viernes, 7 de septiembre de 2018

La Glosa Dominical de Gérminans

EFFETÁ: ABRIRSE A LA CAPACIDAD DE ESCUCHA
Una de las cosas que hoy nos hace caer en la cuenta de que necesitamos ser curados de las nuevas lacras que nos asolan es la enorme indiferencia que demostramos en la escucha no solo de las personas que nos rodean sino también respecto a todo lo demás, incluso cuando caminamos en medio al tráfico urbano. 
Un día, con el coche parado en un semáforo rojo, justo delante del paso de cebra, una pareja a pie que tenía que pasar la calle, en vez de cruzar la calle aprovechando su turno de paso libre, se detuvo esperando que estuviera verde. El chico intentando escribir con su Smartphone y la chica cabizbaja un paso atrás del chico. Les observé y pensé para mis adentros que quizás eran turistas que buscaban indicaciones en el móvil para dirigirse a alguna dirección y no le di más importancia al hecho. Ya con el semáforo en ámbar para ellos y yo que me preparaba para poner la primera, el chico quitó la vista del teléfono y con un gesto de desagrado por haber desaprovechado el verde, empezó a cruzar la calle y a reprochar a la chica no haber estado atenta y advertirle. La chica respondiendo a las invectivas chilló diciendo “Para qué si tampoco me escuchas nunca”. Peleándose y corriendo consiguieron cruzar la calle. A penas en la acera, él volvió a concentrarse en su Smartphone y ella, cual esposa musulmana, a caminar tras él un paso atrás. ¿Cuántas escenas parecidas vemos hoy en día? ¿Cuántos zombis con el teléfono en mano arriesgan la vida corriendo el riesgo de pegarse un porrazo aunque sea únicamente contra un poste eléctrico? ¿Cuántos sordos, mudos y ciegos podemos contar y cuántos de ellos buscan curación?
Es obvio que quiero provocar, pero el acento de la liturgia de la palabra de este domingo nos invita a recapacitar sobre la capacidad del hombre para la escucha, sobretodo de escuchar a Dios, y pues de reflexionar sobre nuestra capacidad para responderle y decir algo sensato, algo que realice al hombre en sí mismo y con respecto a los demás.

Jesús se encuentra en pleno territorio pagano, allí donde ninguno de sus discípulos hubiera jamás esperado encontrar huella de la fe en el único Dios que llama según el “Shemá (Escucha) Israel”, intentando responderle como hijos con todo el corazón, con toda su alma y con todo su ser. En estas tierras no vivían hijos de Israel, que pasaban de largo de estas poblaciones, sino hombres que sin embargo, tal como Jesús enseña en varias ocasiones, esperan una sanación, una salvación que sólo Dios podía llevarles.  
En la región de la Decápolis y en todos los territorios paganos, el Señor podía hablar y enseñar a través de su Palabra, de su vida y de sus milagros sin temor a ser rebatido por los fariseos y doctores de la Ley, píos israelitas preocupados por hacer cumplir y respetar la Ley, no en hacerla comprensible.
Aquí Jesús habla y obra para curar al hombre de sus incapacidades, de raíz, a fin que  el hombre entienda la Ley del Amor que salva, y lo hace a través aquel lenguaje común que es la humanidad no diferenciada por la idea de un Dios o de una ideología, por aquello que es común a todos los demás hombres. Él mismo ha deseado experimentar asumiendo la carne humana, la humanidad misma, en su integridad. Jesús nos está diciendo como se sana al hombre y quién y qué te cura. Nos está señalando el camino no para la “perfecta humanidad· sino para la divinización, por obra de Dios, de la mismísima humanidad. La posibilidad de curarla de la muerte y del sin-sentido. Expresa y explica la voluntad de aquel Dios Creador que no abandona ni a su Creación ni al hombre, vértice de ésta, porque es un Padre que nos ama y no puede dejar de amar a sus hijos que, reconocidos como tales por el hermano Jesucristo, pueden hablar y anunciar sin galimatías, a su vez, las obras de amor de Dios.
Para hacer realidad al Dios que ama al hombre, este debe superar su sordera, su falta de escucha, su cerrazón y todo lo que ella conlleva: el egoísmo, esa tendencia a ser el centro de todo y el hedonismo…
El hombre tiene que "abrirse", como Jesús dice al sordomudo al pronunciar el "Effetá", debe adquirir la capacidad de escuchar y oír la verdad, la palabra verdadera, la que te pone en movimiento hacia la eternidad y entonces, sólo entonces, se puede decir algo bueno, verdadero, eterno en todo lo que esta palabra hace o dice.

Sólo escuchando  uno  puede estar en condiciones de responder, de hablar. Esto me hace pensar no sólo en el "Shemá" de Israel, sino en el nuevo Israel que comienza por escuchar a una Virgen que decide responder a su Creador, y  en una multitud de otros ejemplos bíblicos. Me hace pensar en una historia paralela a la de la Virgen María, la de Zacarías, que, a pesar de tener el mismo privilegio de María en la visita angélica, en realidad no escuchó las palabras del ángel, sino que pensando en sus proyectos, la puso en juego y la obstaculizaba, por lo que quedó mudo e incapaz de pronunciar cualquier palabra. Sólo el silencio le sanará su capacidad de reflexionar y  aceptar el plan de Dios, dando el nombre a su hijo Juan cuyo significado es su "regalo de Dios". Otro punto a destacar es -tras el anuncio del nacimiento-  de María, que no quiere decir o explicar lo que pasó, pero que mantenía "en su corazón" todo lo que veía y oía,  hablando sólo en cuatro ocasiones y nada más. ¿Y María no es quizás el máximo ejemplo de la humanidad que cumple la voluntad de Dios? ¿No es nuestro ejemplo, nuestra referencia a una relación correcta,  humana y divino-humana,  hacia la que se invita a todos los hijos de Dios a imitar?
Bueno, podría seguir un buen rato pero abandono cualquier otra consideración a la escucha y a la oración personal, no sin antes de compartir un pensamiento, tal vez atraídos por la lectura de la encíclica "Alabado sea'' de Francisco, donde en el número 85, reportando las palabras de Juan Pablo II, dice: la "contemplación" de la creación se compara con ''escuchar una voz paradójica y silenciosa" que se suma a la revelación de las Sagradas Escrituras, por lo cual, “prestándole atención” el ser humano aprende a reconocerse en relación con otras criaturas. Y yo me pregunto: Si Jesús "ha hecho todas las cosas bien" (Mc 7:37), y Jesús es el Señor, el Dios que creó e hizo todo lo bello y bueno, cuando el hombre escucha a su Señor y le responde: ¿puede devolver la hermosura a la Creación tal cómo Dios la había soñado y destinado desde el principio?
Mn. Francesc M. Espinar Comas
Párroco del Fondo de Santa Coloma de Gramenet

4 comentarios:

  1. Muchas gracias Mosén Frances por su glosa de la curación del sordomudo. Todo lo que nos ocurre, lo normal o lo deficiente, nos ocurre para nuestro bien. Como leemos en la Didaché, "Acepta todo lo que te pasa como bueno, sabiendo que sin Dios nada pasa". Pero no es una actitud quietista, brahamánica, la que hemos de mantener, sino de escucha activa, de búsqueda. Abrete, echa a andar, levántate, dice el Señor en el Evangelio. Gracias

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    1. Moltas marcés, mn. Espinar, per la seva glosa, sempre tant encertada, i també moltas gràcies al señor JMVg per els seus comentaris.

      A vegadas l'Evangeli és molt clar i nos ha de impulsar, com el de aquest diumenge.

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    2. Lo enviaré al Papa, el G9, la Curia y el colegio cardenalicio, a ver si se les abre el sentido común...

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  2. Creo que tenía razón el clásico cuando dijo que Dios nos habla a todos, pero hay que saberle escuchar.
    El exceso de información, generalmente de cosas poco útiles, es uno de los inconvenientes de nuestros días. El tiempo se nos va en lo superfluo y no nos queda para lo realmente importante: nos volvemos sordomudos para lo trascendente.
    Ayuda mucho el saber aislarse del ruido externo, cosa nada fácil según mi propia experiencia.
    La oración humilde puede ayudarnos mucho.
    Gracias, Mosén Francesc, por ayudarnos.

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