La alergia al clergyman en el equipo de gobierno del obispo Octavi Vilà

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El nacionalprogresismo catalán está encantado con que el actual obispo de Girona pueda convertirse en el nuevo arzobispo de Barcelona; es verdad que sale en las quinielas muy bien posicionado, pero, como dicen los políticos en tiempo preelectoral cuando les hablan de las encuestas, la única encuesta que vale es la del día de las elecciones, y en este caso, hasta que el nombramiento episcopal se haga público, todo lo demás son especulaciones y en Cataluña llevamos una buena temporada en que las previsiones de nombramientos episcopales no han acertado ni una.
 
Solo hace falta ver el escrito del diario El Punt-AVUI, que aún sigue manteniendo el lazo amarillo en su cabecera, sobre la misa que el obispo Octavi Vilà presidió con motivo de la fiesta de San Narciso de Girona:  "Un obispo fiel, disponible y generoso". Todo son elogios para  el que fuera abad de Poblet y buen amigo del expresidente de la Generalitat y exalcalde de Girona Carles Puigdemont, a pesar de que, como ayer nos recordaba Oriol Trillas, méritos, lo que se dice méritos, más bien tiene pocos.
 
El progresismo eclesial también se ha alegrado de que un obispo que llega a una de las diócesis más calamitosas en cuanto a religiosidad, en vez de dar un giro radical a las políticas pastorales tan fracasadas de estas últimas décadas, siga contando con el mismo tipo de sacerdotes que han gobernado esa diócesis durante tantos años, aunque al menos estos son algo más jóvenes que los anteriores.
 
Esto puede observarse en la fotografía en la que aparece el obispo Vilà con su equipo de gobierno, en la que parece que hay alergia al clergyman, y solo uno de sus miembros, el vicario judicial, el bueno de Mn. Rafael Felipe, viste sacerdotalmente. Ninguno de los otros, empezando por el vicario general, Mn. Joan Soler, lo hace; incluso han utilizado el viejo truco de vestirse con alba y estola para evitar el colorido de tanta vestimenta laical.
 
Sin ir más lejos, el nada sospechoso obispo de Sant Feliu, Xabier Gómez, en una diócesis con tanto clero progresista, hizo poner vestimenta eclesial a sus dos nuevos vicarios episcopales, aunque solo fuera el día de su toma de posesión. Y el tan progresista vicario general de Planellas en Tarragona, Mn. Joan Águila, que tomó posesión del cargo en tejanos y polo, ahora se le ve bastante con clergyman.
 
 
Y si vamos a Barcelona, donde Omella nombró a sus arciprestes con funciones de vicarios episcopales, los vemos absolutamente a todos, con vestimenta clerical, con la única excepción de Mn. Josep Jiménez Montejo y, lógicamente, la laica secretaria general Màrion Roca. 7 de 8, entre ellos el ya defenestrado Mn. Saturnino Rodríguez, después del escándalo de las tres fundaciones que dirigía. 
 
A Omella se le podrán criticar muchas cosas, especialmente este calamitoso final de mandato, pero ha contado con muchos colaboradores que no son para nada progresistas, entre ellos personas vinculadas o cercanas al Opus Dei; tampoco ha cedido a las presiones del nacionalismo, o al menos del nacionalismo más radical. Ahora veremos cómo será su sucesor, si es alguien de su cuerda, que no sería bueno por un continuismo que podría ser muy peligroso en este momento de necesidad de cambio, o lo que puede ser peor, alguien que quiera volver atrás en el tiempo las pocas cosas buenas en que el actual arzobispo ha avanzado.

Pietro Romano

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26 comentarios

  1. La alergia al cíngulo de la mayoría de los sacerdotes. Quien tenga oídos que oiga

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  2. Pues no me extraña que acepete canviar de diócesis por una más clergyman.

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  3. parece que hay aumentado un 100 % su uso en Gerona desde que llegó. Y cuandovan a Rma sus sacerdotes un 200%. Algo impensable antes con un antiguo vicario general siempre, siempre descamisado.

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  4. Por e interés que ponen ustdes en el actual obispo de Gerona parece que el viernes cambia de destino.

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  5. El hábito eclesiástico también es signo de pobreza que nos evita pensar en las modas del mundo. Es como si dijéramos al mundo: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. La vestimenta propia del sacerdote es la sotana. Pero el clériman también es un signo adecuado de consagración, manifestando esa separación entre lo profano y lo sagrado.

    Aunque el hábito eclesiástico propio del presbítero sea por excelencia la túnica talar, el clériman es un hábitus ecclesiasticus y todo lo que aquí se dice a favor de la sotana, se puede aplicar al clériman. En caso de que estas hojas las lea un religioso, evidentemente, lo dicho aquí de la sotana valdrá para su propio hábito religioso.

    Nos sorprenderíamos cuánta gente piensa en Dios, cuando en una ciudad populosa un sacerdote atraviesa las calles. Multiplicado por todos los días del año, el bien que hace vestir de clérigo es inmenso. Sin exagerar, al cabo de un año han reparado en él decenas de millares de personas. Y si un sacerdote anda por la calle recogido y en presencia de Dios, entonces se transforma en un instrumento para que los ángeles custodios les digan a sus protegidos: fijaos.

    Un sacerdote con sotana por la calle es como un grito para los paganos. Un grito que les dice: ¡Dios existe! Ved aquí a uno de sus siervos. Por eso Satanás tiene tanto interés en que de la vía pública desaparezcan todos los signos que hacen referencia a Dios. El amor reside en el corazón, no en el vestido. Pero el amor se desborda en multitud de detalles externos: uno de ellos es una vestidura de consagración.

    Las vestiduras eclesiásticas son un constante recuerdo de la dignidad que nos ha sido conferida, del poder que ostentamos. Alguien puede objetar que el hábito eclesiástico separa de los hermanos. Pero hay que recordar que el sacerdote es alguien segregado del resto de los hombres para el culto de Dios, para consagrarse a su servicio. Es la porción que Yahveh se ha separado para ejercer sus sagrados misterios.

    Esos misterios sacrosantos son razón suficiente para que se te señale como en tiempos de Moisés se señaló un límite en torno al monte Sinaí porque era un monte santo. ¿Es acaso menos sagrado un sacerdote de Cristo que ese monte de la Antigua Ley?

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  6. El hábito eclesiástico ha sufrido modificaciones desde que comenzó a existir, pero siempre ha sido una tunica talaris a semejanza de aquellas que gloriosamente cubrieron a los doce primeros apóstoles. Bien con un traje talar, bien con un clériman, vestimos como sacerdotes no porque nos apetezca o nos guste, sino porque nos lo pide la Iglesia. Ir vestidos como ministros de Dios es un modo de servirle.

    Si eres un hombre que ha entregado su entera vida al Omnipotente como presbítero, ¿por qué no vestir como lo que eres? Aunque en las tiendas diocesanas se vendan camisas de muy distintos colores, el color negro o el blanco (para lugares cálidos) son colores nobles y elegantes. Desgraciadamente son muchos los sacerdotes que visten combinaciones de prendas carentes de todo gusto. Van mal vestidos toda la vida y nadie se atreve a decírselo.

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  7. Germinas da ya por hecho el nombramiento, por eso tanta insistencia en el personaje.

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  8. En Olot nos han traido un matriculado párroco. Los días oscuros cuesta advertir su presencia.

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  9. El obispo de Gerona oblga a sus vicarios a llevar clergiman cuando van a Roma, aa la CEE o en la visita del Papa. Ningun otro obispo de Gerona se atrevió a tanto nunca antes.

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  10. Los sacerdotes de la Iglesia Católica deben ir vestidos con clergyman y si lo prefieren con sotana. Vamos a ver argumentos a favor de su uso, para comprender más su sentido, de manos del Padre Fortea.

    Antes de nada hay que decir que la sotana es una vestimenta típica de los sacerdotes católicos. Es una pieza de tela, por lo general negra, que llega hasta los pies. Por la parte de las piernas es similar a una túnica, pero unida a la parte del torso, formando una pieza única. Tiene botones por la parte delantera, para que se pueda poner y quitar.

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  11. El hábito eclesiástico también es signo de pobreza que nos evita pensar en las modas del mundo. Es como si dijéramos al mundo: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. La vestimenta propia del sacerdote es la sotana. Pero el clériman también es un signo adecuado de consagración, manifestando esa separación entre lo profano y lo sagrado.

    Aunque el hábito eclesiástico propio del presbítero sea por excelencia la túnica talar, el clériman es un hábitus ecclesiasticus y todo lo que aquí se dice a favor de la sotana, se puede aplicar al clériman. En caso de que estas hojas las lea un religioso, evidentemente, lo dicho aquí de la sotana valdrá para su propio hábito religioso.

    Nos sorprenderíamos cuánta gente piensa en Dios, cuando en una ciudad populosa un sacerdote atraviesa las calles. Multiplicado por todos los días del año, el bien que hace vestir de clérigo es inmenso. Sin exagerar, al cabo de un año han reparado en él decenas de millares de personas. Y si un sacerdote anda por la calle recogido y en presencia de Dios, entonces se transforma en un instrumento para que los ángeles custodios les digan a sus protegidos: fijaos.

    Un sacerdote con sotana por la calle es como un grito para los paganos. Un grito que les dice: ¡Dios existe! Ved aquí a uno de sus siervos. Por eso Satanás tiene tanto interés en que de la vía pública desaparezcan todos los signos que hacen referencia a Dios. El amor reside en el corazón, no en el vestido. Pero el amor se desborda en multitud de detalles externos: uno de ellos es una vestidura de consagración

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  12. Las vestiduras eclesiásticas son un constante recuerdo de la dignidad que nos ha sido conferida, del poder que ostentamos. Alguien puede objetar que el hábito eclesiástico separa de los hermanos. Pero hay que recordar que el sacerdote es alguien segregado del resto de los hombres para el culto de Dios, para consagrarse a su servicio. Es la porción que Yahveh se ha separado para ejercer sus sagrados misterios.

    Esos misterios sacrosantos son razón suficiente para que se te señale como en tiempos de Moisés se señaló un límite en torno al monte Sinaí porque era un monte santo. ¿Es acaso menos sagrado un sacerdote de Cristo que ese monte de la Antigua Ley?

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  13. El hábito eclesiástico ha sufrido modificaciones desde que comenzó a existir, pero siempre ha sido una tunica talaris a semejanza de aquellas que gloriosamente cubrieron a los doce primeros apóstoles. Bien con un traje talar, bien con un clériman, vestimos como sacerdotes no porque nos apetezca o nos guste, sino porque nos lo pide la Iglesia. Ir vestidos como ministros de Dios es un modo de servirle.

    cura6
    Si eres un hombre que ha entregado su entera vida al Omnipotente como presbítero, ¿por qué no vestir como lo que eres? Aunque en las tiendas diocesanas se vendan camisas de muy distintos colores, el color negro o el blanco (para lugares cálidos) son colores nobles y elegantes. Desgraciadamente son muchos los sacerdotes que visten combinaciones de prendas carentes de todo gusto. Van mal vestidos toda la vida y nadie se atreve a decírselo.

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  14. Jesús no vistió ninguna vestidura especial. Entra dentro de lo posible el que los sacerdotes judíos sí que tuvieran vestiduras clericales, pues constituían una casta. Pero, de acuerdo a lo que nos dicen las dos genealogías de los Evangelios, Jesús pertenecía al linaje de los reyes de Judá, no al de los descendientes de Leví. El Mesías no era un sacerdote del Antiguo Testamento. Además, Él comienza un nuevo sacerdocio. Los Apóstoles, por tanto, tampoco llevaron ninguna prenda distintiva, ni tampoco sus sucesores. Obrar de otra manera, en medio de una persecución, hubiera sido una temeridad.

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  15. En las generaciones siguientes a que la Iglesia obtuviera su libertad, los clérigos siguieron llevando ropas que no les distinguían de los laicos. Si bien, en las celebraciones litúrgicas sí que iban revestidos con vestiduras especiales. Muy probablemente, los monjes sí que llevaban ropas que les distinguían como monjes. Aunque el clero seguía vistiendo sin ropas especiales, poco a poco, en algunos lugares sí que se fue desarrollando un modo distintivo de vestir.

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  16. En el año 428, por una carta del Papa Celestino, sabemos dos cosas: que en Roma no existía una vestidura clerical, pero que en la Galia algunos obispos ya la usaban. La carta del Papa, curiosamente, exhorta a que los clérigos se distingan de los laicos no por las ropas, sino por sus virtudes. Pero ni siquiera esta opinión papal pudo detener el curso de la historia que ineludiblemente llevaba a mostrar externamente esa distinción.

    Y así, este desarrollo lento de las vestiduras clericales, lleva a que en el 572, el Concilio de Braga ordene que los clérigos de esa zona de la península ibérica vistan la túnica talar. A partir de entonces, los decretos sobre la ropa clerical se fueron haciendo más y más frecuentes, en el sentido de que los clérigos no vistieran las ropas seculares, ni siguieran sus modas.

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  17. Entre el siglo VI y el VIII, los testimonios escritos muestran que el uso de la vestidura clerical se hizo obligatorio. Al principio, los colores no estaban unificados. Dándose muchos colores y diversas tonalidades. El color negro fue el que finalmente predominó por una razón esencial, se trata de un color muy solemne. Después, a posteriori, se le pudo dar sentidos simbólicos a ese color, como el de la muerte al mundo, pero la razón por la que prevaleció fue ésa: se trata de un color que expresa seriedad, solemnidad.

    Frente a la opción del negro, el blanco hubiera podido también predominar, es el color de la lana sin tintes, pero tenía un problema: cualquier mancha se ve con facilidad. Y, aunque se lave una y otra vez, el uso deja restos de las antiguas manchas. Por eso el blanco se reservó para las funciones litúrgicas desde el principio, y para la vida ordinaria el negro acabó prevaleciendo.

    Sin embargo, las dos tendencias que hoy día existen entre los que prefieren vestir de laicos y los que prefieren vestir como clérigos, son dos tendencias que las encontramos no ya desde la Edad Media, sino que es posible rastrearla desde la Edad Antigua. Desde que el hábito eclesiástico se hizo obligatorio, encontramos a sacerdotes y aun obispos que han vestido como laicos, en más o en menos ocasiones. Insisto, incluso en la Edad Media.

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  18. Al principio, sobresalía el cuello de la camisa blanca sin solapas. Después, cuando ya hubo solapas como las actuales, éstas o sobresalían verticales (cerradas por un botón) más allá de donde acaba el hábito, o bien caían hacia abajo por encima del hábito. Las solapas que caían sobre el hábito, evolucionaron hasta el siglo XVII tomando la forma de lo que se llamaba el babero. Las solapas verticales evolucionaron hasta formar el alzacuellos.

    El alzacuellos se formó como prenda aparte, porque era mucho más fácil lavar la parte del cuello si ésta era una prenda independiente. Démonos cuenta de que en otras épocas las camisas no se lavaban diariamente, pues un clérigo humilde poseía pocas camisas. Un humilde párroco de pueblo en el siglo XVII podría tener cuatro camisas y una sola sotana.

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  19. Un clérigo de baja posición no tenía tres o cuatro sotanas, sino uno sola que se remendaba las veces que hiciera falta. Muchos consideran la capucha como privativa de los monjes. Pero lo específico de ellos era el escapulario o la cogulla. El escapulario es la prenda rectangular que cae por delante y por la espalda, hasta casi el borde de la túnica. La capucha era habitual entre las ropas de los laicos, y por tanto también entre el clero secular. En el clero secular, la capucha se llevaba no en el hábito talar, sino en la muceta. La muceta sobre los hombros era una prenda de abrigo, la llevaba cualquier clérigo y solía tener una capucha.

    Esta costumbre de la capucha en el clero secular llegó hasta el siglo XX. La muceta de los cardenales tenía capucha, así como la de los Papas. Cardenales y Papas llevaban esa capucha en la muceta, aunque no pertenecieran al clero secular. Sin bien, más allá de la Edad Media, muchas mucetas muestran unas capuchas exiguas que ya no hubiera sido posible ponerlas sobre la cabeza.

    Aunque el uso del hábito eclesiástico ha sido lo habitual desde el siglo VII más o menos, ya se ha dicho que siempre ha habido clérigos que han deseado vestir de un modo secular, casos así ha habido desde la Edad Media hasta nuestros días, siglo tras siglo. Pero, aunque normalmente, estos casos han sido excepcionales, lo que sí que ha sido más frecuente es el deseo de secularizar el hábito eclesiástico.

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  20. Y así, hay testimonios desde el siglo XVII reprobando el uso de sotanas cortas que llegaban sólo hasta la rodilla. Esta lucha entre la secularización del hábito eclesiástico y el mantenimiento del estilo eclesiástico por encima de toda moda mundana, también se puede rastrear en toda época. Incluso en la Edad Media hay obispos que vestían más como caballeros que como prelados.

    Finalmente, en el siglo XIX se hizo frecuente el habito piano o hábito corto. La parte superior era igual que la de la sotana, con su alzacuellos o su babero. Pero la sotana había sido sustituida por una especie de chaleco que llegaba sólo hasta la cintura, a partir de la cual eran visibles unos pantalones cortos que acababan en calzas negras. Encima del chaleco, se llevaba una casaca.

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  21. Este hábito corto fue desapareciendo, y a comienzos del siglo XX los curas llevaron sotana solamente. Hasta que en los años 70, apareció el clériman (también escrito clergyman). Una vez que hubo desaparecido el hábito corto, éste continuó entre los curas católicos de Estados Unidos, por influencia de los pastores de la iglesia episcopaliana que vestían así. Y de los curas católicos norteamericanos retornó al resto de países en los años 70. Este deseo de que las vestiduras de los sacerdotes fueran enteramente clericales, conllevó que los sombreros tuvieran formas y hechuras propias.

    La forma de cubrirse la cabeza los eclesiásticos siempre había sido por antonomasia la capucha, entre el clero regular y secular. Pero ya en la Edad Media se abrieron paso los gorros académicos o los civiles entre los eclesiásticos, frente a la capucha que parecía demasiado monástica y demasiado primitiva. Pero siempre se luchó por parte de las diócesis para que los gorros eclesiásticos tuvieran una hechura propia y no fueran iguales que los de los laicos. Aunque siempre había clérigos a los que les gustaba ponerse gorros que fueran más con la moda civil porque les parecían más elegantes.

    Los sombreros eclesiásticos evolucionaron a raíz de dos modelos diversos. Un modelo procedía de las gorras académicas, y de allí surgió la birreta, el birrete o bonete. Otro modelo procedía de tipos de sombreros más parecidos a los civiles, de ahí surgieron diversos tipos de sombreros con ala plana, redonda o rectangular: teja, saturno, galero. El solideo es la evolución de un gorro que cubría la cabeza desde la frente a la nuca. La función era preservar del frío, pero poco a poco se hizo de él una prenda constante. Al llevarlo en toda estación, con el pasar de las generaciones, se fue haciendo más ligero para que no diera tanto calor, llevándolos de lana en invierno.

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  22. En la foto de la última toma de posesión de los nuevos párrocos de Gerona por primera vez en muchos años, per muchops, gana el clergyman. ¿Pero que les ha hecho a los pobres progres?

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  23. Me cuentan que alguno de los sacerdotes que han llegado llevan incluso sotana cuando van de peregrinación. Gerona ha perdido su esencia con este obispo, Ni me imagino que pasará ahora en Barcelona, todos con hábito, seguro.

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  24. La vestidura de abrigo era la muceta sobre los hombros, pero si hacía más frío se llevaba la capa. Cuando los abrigos aparecieron, muchos fueron arrinconando la capa. Pero para que el abrigo no fuera igual que el de los laicos, se diseñó de forma que llegara hasta el borde de la sotana, llamándose este abrigo dulleta. Sin embargo, la capa y la dulleta coexistieron.

    En España, la capa daba una vuelta colocándose sobre el hombro. Esta capa más larga se designaba con el nombre de manteo. En toda esta evolución de los trajes eclesiásticos, la costumbre era que cuando uno se ordenaba como clérigo, a partir de ese momento, todas sus vestiduras eran clericales. Manifestando de forma externa y visible la consagración total a Dios del propio ser, de la propia vida, de todos los pensamientos y deseos. Por eso, desde la recepción de la orden menor de la tonsura todas las vestiduras debían ser clericales. La tonsura era el signo de esta mentalidad. El sacerdote no sólo llevaba ropas sacerdotales, sino que incluso sus cabellos llevaban el signo de la consagración.

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  25. Solo ver a su delegado de juventud nos muestra un cambio de vestuario, gracias a Dios para bién.

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  26. Hace unos años un sacerdote en Gerona ni se atrevia a llevarlo. Ahora hasta en muchas ocasiones el Vicario General lo lleva. Nos da clase en la Facultad y lo lleva puesto, con verguenza pero lo lleva. ¿Le obliga a éllo su obispo? No se pero lo parece. Mola este obispo, que venga y no nos pondrá tantos problemas como los que puso Omella a los últimos ordenados sobre su vestimenta.

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