LA FORMACIÓN DE LOS SACERDOTES

0
 
Ésa es la cuestión. Y lo más lamentable es que ésta forma parte de las competencias del obispo, que es el eslabón más dañado de la estructura jerárquica de la Iglesia. Son 5.525 obispos en toda la Iglesia (en 1962, no llegaban a 3.000, contados los arzobispos y los cardenales; no existe estadística global de sacerdotes, sólo la hay por diócesis, y no todas). Pues eso, hoy son 5.525 obispos para un total de 279.238 sacerdotes diocesanos; oiga, ¿a cuántos curas por obispo? ¡Menuda guasa, ¿no? Desde el Concilio no ha parado de disminuir el número de sacerdotes y de aumentar el de obispos. A ese paso, acabaremos teniendo más jefes que indios. Con eso tenemos garantizada por un tiempo la oscuridad del túnel en que nos han metido. 

¿Quiénes? Los que han “creado” el actual cuerpo episcopal hipertrofiado, que tiene su culminación en el cuerpo cardenalicio, tan incomprensiblemente recrecidos el uno y el otro, cuando ha disminuido dramáticamente, desde el Concilio y el postconcilo, el número de sacerdotes y de fieles. Entre los creadores de esta carcoma que está destruyendo a la Iglesia desde dentro, no pueden faltar los componentes de la curia vaticana que, cuando el Concilio Vaticano II, contaba con 1.300 miembros, habiendo pasado hoy a unos 5.000: siguiendo al pie de la letra la hipertrofia de los Estados. ¡Y la deuda, claro! Ya me dirán cuál es el mecanismo para que no les devore. ¿Cómo es posible que mientras se está adelgazando la Iglesia de forma trágica, no pare de crecer su maquinaria de poder? Un crecimiento elefantiásico. 

Y todo ese crecimiento numérico, ¿le aporta a la Iglesia algún bien espiritual? Está claro que no. Todo eso no es más que burocracia y poder, y como han disminuido tanto los curas, promoción de los laicos al poder, aunque ello suponga una hiperinflación de mandos y de cargos. ¡Y de dispendios! Ahí están los números.

El hecho cierto es que la estructura de poder de la Iglesia está terriblemente dañada. Eso añadido al cáncer de la hipertrofia: multiplicación sin límite de células enfermas. ¿No hay cirugía para este cáncer que corroe a la Iglesia?  

No me canso de recordar la humillación que representa para todos los católicos de cualquier nivel, que el máximo representante y defensor de nuestra fe católica (la de todos los fieles) sea el cardenal Fernández, que además luce el alias de “El Tucho”, que me trae el recuerdo de otro alias que ha ganado celebridad, el de “El Lute”. En efecto, cuando ésa es la forma de nombrar a un sacerdote, es que el sacerdocio está siendo arrastrado por los suelos. 
 

Y si luego estos sacerdotes son elevados a la categoría de obispos, y luego a la de altísimos jerarcas de la Iglesia, tenemos la evidencia de su penosísima degradación a todos los niveles. Ahí lo único que vemos es la necesidad imperiosa e imperante de pagar fidelidades. No hay mejor explicación para semejante despropósito.

Pero lo absolutamente más grave de los obispos, es que a ellos les está encomendada la formación de los futuros sacerdotes; por lo que los seminarios, ya prácticamente vacíos, ¡gracias a Dios!, están bajo su jurisdicción. Para entender la profundidad del mal, no hay más que ver los organigramas, los programas y demás, y a qué sacerdotes se les encomienda la formación tanto académica como espiritual y pastoral de los futuros sacerdotes.

Hay seminarios diocesanos (los de cada diócesis) totalmente vacíos; y hay algunos (y no precisamente diocesanos), que se llenan. Porque hoy, gracias a Dios, el joven (y a veces no tan joven) que aspira al sacerdocio, ha remediado el drama de los nefastos obispos formadores, eligiendo seminario: cambiando no sólo de diócesis, sino incluso de país para optar por la formación que consideran más adecuada para su vocación sacerdotal. Dios ha querido que el peor mal que estaba sufriendo la Iglesia, ¡un mal con futuro!, tuviera una solución tan fácil como la libre elección de seminario.

Con una particularidad definitiva, que pone contra las cuerdas a toda esa jerarquía que se apuntó a la Iglesia Reformada (con la Misa Reformada) del postconcilio, que tiene ya la sentencia dictada por la biología. Cuando se mueran, su reinado habrá terminado: el de ellos y el de sus excrecencias, que aún durarán. ¡Y menos mal que los seminarios los tienen vacíos! Dios es misericordioso.

Así lo entendió la Fraternidad, por lo que se arriesgó a sus consagraciones, poniendo en la balanza la sanción (administrativa y reversible, al fin y al cabo) frente a la biología, inexorable. El caso es que, a pesar de estar moviéndose en terreno tan conflictivo, sus seminarios están llenos; mientras que los que están bajo la jurisdicción de los obispos tan fieles a la cátedra de Pedro y a quien la ocupa, que no encuentran nada que criticar del actual rumbo que lleva la Iglesia, justo esos seminarios se están condenados a un vaciado dramático. Pero es igual. Siguen en lo suyo, y cumpliendo la misión para la que fueron designados y consagrados.
 

Por otra parte, merece la pena observar que los seminarios tradicionalistas (por ponerles nombre) son regidos por “colectivos” de sacerdotes que guardan notables analogías con las órdenes religiosas, es decir con el clero regular. La experiencia de siglos nos enseña que los sacerdotes que viven en comunidad (no en agregación de sacerdotes dispersos, sino en auténtica comunidad) tienen más fácil la vida de oración y la fidelidad a su ministerio.

Ante los hechos, sean los que sean, tengan la calificación que tengan, hay que hacerse preguntas, y hay que encontrar las respuestas.

Si es por lo que ocurre en los seminarios, no es aventurado afirmar que asistimos a la extinción del clero secular y de su estructura de mando, los obispos, paradójicamente cada vez más numerosos (la inflación conlleva siempre devaluación: a la vista está), con su fraudulenta y nefasta colectivización, que son las conferencias episcopales. No hay más que ver, que éstas son de distribución jurisdiccional política, muy asimilables a los sindicatos, cuya principal función, y a veces parece que la única, son las subvenciones y prebendas de los respectivos gobiernos.

Al final no sabremos qué hacer con tantos palacios episcopales. Porque, viniendo de donde viene la dignidad episcopal (me refiero al feudalismo), no hay obispo sin palacio a tono con su alta dignidad. Pero antes han empezado a caer los seminarios, cascarones vacíos que se han quedado sin vida. Y eso sólo está empezando. 

Tendríamos que aguzar nuestra comprensión lectora, para unir hechos y datos, de manera que obtengamos finalmente una lectura coherente de la realidad. La primera que se me ocurre es que el invento de la pastoral parroquial dirigida por el respectivo obispo de la diócesis, está haciendo aguas. Es la gestión episcopal del clero secular, la que se está llevando de una forma lamentable. Simplemente, no hay nivel: porque no es eso lo que se busca en la política de designación de los obispos. No se busca el nivel. Y es una lástima. 

Virtelius Temerarius

Entradas que pueden interesarte

Sin comentarios

ESCRITOS INTERESANTES ANTERIORES

ESCRITOS INTERESANTES ANTERIORES
Barcelona ya tiene todos los voluntarios para recibir a León XIV, faltan Madrid y Canarias
El Himno Nacional suena tres veces en Mataró al paso de las procesiones
La Conferencia Episcopal reacciona tarde al caso Noelia con un breve mensaje en redes
Los curas guapos. Un llamamiento a los sacerdotes que se están planteando tirar la toalla, contra la palabra que empeñaron.
¿Roselló refuerza su perfil en el horizonte sucesorio de Omella en Barcelona?
Diumenge de Resurrecció: un metge català explica lo que va passar
Estado de necesidad en la Iglesia rural
La muerte de un obispo
La colosal proporción de la cruz que corona la torre más alta de la Sagrada Familia comparada con un humano
El Papa ha puesto en marcha el proceso para nombrar los nuevos cargos de la Iglesia en España