jueves, 1 de noviembre de 2018

Requiescant In Pace

“Descansen en paz”. Éste es el deseo de la Iglesia para los difuntos. Que descansen en paz. No es sólo la Iglesia de Cristo la que asume entre sus funciones capitales (sí, digo capitales) el descanso eterno de nuestros difuntos. Y digo que ésta es una función capital porque uno de los síntomas más evidentes del hundimiento de una sociedad y de su degradación moral, es la falta de respeto a los difuntos. Porque también en ellos, y no de cualquier manera, reside el valor de la vida que cultiva esa sociedad. ¿Nos extraña que una sociedad que ha perdido la veneración por sus difuntos, reclame el derecho de eutanasiar a sus ancianos, abortar a los niños aún no nacidos (ya va avanzando el aborto post parto) y la “asistencia” al suicidio de los enfermos? Pues no nos extrañe, porque es la “impiedad” que dirían los romanos, la que mueve esas pulsiones como un todo. Es el mismo espíritu, es la misma categoría moral la que se necesita para unas y para otras. 

Dejarles descansar en paz, no vaya a ser que ellos desde sus tumbas alteren nuestra paz. Ése es el sentido último de las celebraciones del Halloween que hemos copiado de los anglosajones, cuando tenemos tanta riqueza autóctona también para la celebración de los difuntos. Hoy, ¡para qué vamos a eludirlo!, estamos viviendo el esperpento de unos gobernantes empeñados en vengarse de un muerto desenterrando su cadáver. Mal fario trae eso. Primero de todo, es un síntoma de absoluta impiedad de los que tal hacen. Es norma común de nuestra civilización que si tu enemigo ha muerto, no has de continuar la lucha con su cadáver. También a tu enemigo ya muerto, has de dejarle descansar en paz. Se trata del respeto a los muertos: es un valor no sólo de nuestra civilización, sino un valor universal de la civilización. Pero hoy se lleva tanto estar por encima del bien y del mal, e incluso por encima de la civilización…

Quien no tiene piedad con los muertos, tampoco la tiene con los vivos. Esto lo sabe todo el mundo. Querer ganarles por tanto batallas a los cadáveres (como no sea al del Cid, que no es el caso), es un síntoma evidente de gran desequilibrio de valores y de muy corta talla moral. No en vano, tenemos entre las obras de misericordia la de enterrar a los muertos. Pero a quien no usa de misericordia para con los vivos, ¿cómo le vas a pedir que deje descansar en paz a los muertos? Su superioridad moral es tal, que ni tan siquiera necesitan tener moral.
Es que esto del respeto a los muertos está en los mismos cimientos de la civilización. Y no de ésta o de aquélla, sino de la civilización. Cuando emerge el hombre como ser civilizado, ahí lo vemos con su arquitectura funeraria. La arquitectura más antigua que conservamos es funeraria: porque es la mejor construida. Pasan los milenios y siguen en pie en el viejo y en el nuevo mundo pirámides, mastabas, hipogeos, monumentos y toda clase de enterramientos. Es que el respeto a los difuntos es un valor fundacional de la humanidad. La humanidad nació del respeto a los muertos, de la convicción de que no era acertado dar al muerto por definitivamente muerto. Es que curiosamente ni siquiera la palabra “muerto” alude exactamente a la muerte, ni el oficio de difuntos es un oficio de muerte sino de vida: distinta de la que ha cesado, ¡pero vida!
No está de más recordar en la primera obra literaria de occidente, de la Ilíada, que al fin y al cabo es la cuna de nuestra cultura, las imponentes honras fúnebres de Patroclo y el rescate del cadáver de Héctor (¡el perdedor!) para rendirle las justas honras fúnebres. De ahí venimos, pero es mucho lo que nos hemos desviado del patrón: hasta parecernos normal andar traficando con cadáveres. Es curioso que gente acostumbrada a traficar con la vida, fueran tan respetuosos con los muertos. Pero el instinto de poder que mueve la política, cuando es tan extremo, sólo se puede mantener si se les pierde el respeto a los vivos y a los muertos.
En esta línea de la veneración de los difuntos, me ha llamado poderosamente la atención la referencia de Antoninus Pius en su reciente artículo, a una iniciativa que tiene todos los visos de prosperar ampliamente: Por su parte el Rvdo. Ramón Batlle, ha inaugurado estos días tan sensibles al tema de los difuntos (por la proximidad de las celebraciones del 1 y 2 de noviembre), un columbario para poner las cenizas de los difuntos en el mismo templo que él regenta como párroco: Sant Ramón de Penyafort. El proyecto ha contado con todo el apoyo oficial del arzobispado, y la presencia del obispo Don Sergi Gordo en la bendición. Ha llegado a mis oídos que otros párrocos, viendo el ejemplo del Rvdo. Batlle están pensando en hacer lo mismo en sus parroquias.
Aparte de las implicaciones económicas que esto tiene, esto no es más que volver a la idea fundacional de las iglesias que se construían en los nuevos poblamientos. Iglesia y cementerio eran inseparables. Por eso es un gran acierto volver a unirlos, aunque esta vez en forma de columbarios sólo para las cenizas (el paso intermedio son los pequeños sarcófagos en las iglesias, que contienen sólo los huesos, después del proceso natural de la “sarcofagia” por parte de la tierra.
El fenómeno más impresionante que he podido contemplar, de deseo de los fieles de ser enterrados en sagrado, es el de la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, en México: toda la basílica está construida sobre una cripta de la misma amplitud. Y esta cripta es toda ella un cementerio en el que parece que los difuntos peleen entre sí por tener un espacio bajo la protección de la Patrona. Está totalmente ocupado: suelos, escaleras, paredes… no queda ni un palmo libre. Es impresionante el deseo de los mejicanos de asegurarse su descanso eterno bajo la protección de la Virgen de Guadalupe. Es lo que yo haría si fuese mejicano. Aunque fuese de realquilado, que me imagino que también de eso habrá.
En fin, digamos con la Iglesia,
REQUIEM AETERNAM DONA EIS DÓMINE, ET LUX PERPETUA LUCEAT EIS. REQUIESCANT IN PACE. AMEN
Cesáreo Marítimo

5 comentarios:

  1. Lefebriano: Si tuvieras a tu padre desaparecido en una cuneta o en una fosa común no opinarías lo mismo.

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    1. Efectivamente, ése es mi caso, señor anónimo de las 12.09; pero cayó durante la revolución que se montó la República por su cuenta, con miles de muertos en las cunetas y en las fosas comunes. San Luis Companys cuenta con unos 8.000 muertos no en la guerra, sino a la brava. Fue su gran deporte.

      Amigo, aprenda a respetar a los muertos del otro bando, que los hubo. Recuerde que en la revolución primero y luego en la guerra resultante, hubo dos bandos, dos. Lo que pasa es que hoy está de moda olvidarse del otro bando. Y muy sangrantes los de ese bando, como que eran resultado de atizar el odio contra el vecino. ¿No le suena?

      Amigo, muertos en las cunetas y en fosas comunes, los hay en los dos bandos. Así que un poco de memoria histórica de la buena, y otro poco de respeto y de decencia.

      Por cierto, ¿qué pinta en esto Lefevre? ¿Era por insultar?

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  2. Esto me trae al cerebro una historia que me pasó cuando era joven, en el cementerio de mi pueblo entré en el almacen de trastos y había un armario. Dentro del armario encontré un caláver, seco como la mojama, que resultó ser el de un santo varón que el anterior enterrador veneraba. Lo había tenido en su casa décadas, debajo de una cama. Por supuesto que finalmente le dieron sepultura como Dios manda (al caláver, no al enterrador).

    Es que en esto de la muerte, hay historias muy tremendas. También recuerdo que una vez vi fuegos fatuos. ¿Si serían animas en pena?

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  3. Hay un libro precioso sobre cómo los cementarios han ido alejándose, y ni sólo por razones higiénicas, de las ciudades. Hace unos años, en visita a uno de los santuarios mas queridos de Gerona, la Mare de Déu dels Angels, ví con alegría que se estaba preparando, en la restauración, un columbario. Ilusiona pensar que algún día pudiera uno descansar bajo el amparo de la Virgen. Ojalá la idea cunda.

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  4. La incineración está prohibida por la Iglesia. Y no sé, estos columbarios a mi me recuerdan a las taquillas que hay en el Mercadona para dejar las bolsas.

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