de órganos desproporcionados, la duración de las cópulas, etc. Esto genera una comparación entre la vida real y lo que allí se ve que lleva al intento de lo contrario: Convertir lo que allí se ve en realidad. Y claro, sólo puede generar frustración y muchos malestares después de un rato placentero. Ni "orgánicamente" ni "conductualmente" se puede llegar a lo que se ha visto, quizá resultado de treinta tomas diferentes que se intercalan o repiten en ráfagas con buen "racor" para que no se note.

    No somos máquinas y la realidad no es esta -créanme, estoy casado y sé muy bien lo que digo-. El resultado va a ser la conformación de un ciclo en que unas veces pretende emularse lo visto y otras ver para "compulsar" (como dicen los psicólogos) la falta de talla. Con esto va bajando la imaginación y se requiere más de la visión del porno, obteniendo con él cada vez menos satisfacción.

    Con la moralidad y el sexo podemos aplicar un viejo proverbio de los rabinos judíos: "Comete tres veces un pecado y ya no será pecado para ti". Pasó con las primeras visiones de porno, con la masturbación -que se fue sofisticando-, con... Vamos, que donde se entre ya no se sale, que todo se termina viendo como sano. El pederasta no ve nada raro en lo que hace, quizá el violador tampoco, pues este puede ser el fin del camino del pornodesplazamiento.

    Pero vamos a ver, si nuestros abuelos eran más felices y no tenían estas cosas, ¿Para qué las queremos?

    Saludos desde Cuenca.

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